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El día que Diego Rivera Insultó a María Félix por un Retrato – Dejaron de Ser AMIGOS

María estaba en un rincón fumando un cigarrillo francés, vestida de blanco como una aparición. Diego la vio desde la puerta y cruzó el salón directamente hacia ella, ignorando a todos los demás como si no existieran. María dijo con esa voz grave que salía de su cuerpo enorme como de una caverna. Necesito pintarte.

María lo miró divertida. Llevas años diciendo eso, Diego. Esta vez es diferente. Esta vez voy a pintarte como nadie te ha pintado, como ninguna cámara te ha capturado. Voy a pintar lo que hay debajo de esa cara perfecta. María alzó una ceja. ¿Y qué hay debajo? Eso es lo que quiero descubrir. Dolores del río que escuchaba desde cerca intervino sonriendo. Cuidado, María.

Cuando Diego dice que quiere descubrir algo, generalmente termina descubriendo más de lo que una quiere mostrar. María apagó su cigarrillo. Cuando pamos Diego sonrió con todos sus dientes. Mañana, al día siguiente, María llegó al estudio de Diego en San Ángel. El estudio era legendario. Dos casas conectadas por un puente, una roja para Diego, una azul para Frida.

diseñadas por Juan Gorman, eran obras de arte en sí mismas. El estudio de Diego era un caos organizado, lienzos enormes apoyados contra las paredes, botes de pintura por todas partes, pinceles en vasos sucios, bocetos en el piso, una calavera de azúcar sobre una mesa, un cráneo prehispánico en una esquina, figuras de Judas colgando del techo.

Olía a Trementina, a óleo fresco, a café quemado y a algo más, a genio, a obsesión, a las miles de horas que Diego había pasado en ese espacio creando obras que cambiarían la historia del arte. María entró como entraba a todos lados, como si el lugar le perteneciera. Miró alrededor con esos ojos que evaluaban todo y a todos en milésimas de segundo.

“Bonito desastre”, dijo Diego Real. El desastre es donde nace el arte. La belleza organizada es aburrida. Mi stasando abita, tú eres muchas cosas. María aburrida no es una de ellas. Diego ya tenía un lienzo preparado, enorme, casi 2 met de alto. María lo miró impresionada. De ese tamaño, tú no cabes en un lienzo pequeño.

Nadie que valga la pena cabe en un lienzo pequeño. Las primeras sesiones fueron extraordinarias. Diego trabajaba con una intensidad que asombraba incluso a María, que estaba acostumbrada a directores obsesivos en sets de filmación donde las tomas se repetían 20, 30, 40 veces hasta que el director quedaba satisfecho. Pero esto era diferente. Diego no rapicia.

Diego construia. Capa sobre capa, color sobre color, como un albañil levantando una catedral con las manos. Pintaba durante horas sin hablar, sudando a pesar del fresco de San Ángel, murmurando para sí mismo en una mezcla de español y francés que nadie entendía, mezclando colores con una precisión que parecía magia.

De vez en cuando le pedía a María que girara la cabeza ligeramente, que levantara la barbilla medio centímetro, que lo mirara con esa mirada que, según él, podía derretir acero y reconstruirlo en formas nuevas. La luz del estudio cambiaba a lo largo del día. Por la mañana entraba dorada por las ventanas altas, dándole a la piel de María un brillo cálido que Diego perseguía con su pincel como un cazador persigue una mariposa.

Por la tarde, la luz se volvía plateada, más fría, y las sombras en el rostro de María se profundizaban, revelando ángulos que las cámaras de cine nunca capturaban. Diego vivía para esos momentos. Ahí decía señalando una sombra bajo el pómulo de María. Ahí está la verdad. En las sombras, no en la luz. María posaba con la paciencia de una profesional consumada.

Había pasado miles de horas frente a cámaras, pero intuía desde el primer día que esto era radicalmente diferente. Una cámara captura un instante, congela el tiempo en una fracción de segundo. Un pintor captura una esencia, destila horas y días y semanas en una sola imagen que pretende ser eterna. Y Diego no estaba capturando su cara, no estaba reproduciendo sus facciones como un fotógrafo glorificado.

Estaba capturando algo más profundo, algo que María no estaba segura de querer que el mundo viera, algo que ella misma no estaba segura de conocer. Por cierto, si estás disfrutando esta historia tanto como yo disfruto contártela, suscríbete al canal. Así mantenemos viva la memoria de Nuestra Señora María Félix y de la época de oro que tanto amamos.

No dejes que estas historias se pierdan. Suscríbete y sigamos juntos recordando a los grandes. Durante las sesiones hablaban o más bien Diego hablaba y María escuchaba interrumpiendo solo cuando Diego decía alguna barbaridad que era frecuente. Diego le contó de sus años en Europa, de cómo había conocido a Picasso, a Modigliani, a los surrealistas.

Le contó de sus peleas con los comunistas, de como Trotsky había vivido en casa de Frida, de como Stalin lo había expulsado del partido. Le contó de sus amores, docenas de mujeres, actrices, modelos, revolucionarias, una princesa rusa, una fotógrafa italiana. Diego no tenía filtro. Decía todo lo que pensaba, sin importar a quién hiriera.

Y esa honestidad brutal era lo que hacía su arte tan poderoso y su vida personal tan desastrosa. María también le contó cosas, cosas que no le contaba a nadie. Le habló de su primer matrimonio, del hombre que le arrebató a su hijo. Le habló del dolor de ser madre sin poder serlo, de ver a Enrique crecer lejos de ella.

le habló de Hollywood, de como los productores gringos querían convertirla en otra latina exótica con acento falso. Y como ella les había dicho que no, que prefería ser reina en México que sirvienta en Hollywood, Diego escuchaba pintando, absorbiendo cada palabra, cada emoción y las vertía en el lienzo sin que María se diera cuenta.

Estaba pintando no solo su cara, sino su historia, su dolor, su fuerza, su vulnerabilidad. Y María, sin saberlo, se estaba desnudando emocionalmente frente al hombre que más la entendía y que más la traicionaría. Las sesiones continuaron durante semanas. Lupita, la asistente de María, la acompañaba y esperaba en la cocina, donde la cocinera de Diego le preparaba café y le contaba historias del maestro.

El señor Rivera es un genio decía la cocinera, pero también es el hombre más difícil del mundo. Cuando pinta nada existe, excepto el lienzo. Ni Frida, ni la comida, ni el sueño, solo la pintura. Un día, Frida apareció, entró al estudio sin avisar. Como tenía derecho, era su casa también. Estaba demacrada, apoyada en un bastón, pero sus ojos seguían siendo los más intensos de México, después de los de María.

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