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GARRINCHA: Lo Que Nunca Contó A Nadie

 Si no trabajabas en la fábrica, no existías. Allí nació Garrincha, el séptimo de 14 hijos. Su madre, María Carolina, su padre Amaro, ambos trabajando en la fábrica. 12 horas, 6 días a la semana, sin sindicatos, sin  derechos, sin nada. La casa tenía dos cuartos. 14 hermanos, hacé la cuenta. Pero hay algo que los documentales no te cuentan.

 Algo que apareció años después en los archivos médicos. Cuando Garrincha nació, las enfermeras vieron las piernas torcidas y llamaron al médico. El médico revisó al bebé. La columna desviada, la pierna izquierda 6 cm más corta que la derecha, la rodilla derecha mirando para afuera. Este niño va a necesitar cirugía, dijo. Varias cirugías. Amaro y María ganaban 30 cruceiros al mes entre los dos.

Garrincha e o futebol: o brilho da estrela - PCdoB

Una cirugía costaba 200. No tenemos, dijo Amaro. El médico escribió en el informe, deformidad congénita, no tratada por falta de recursos. Guardá esa frase, la vas a necesitar después. Esta es la primera revelación que te prometí al principio, la verdad sobre las piernas de Garrincha.  Durante décadas, Brasil vendió la historia del milagro de Garrincha.

Las piernas torcidas que lo hacían imposible de marcar, la deformidad que se convirtió en ventaja. Dios le torció las piernas para que nadie pudiera seguirlo, decían los periodistas. Mentira. Las piernas de garrincha eran producto de poliomielitis no tratada y desnutrición severa durante los primeros  años de vida.

 Una enfermedad que se podía prevenir, una deformidad que se podía corregir, pero su familia no tenía dinero y la fábrica no pagaba seguro médico. Garrincha no nació especial. Brasil lo hizo especial porque no tuvo otra opción que aprender a caminar así y cuando se convirtió en leyenda,  nadie quiso hablar de eso porque admitir que sus piernas eran producto de la pobreza era admitir que Brasil había fallado.

Era más fácil decir que Dios lo había tocado. Garrincha empezó a jugar fútbol a los 7 años. No en una escuela, no en un club. En el descampado detrás de la fábrica. Pelota de trapo, arcos marcados con piedras, 20 niños descalzos pateando hasta que se hacía de noche. Los otros niños se burlaban de él. Pata torta, el cojo, el deforme.

Garrincha  no decía nada. Agarraba la pelota y los dejaba en el piso,  uno por uno, con esas piernas que supuestamente no servían. A los 12 años, Garrincha ya no jugaba con niños, jugaba con los hombres de la fábrica. Tipos de 30, 40 años, curtidos, violentos, le pegaban, le hacían faltas duras. Le gritaban.

 Garrincha sonreía, les hacía un caño  y seguía. “Ese niño no siente dolor”, decía uno de los sotabajadores. O no le  importa. Las dos cosas eran verdad. Hay una historia que Garrincha contó  solo una vez. En 1979, 3 años antes de morir, una entrevista para una revista que casi nadie leyó. Le preguntaron, “¿Cuándo supiste que eras bueno?” “Nunca  supe que era bueno”, dijo. Yo solo jugaba.

 Los otros decían que era bueno. “¿Nunca te diste cuenta?” Me di cuenta cuando dejé de ser mané y me convertí en garrincha. Ese día entendí que ya no era yo. ¿Y cuándo fue  eso? 1953, el día que firmé con botafogo. Silencio. ¿Te arrepentiste? Todos los días desde entonces. Guardá esa respuesta.

 La vas a entender después. 1953.  Garrincha tenía 19 años. Trabajaba en la fábrica. De noche jugaba en el equipo del pueblo. Un día llegó un ojeador de Botafogo, uno  de los grandes de río. Venía buscando a otro jugador. Vio a Garrincha. “Quiero que vengas a probar”, le dijo. Garrincha no  quería. Estaba bien en Pau Grande.

 Tenía su trabajo, su familia, sus amigos, su novia,  Nair. Su padre lo convenció. “Andá, probá. Si no funciona, volvés. Garrincha fue a Río de Janeiro, primera vez que salía de Pau Grande. La prueba fue un desastre. Los entrenadores de Botafogo lo vieron llegar. Las piernas torcidas, la forma extraña de caminar.

“Esto es una broma, dijo uno. Le dieron una pelota. Hace algo.” Garrincha agarró la pelota, dejó a tres jugadores en el piso en 10 segundos. Pateó al ángulo. ¡Gol! Silencio. El entrenador principal se acercó. ¿Cómo te llamas? Manuel. No,  tu apodo. Garrincha, quédate. Mañana firmas contrato. Pero hay algo que nadie cuenta de ese día.

 Cuando Garrincha volvió a Pao  Grande a buscar sus cosas, fue a ver a Nair, su novia de la adolescencia, la única  mujer que lo conocía antes de ser garrincha. Me voy al río”, le dijo. “Volvés.” No sé.  Nair no dijo nada, lo miró y lloró. “¿Por qué lloras?”, preguntó Garrincha. “Porque ya no sos el mismo. No cambié nada.

 Todavía no, pero vas a cambiar. Y cuando vuelvas, si volvés, ya no me vas a conocer, ni a vos mismo.” Garrincha no entendió.  Tenía 19 años. ¿Cómo iba a entender? Nair tenía razón. Nunca volvió a ser el mismo. Botafogo, 1953  a 1965. 12 años donde Garrincha se convirtió en el mejor del mundo. No el más famoso.

Ese era  Pelé. No el más efectivo. Ese también era Pelé, pero el mejor. El que hacía cosas que nadie más podía hacer. Garrincha jugaba por derecha, siempre por derecha. agarraba la pelota, esperaba que el defensor se acercara y entonces  pasaba una vez, dos veces, tres veces. Por el mismo lado, el defensor sabía que iba a pasar por derecha.

 Todo el  estadio sabía y no importaba, no lo podían parar. Era humillante, confesó un defensor después. Sabías lo que iba a hacer y no podías hacer nada. Pelé era científico, Garrincha era artista, Pelé pensaba, Garrincha sentía.  Pelé entrenaba. Garrincha improvisaba. Y durante 5 años, Garrincha fue feliz porque todavía era Manée jugando en  el descampado, solo que ahora había 50,000 personas mirando.

 Pero en 1958  algo cambió. Brasil clasificó al Mundial de Suecia. El primero que Brasil ganó, Pelé tenía 17 años,  Garrincha 24. Y lo que pasó en ese mundial  no fue solo fútbol, fue el día donde Brasil le quitó la vida a Garrincha sin que él se diera cuenta. El día que dejó de ser humano, Suecia, junio de 1958,  Brasil nunca había ganado un mundial, tres finales perdidas.

 El complejo de ser el país del fútbol que no  podía ganar. La presión era brutal. Si no ganamos, no vuelvan, decían en Brasil. El técnico Vicente Feola tenía un problema. Demasiados jugadores buenos. A quién ponía. Los primeros partidos Garrincha  estaba en el banco. Pelé también. Brasil ganó, pero sin brillo,  sin magia.

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