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Pedro Infante: Por ESTO Enterraron su Verdad Durante 70 Años… Fue Peor de lo que Crees

María Luisa León fue su primera esposa, su única esposa legal, la única con la que Pedro Infante estuvo casado de verdad ante la ley desde ese día de 1939 hasta el día en que el avión cayó en Mérida. Nunca se divorció de ella. Nunca. Recuerda eso, todo lo demás que vas a escuchar hoy choca contra ese muro.

Mientras Pedro Infante era, a los ojos de la ley, el esposo de María Luisa León, hizo todo lo que hizo y lo hizo delante de todos. Fue María Luisa la que lo convenció de dejar Sinaloa, la que le dijo que esa voz merecía algo más grande que los cabarets de provincia. Fue ella la que aportó el dinero para mudarse a la Ciudad de México a probar suerte.

Los primeros años en la capital fueron de hambre de verdad. vivían en cuartos modestos con lo justo. Él seguía haciendo trabajos de carpintería y peluquería para completar el gasto mientras tocaba las puertas de la industria. Y ella aguantó a su lado esa pobreza, esos años en que nadie sabía quién era Pedro Infante.

¿Te suena esa historia? La mujer que cree en un hombre antes que nadie, que pone lo suyo, que aguanta la carencia, que empuja y que después, cuando llega el éxito, cuando llegan la fama y el dinero y las multitudes, se queda atrás borrada mientras él brilla. Quizá tú conociste a una mujer así. Quizá esa mujer eres tú. Guarda a María Luisa León.

va a volver y cuando vuelva vas a entender por qué su historia es una de las más injustas de todo el espectáculo mexicano. En la ciudad de México la suerte por fin cambió. Una vecina de la colonia Narbarte lo conectó con Jorge Negrete, que ya era una gran figura. Negrete lo escuchó cantar Nocturnal y de inmediato lo recomendó. Así entró Pedro al cine.

Empezó como extra en papeles chiquitos. Su primer protagónico llegó en 1943 con la feria de las flores y de ahí todo fue hacia arriba. Entre 1939 y 1957 filmó más de 60 películas. Grabó alrededor de 310 canciones. Piénsalo un segundo. 310 canciones. Rancheras, boleros, balses, chachas. La música que tú bailaste, la música que sonó en tu boda.

La música que todavía cantas cuando la oyes y llegaron las películas que lo volvieron leyenda, nosotros los pobres y ustedes los ricos. En 1948, Pepe el Toro a toda máquina, donde hacía sus propias acrobacias en la motocicleta porque no quería dobles. Y Tisoc al lado de María Félix, por la que ganó el oso de plata en el festival de cine de Berlín como mejor actor.

Ese premio se lo entregaron después de muerto. Nunca lo tuvo en las manos. Y quiero que te quedes un momento aquí en la gloria antes de que sigamos hacia la sombra. Porque para entender el daño que viene, primero tienes que recordar por qué lo amaste tanto. No puedo quitarte a un ídolo que no te devuelva primero entero. Piensa en nosotros los pobres.

El carpintero Pepe el Toro en su vecindad, rodeado de gente humilde como la que tú conocías, como la de tu propia calle. Por primera vez el cine mexicano no se reía de los pobres, ni los usaba de adorno. Los ponía en el centro, les daba dignidad, lágrimas, canciones y quien encarnaba a ese pobre digno era Pedro.

Cuando tu abuela o tu mamá o tú misma veían esa película, no veían una historia ajena. Se veían a ustedes en la pantalla grande, por fin importando, por fin siendo el corazón de algo. Eso no se olvida, eso marca a una generación entera. Y estaba la voz, esa voz que entraba por la radio a media tarde y se quedaba a vivir en la casa.

Tú planchabas con Pedro Infante de fondo, tu mamá guisaba con Pedro Infante. En las bodas se bailaba con Pedro Infante. En los velorios se lloraba con Pedro Infante. Y en las Serenatas, el muchacho que te gustaba te llevaba a gallo con una canción de Pedro Infante, porque era la manera más segura de conquistar a una mujer en aquel México.

Su voz fue la banda sonora de tu vida entera. de tus primeros amores, de tus primeras penas. Y todavía hoy, tantos años después, hasta que suene una de esas canciones en la radio o en una fiesta o en el celular de un nieto para que se te haga un mudo en la garganta, te transporta, te regresa a una cocina, a una sala, a una cara querida que ya no está.

Ese es el poder que tuvo y que sigue teniendo. Por eso esta historia es tan difícil. Porque no estamos hablando de un desconocido, estamos hablando de la voz que te acompañó toda la vida. Por eso, cuando salía en las revistas, tú comprabas la revista. Cuando estrenaba película, tú hacías fila afuera del cine con tu mejor vestido.

Cuando lo veías bajar de un coche rodeado de gente, sentías algo en el pecho, como si conocieras a ese hombre de toda la vida. Millones de mexicanas sintieron exactamente eso al mismo tiempo. Un país entero enamorado del mismo hombre. Un hombre que parecía pertenecerte a ti en lo personal, aunque lo compartieras con millones. Y él lo sabía.

Sabía perfectamente el poder que tenía sobre el corazón de la gente y sobre todo sobre el corazón de las mujeres. Ese poder fue su mayor tesoro y también para muchas su mayor peligro. Guarda esa idea porque el mismo carisma que te enamoraba a ti desde la butaca era el arma con la que se acercaba a muchachitas que no tenían cómo defenderse de él.

En la pantalla, Pedro Infante era el hombre que toda mujer mexicana quería. Un hombre trabajador y bromista, tierno con los suyos, defensor de los pobres, respetuoso con su madre, capaz de sufrir por amor, pero siempre haciendo lo correcto. Ese personaje repetido película tras película, se fundió con el hombre real.

hasta que ya nadie sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro. El público dejó de ver al actor, empezó a ver al santo y ahí está el problema, porque cuando conviertes a un hombre en santo, dejas de poder verlo. Un santo no tiene defectos, un santo no tiene sombras, a un santo no se le hacen preguntas incómodas.

Y en el momento en que Pedro Infante dejó de ser un hombre para volverse una imagen sagrada, todo lo que no encajaba con esa imagen se volvió automáticamente invisible. Piénsalo. Si tú tienes un santo en tu casa, en un cuadro, en un altar, no te pones a investigarle la vida privada, lo veneras, le prendes su veladora, le pides favores.

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