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Cuando María Félix fue humillada en Hollywood frente a Marilyn Monroe — Su respuesta cruzó fronteras

Las mesas brillaban con cristalería de bacarat, los manteles eran de seda importada de Francia y en cada lugar había una tarjeta con el nombre del invitado escrito en tinta dorada. Era la noche del año en Hollywood y todos querían estar ahí. María Félix había llegado a Los Ángeles dos semanas antes. Tenía 42 años.

Estaba casada con el banquero francés Alex Berger y vivía entre París y Ciudad de México. Pero su fama era global. En Europa la adoraban. En Francia había filmado con J. Renoir. En España la llamaban la emperatriz. En toda Latinoamérica era un mito viviente. La mujer más bella, más fuerte, más indomable que el continente había producido.

Pero Hollywood era otra historia. Hollywood la quería desde hacía años, pero en sus términos le habían ofrecido papeles de sirvienta mexicana, de campesina sufrida, de amante exótica del héroe anglosajón. Papeles que reducían a cualquier actriz latina a un estereotipo decorativo, un adorno moreno para que el protagonista blanco luciera más.

María los había rechazado todos, cada uno, sin excepción. En 1944, cuando la Republic Pictures le ofreció un contrato millonario para hacer westerns como la india enamorada del vaquero, María respondió con una frase que cruzó el océano. Yo no interpreto sirvientas. Si Hollywood quiere una María Félix, tendrá que darme una María Félix. La industria se río.

¿Quién se cree esta mexicana? Decían los ejecutivos en sus oficinas con vista a Sunset Boulevard. Aquí las reglas las ponemos nosotros. Pero María no estaba jugando. Regresó a México, hizo las películas que quiso, se convirtió en la estrella más grande del cine en español y dejó que Hollywood la mirara desde lejos, deseándola, pero sin poder tenerla.

Hasta noviembre de 1956, cuando las cosas cambiaron. La invitación llegó un mes antes. Sobre Delino color crema, sello dorado de la vigésima Centuri Fox. El estudio la invitaba formalmente a la gala internacional del cine como invitada de honor, representando al cine latinoamericano. El tono era respetuoso, casi reverencial.

Sería usted un privilegio para nuestra gala. Su presencia elevaría el evento a una dimensión internacional que Hollywood necesita. María leyó la invitación. tres veces llamó a Alex. Me invitan como invitada de honor. Eso es maravilloso, respondió su marido. Finalmente reconocen tu talento. María no compartía el entusiasmo. No me fío.

Hollywood no regala nada. Si me invitan es porque quieren algo. Alexis. Es una oportunidad para mostrarles quién eres, para que vean lo que el cine mexicano tiene. María lo pensó durante una semana. Consultó con su amigo el pintor Diego Rivera, que la conocía como pocas personas en el mundo. Diego, me and Hollywood.

¿Voy o no voy? Diego, enfermo y cansado, pero lúcido como siempre, la miró con esos ojos enormes que habían pintado murales que contaban la historia de un continente. María, tú no vas a Hollywood. Hollywood viene a ti. Si vas, que sea como reina, no como invitada. Que sepan que no los necesitas, que estás ahí porque decidiste estar, no porque te lo pidieron. María sonrió.

Siempre sabes qué decir. No, solo sé quién eres y tú también lo sabes. No dejes que lo olvides cuando estés rodeada de lobos. María aceptó la invitación, pero no sin prepararse. Durante las dos semanas siguientes, antes de viajar, María hizo algo que nadie supo. Hasta décadas después contactó a amigos en Europa, periodistas franceses que conocían la industria americana y les pidió información sobre Sanuk.

Quería saber todo, sus negocios, sus debilidades, sus secretos. Un periodista de Lemonde le envió recortes de periódicos americanos donde empleados anónimos de la Fox describían el ambiente de terror que Sanuk imponía en sus estudios. Otro contacto en Londres le mandó una carta donde una actriz inglesa describía como Sanuk había tratado durante una audición privada, como le había dicho que su talento no importaba, que lo que importaba era su disposición a cooperar.

Y como cuando ella se negó, Sanuke había levantado el teléfono frente a ella y le había dicho a su asistente, “Cancela la audición, esta no sirve.” María leyó todo, guardó todo, no porque planeara usarlo, sino porque María Félix nunca entraba a ningún lugar sin saber exactamente con quién estaba tratando. Era una lección que había aprendido de su infancia en Álamos, de su padre militar, que le decía, “María, en la batalla no gana el más fuerte, sino el que mejor conoce al enemigo.

Y María conocería a su enemigo antes de poner un pie en su territorio. También llamó a su abogado en México, un hombre discreto y brillante llamado Ernesto Garza, que había defendido a políticos, empresarios y artistas durante 30 años. Errnesto, voy a Hollywood. Necesito que me prepares un expediente legal sobre mis derechos como invitada internacional.

Si algo sale mal, quiero saber exactamente que puedo y que no puedo hacer. Ernesto le preparó un informe de 15 páginas que María leyó tres veces en el avión. No porque pensara que necesitaría un abogado, sino porque María Félix entendía que el poder no solo viene de la fuerza emocional, viene del conocimiento, de la preparación, de saber que cuando entras a una habitación llena de enemigos, estás más preparada que cualquiera de ellos.

Llegó a Los Ángeles el primero de noviembre, dos semanas antes de la gala. Se instaló en la suite presidencial del Cható Marmón, el hotel donde vivían las leyendas. Las primeras señales de que algo no estaba bien aparecieron casi de inmediato. El estudio le envió un asistente, un joven rubio de sonrisa plástica llamado Howard, que le traía flores cada mañana y la acompañaba a todas partes.

Señora Félix, el señor Sanuk quiere asegurarse de que esté cómoda. Necesita algo, cualquier cosa. María notó que Howard tomaba notas de todo, a donde iba, con quien hablaba, que decía era un espía disfrazado de asistente. Pero María no dijo nada, dejó que siguiera su juego. Durante esas dos semanas, María fue invitada a varias fiestas privadas de la industria.

En cada una la trataban con una mezcla curiosa de admiración y condescendencia. Las actrices americanas la miraban con envidia sus joyas, su porte. la forma en que entraba a un salón y todos giraban a verla. Los productores la miraban con hambre, calculando cuánto podrían ganar si la ponían en una película.

Y los ejecutivos la miraban con esa sonrisa falsa que María conocía también, la sonrisa que decía, “Eres bienvenida, pero no olvides quién manda aquí.” En una de esas fiestas conoció a Marilyn Monro. Era el 8 de noviembre, 6 días antes de la gala. Una cena privada en la mansión de un productor en Bel. María llegó con un vestido rojo de valenciaga, el cabello recogido en un moño alto que exponía su cuello como si fuera una escultura.

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