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En el aniversario de mi hijo, Carlo Acutis me dijo en el cementerio: ‘Él te ve cada día’

Si alguien me hubiera dicho hace un año que yo, Alesandro Moretti, vendedor de naranjas en el mercado de viale papiniano en Milán, iba a creer en milagros, le habría escupido en la cara. No de mala educación, entiéndeme, sino porque durante tres años completos mi boca solo sirvió para maldecir. Maldecir a Dios, maldecir al destino, maldecir cada mañana que tenía que abrir los ojos y recordar que mi hijo Francesco ya no estaba en este mundo.

Pero lo que pasó aquel 12 de octubre en el tercer aniversario de su muerte partió mi vida en dos como si fuera una de esas sandías que cortaba todos los días en mi puesto. Y te voy a contar todo, sin adornos, sin poesía barata, porque si hay algo que aprendí es que la verdad no necesita maquillaje. Déjame llevarte atrás por un momento para que entiendas el hombre que yo era antes de aquella tarde en el cementerio.

Francesco murió a los 19 años en un accidente tan estúpido que todavía me hierve la sangre cuando lo recuerdo. Fue en una de esas noches de verano en las que Milán se pone insoportable cuando el calor rebota en el cemento y los jóvenes salen a buscar cualquier cosa que los haga sentir vivos. Mi hijo iba en moto con unos amigos y un idiota borracho se pasó un semáforo en rojo. Así de simple, así de brutal.

Un segundo Francesco estaba vivo, planeando su futuro, haciendo bromas sobre mudarse a Florencia para estudiar arquitectura, y al siguiente estaba tirado en el pavimento, mientras las luces de la ambulancia pintaban la calle de rojo y azul. El funeral  fue hace 3 años, pero para mí ese día nunca terminó.

Me quedé atrapado en ese momento como un insecto en ámbar. Mi esposa Lucía intentó sostenerme durante los primeros meses, pero yo era un pozo sin fondo. Cada vez que ella mencionaba en nombre de Francesco, yo salía de la casa dando un portazo. Cada vez que sugería que fuéramos a terapia o que habláramos con el cura de la parroquia, yo me servía otra copa de grapa y me encerraba en el cuarto de mi hijo. Al final, Lucía se fue.

No la culpo. Nadie puede vivir con un fantasma. Y yo me había convertido en eso, un hombre que respiraba, pero que estaba más muerto que los que dormían en el cementerio monumental. Mi rutina era mecánica, automática, como esos muñecos de cuerda que caminan hasta que se les acaba la energía. Me levantaba a las 4 de la mañana para ir al mercado mayorista.

Cargaba las cajas de frutas y verduras en mi camioneta vieja. Montaba mi puesto en viale papiniano antes de que amaneciera. Pasaba el día gritando precios, pesando naranjas, cobrando billetes arrugados. La gente del mercado me conocía como Alesandro el gruñón, el que nunca sonreía, el que te daba el vuelto con cara de pocos amigos. No me importaba.

El mercado era solo un escenario donde yo representaba el papel de hombre vivo, pero por dentro era puro desierto. Las noches eran peores. Volvía a mi apartamento vacío en la periferia, ese departamento que alguna vez estuvo lleno de risas y discusiones familiares, y ahora solo tenía silencio y polvo. Me sentaba en la cocina con mi botella de grapa y miraba las fotos de Francesco que todavía colgaban en la pared.

Mi hijo con 5 años sonriendo sin un diente de adelante. Mi hijo a los 12 con el uniforme del equipo de fútbol. Mi hijo a los 18 abrazándome el día que aprobó el examen de bachillerato. Bebí hasta que las imágenes se volvían borrosas, hasta que el dolor en el pecho se transformaba en un entumecimiento que al menos me dejaba dormir unas horas.

Y Dios, Dios se convirtió en mi enemigo personal. Yo había sido criado católico como todos en mi generación. Había hecho la primera comunión, la confirmación. Me había casado en la iglesia. Pero cuando Francesco murió, todo eso se evaporó como agua en el pavimento caliente. Si Dios existía, razonaba yo, era un sádico que se divertía aplastando hormigas.

Un niño de 19 años lleno de futuro, muerto por la estupidez de un borracho que ni siquiera recibió cárcel, solo una multa y suspensión de licencia. Esa era la justicia divina, eso era el amor de Dios. Así que cada vez que pasaba frente a una iglesia y en Milán hay una en cada esquina, yo escupía en el suelo.

No me importaba si alguien me veía. Era mi forma de decirle a ese Dios invisible que podía irse al infierno junto con todas sus promesas vacías de consuelo y vida eterna. El único acto que podría llamarse bueno en toda mi existencia de esos 3 años era algo que hacía casi sin darme cuenta. En el mercado había una señora mayor, la señora Isabela, que venía todos los viernes a comprar frutas.

Era una mujer pequeña, encorbada, con un bastón y una bolsa de tela raída. Siempre elegía las naranjas más feas, las que estaban un poco magulladas porque eran más baratas. Algo en mí, algún resto de la persona que había sido antes, no soportaba verla llevarse mercadería de segunda. Así que cuando ella no miraba, yo cambiaba las naranjas feas por las mejores, las más jugosas y brillantes.

Y cuando llegaba en momento de cobrar, le decía un precio más bajo del real. A veces hasta le regalaba unas mandarinas extra. Ella me agradecía con esa dulzura de las abuelas italianas y yo solo gruñía algo y me daba la vuelta. Nunca le dije por qué lo hacía, ni siquiera yo mismo lo sabía. Tal vez era mi forma de robarle un poco de bondad a un universo que me parecía completamente podrido.

Entonces llegó el 12 de octubre, tres años exactos desde que enterramos a Francesco. Me desperté esa mañana con un peso en el pecho que era casi físico, como si alguien hubiera puesto una piedra sobre mis pulmones. El cielo de Milán estaba del color del plomo, cargado de nubes bajas que amenazaban lluvia.

Cerré el puesto del mercado temprano, algo que nunca hacía, y tomé el tranvía hacia el cementerio monumental. No iba a rezar, iba a reclamar. El cementerio monumental de Milán es un lugar extraño, lleno de esculturas dramáticas y mausoleos que parecen pequeños palacios. Hay ángeles de mármol con caras tristes, tumbas con columnas griegas, estatuas de mujeres llorando, todo muy teatral. muy italiano.

La tumba de Francesco era simple en comparación, solo una lápida gris con su nombre,  las fechas y una foto suya sonriendo. Yo había elegido esa foto porque no soportaba las formales, las serias. Quería recordar a mi hijo como era, alegre, luminoso, lleno de vida. Me senté en el banco de piedra frente a su tumba.

Estaba húmedo por la humedad del otoño y el frío se me metió en los huesos inmediatamente. El aire olía a tierra mojada y a flores podridas, ese perfume dulzón y desagradable de los cementerios. Miré la foto de Francesco y sentí que la rabia me subía por la garganta como bilis. Quería gritarle a esa piedra fría, preguntarle dónde estaba, exigirle que me demostrara que había algo después de la muerte, pero solo me salió un suspiro tembloroso y patético.

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