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Shahnaz Pahlavi: La Princesa Olvidada que Creció Sin el Amor de su Madre

Hija de un padre que la amaba a su manera, pero que necesitaba desesperadamente algo que ella, por el simple hecho de ser mujer, no podía darle. Un heredero. Shanas llegó al mundo en el momento más inestable de la historia de sus padres y cargó desde su primer día con el peso de todo lo que su familia no pudo resolver.

El año siguiente a su nacimiento en 1941, su abuelo Resayá fue obligado a abdicar bajo la presión de las potencias aliadas durante la Segunda Guerra Mundial que necesitaban el territorio iraní como corredor de suministros. Mohammad rea Palabi, con apenas 21 años se convirtió de pronto en el S ya de Irán.

Un joven inseguro, intimidado durante toda su infancia por un padre autoritario y dominante, ascendía ahora al trono más antiguo del mundo. Y Fausia, que apenas era una niña cuando se casó, que luchaba contra la depresión en una tierra que sentía ajena, se convertía en reina de un imperio que nunca llegó a sentir como suyo. Shanas creció en ese ambiente de grandeza externa y vacío emocional interno, rodeada de palacios, de guardias y de ceremonias, pero privada de la calidez que todo niño necesita para crecer con seguridad.

En sus primeros años, su madre todavía estaba presente, aunque distante, absorbida por su propia tristeza. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que ese hilo frágil también se rompiera. Porque en mayo de 1945, cuando Shan tenía tan solo 4 años y medio, Fausia tomó la decisión que definiría para siempre la vida de su hija.

se fue, hizo sus maletas, abandonó el palacio de mármol de Teerán, cruzó la frontera y regresó a El Cairo y no volvió. La partida de Fausia de Egipto no fue un acto impulsivo. Fue el resultado de años de sufrimiento acumulado, de un matrimonio que nunca funcionó, de una vida en un país que nunca sintió como propio.

Pero eso, por comprensible que sea desde la perspectiva de una mujer atrapada en un matrimonio político que le resultaba insoportable, no cambia el hecho central. Dejó atrás a su hija de 5 años. La dejó en Irán, en la corte que tanto odiaba, en manos de un marido al que ya no amaba, entre las paredes de palacios, que para ella eran una prisión de lujo.

Mohamad Resashá hizo varios intentos por persuadir a Fausia de que regresara. Le escribió, le envió mensajeros, buscó intermediarios. Nada funcionó. Ella se negó terminantemente a volver. Vivir en Irán para Fausia era sinónimo de miseria emocional. Sus propias palabras, recogidas por el psiquiatra que la trató, describían su matrimonio como sin amor y su vida enterán como insoportable.

Él ya, por su parte le confió al embajador británico en 1945 que su madre, la poderosa y manipuladora reina madre TCH Olmoluk, era probablemente el principal obstáculo para el regreso de la reina. Este detalle no es menor. La madre del Sha, la abuela de Shanás, era una mujer de carácter formidable que gobernaba los asuntos internos del palacio con mano de hierro.

Ella y sus hijas habían visto siempre a Faucia como una amenaza, como una intrusa demasiado bella, demasiado elegante, demasiado ajena. La hostilidad que le dispensaron desde el primer día contribuyó de manera decisiva a hacer la vida de Fausia en Teerán todavía más difícil de lo que ya era. Y ahora que Fausia se había ido, esa misma abuela y esas mismas tías se convertirían en parte del entorno en el que la pequeña Shanz tendría que crecer.

Él ya tardó varios años en aceptar formalmente el final del matrimonio. Irán no reconoció de inmediato el divorcio que Faucia obtuvo en Egipto. Fue solo el 17 de noviembre de 1948 cuando Shan ya tenía 8 años que se formalizó el divorcio también en el lado iraní. Para entonces, la madre de Shanás ya llevaba más de 3 años viviendo en el Cairo, como si Irán nunca hubiera existido para ella.

La pequeña princesa quedó oficialmente bajo la custodia de su padre. Una condición del divorcio era precisamente esa. Yas se quedaría en Irán. ¿Qué sintió la pequeña Shan en esos años intermedios? entre la partida de su madre en 1945 y la formalización del divorcio en 1948. La historia oficial guarda silencio sobre eso.

Los archivos del palacio no revelan cartas de una niña que llora preguntando por su madre, ni fotografías de un reencuentro tierno, ni relatos de llamadas telefónicas que cruzaban la distancia entre Teerán y el Cairo. Lo que los historiadores sí saben es que Shan creció prácticamente sin la presencia materna y entonces la vida de Faucia continuó al margen completamente de su hija.

El 28 de marzo de 1949, apenas unos meses después de formalizarse el divorcio con el Sha, la princesa egipcia se casó en el palacio Couba del Cairo con el coronel Ismael Chirine. un diplomático egipcio graduado del Trinity College de Cambridge. Fue, según quienes la conocieron, un matrimonio totalmente diferente al primero.

Esta vez Faustia elegía, esta vez era amor. Se la veía feliz, relajada, lejos para siempre de los palacios de Terán y de la corte que tanto sufrimiento le había causado. Conchirine tuvo dos hijos más. Una hija llamada Nadia, nacida en diciembre de 1950 y un hijo llamado Jusin. Nac5. Construyó una nueva familia en Egipto. Vivió en una villa en Alejandría.

frecuentó los círculos elegantes del Cairo y Shanaz, la hija que había dejado atrás en Irán, se convirtió en una figura del pasado que Fausia rara vez mencionaba en público. La prensa internacional, que seguía con fascinación los movimientos de las casas reales de Oriente Medio, había bautizado a Fausia como la reina triste.

Cecil Vitton, el gran fotógrafo británico de la realeza, la fotografió para la portada de la revista Live en septiembre de 1942, describiéndola como una Venus asiática, con un rostro perfecto en forma de corazón y unos ojos extrañamente pálidos pero penetrantes. Era una belleza extraordinaria, admirada por todo el mundo, pero esa belleza no impidió que abandonara a su hija.

A veces los seres más admirados desde afuera son los que más daño causan desde adentro. Mientras Fausia rehacía su vida en Egipto, Shanaz permanecía en Irán, un país que en esa época atravesaba turbulencias políticas enormes, conspiraciones, presiones extranjeras, nacionalizaciones del petróleo, golpes de estado.

El padre de Shanás, el Yaá, estaba en el centro de todas esas tormentas. Era un hombre joven, inseguro en el poder, acosado por sus enemigos internos y externos, dependiente de la tutela de las grandes potencias. No era precisamente alguien que tuviera tiempo o disposición emocional para sentarse junto a su hija de seis, siete, 8 años y hablar de la madre que se había ido.

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