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Espartaco lo controló todo en el ruedo durante veinte años — pero no lo que pasó en su casa

La ceremonia se celebró en la capilla del santuario de Nuestra Señora de Loreto, muy cerca de Espartinas, el pueblo natal del torero. No hubo invitados de la prensa, no hubo exclusiva para ninguna revista, solo estuvieron presentes los padres y hermanos de Juan Antonio y su apoderado Rafael Moreno.

Ella llegó sin su familia madrileña en esa ceremonia íntima. Él vestía de corto con un traje de Pedro Algaba. en la muñeca el reloj de compromiso que Patricia le había regalado. Un periodista los localizó en Bilbao un mes después compartían habitación de hotel. Él dedujo que quizás ya eran marido y mujer y así lo publicó.

Fue la primera y casi única filtración involuntaria de una pareja que durante 19 años haría de la discreción su norma de vida. En ese acuerdo tácito de no aparecer más de lo necesario estaba paradójicamente su mayor fortaleza pública. Mientras otras parejas del mundo del espectáculo vendían su felicidad a Hola y la veían desgastarse en las páginas de lecturas, Espartaco y Patricia simplemente no estaban en ese circuito.

Sus apariciones juntos eran escasas, medidas siempre en contextos controlados. Eventos taurinos, actos sociales en Sevilla, la entrega de premios de la revista Escaparate en el club Pineda en diciembre de 2009, que resultó ser la última vez que fueron fotografiados juntos como matrimonio. Tres hijos nacieron de esa unión. Alejandra [música] en enero de 1992, Isabella en mayo de 1994 y Juan el Menor.

Los tres crecieron de la finca familiar de Maja Vieja en Constantina y los colegios de élite que Patricia eligió para ellos, incluyendo el internado suizo Lagaren y el británico Covam Hall. Una educación que hablaba del mundo de ella, no del de él. Eso era lo que veía España cuando miraba a Espartaco y Patricia. una pareja que había sabido construir algo sin necesitar el aplauso de nadie.

Y ese era precisamente el tipo de historia en que nadie busca grietas. [música] Porque cuando algo no hace ruido, se asume que funciona y esa asunción duró casi dos décadas. Hay matrimonios que parecen sólidos porque los dos se quieren. Hay matrimonios que parecen sólidos porque los dos tienen miedo de lo que vendría si se separaran.

Y hay matrimonios que parecen sólidos porque los dos han construido juntos algo tan específico, tan difícil de replicar, que ninguno de los dos sabe muy bien qué haría sin esa estructura. El de Espartaco y Patricia era, según todo lo que se conoce, de ese tercer tipo. Para entender por qué funcionó durante tanto tiempo, hay que entender lo que cada uno aportaba al otro y eso requiere entender primero de dónde venía cada uno.

Juan Antonio Ruiz Román había nacido en Espartina, Sevilla, el 3 de octubre de 1962. Su padre, Antonio Ruiz Rodríguez, también había sido torero, aunque sin la fortuna que tuvo el hijo. El apodo familiar Espartaco lo había puesto Rafael Sánchez, conocido como el Pipo, descubridor del cordobés, en alusión al pueblo natal de la familia y a la película de Stanley Kubrick.

Un apodo heredado, como tantas cosas en el mundo del toro. Juan Antonio se vistió de luces por primera vez en camas en marzo de 1975. Tenía 12 años. 4 años después, con 16, tomó la alternativa en huelva de mano de Manuel Benítez, el cordobés. La trayectoria que siguió fue de las que se cuentan pocas veces en la historia del toreo moderno.

No porque fuera espectacular en el sentido emocional del término, sino precisamente porque fue metódica, sostenida, casi implacable en su eficiencia. Espartaco no era el torero que hacía llorar a la gente con una sola Verónica. era el torero que nunca fallaba, el que llegaba a cada plaza habiendo calculado cada detalle, el que gestionaba su carrera con una disciplina que sus contemporáneos describían como casi atlética.

Durante años fue el que más corridas toreó en España, el que más plazas abría, el que los empresarios llamaban primero porque sabían que no daba sorpresas negativas. Ese hombre construido sobre el autocontrol y la exigencia conoció a Patricia rato cuando tenía 29 años y ella 20. Y lo que Patricia le dio desde el principio fue algo que el ruedo no podía darle, un mundo distinto al suyo, un mundo donde el apellido importaba de otra manera, donde la conversación no giraba siempre alrededor del toro, donde existía una red familiar de otro tipo,

con otra escala, con otra forma de moverse por la vida. Patricia, por su parte, había crecido en la comodidad estructurada del barrio de Salamanca. una familia de banqueros asturianos con peso en Madrid, con conexiones políticas y financieras que llegarían a su momento más visible cuando su tío Rodrigo Rato ocupó la vicepresidencia del gobierno.

No era el mundo del espectáculo, no era el mundo de las revistas del corazón, era un mundo donde se hablaba en voz baja y se actuaba en silencio. Y sin embargo, Patricia eligió a un torero. eligió irse a vivir a Sevilla, lejos de su familia madrileña, lejos de la red que la sostenía. Eligió entrar en el universo de Juan Antonio con una determinación que pocas personas de su entorno entendieron del todo.

Lo que construyeron juntos en los primeros años fue por encima de todo, una complicidad basada en la discreción compartida. Los dos querían lo mismo, no estar en el escaparate. Él porque era su naturaleza, ella porque era su educación. Esa convergencia de caracteres creó una dinámica que desde fuera parecía equilibrio y durante mucho tiempo quizás lo fue.

Hubo momentos que pusieron a prueba esa estructura antes de que nadie lo viera desde fuera. En 1995, una lesión grave de rodilla empezó a condicionar la carrera del torero. En 1997 fue operado de rodillas por quinta [música] vez. En 1999 reapareció, pero ya no era el mismo. En mayo de 2000 sufrió una acogida grave en la plaza.

El primero de octubre de 2001 en La Maestranza de Sevilla se despidió de los ruedos activos. Tenía 38 años. Llevaba más de dos décadas siendo número uno o aspirando a serlo. De repente eso terminaba. La retirada de un torero de la primera línea no es solo el final de una carrera, es el final de una estructura de vida entera.

Los viajes, los ritmos de temporada, la adrenalina, el equipo, la identidad construida sobre el ruedo, todo eso desaparece al mismo tiempo y lo que queda es la finca, la familia y la pregunta de quién eres cuando ya no eres lo que eras. Patricia había organizado su vida alrededor de esa carrera. Había seguido los ritmos de Juan Antonio, había gestionado la casa, había criado a tres hijos en un entorno donde el padre estaba muchos meses al año en plazas de toda España y del extranjero.

Había construido su propio espacio dentro de esa estructura. Pero cuando la estructura cambió, el espacio que cada uno ocupaba también empezó a cambiar, no de golpe, no con un portazo, de la manera más difícil de nombrar y de gestionar. poco a poco, sin que ninguno de los dos pudiera señalar el momento exacto en que algo dejó de encajar.

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