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La Trágica Vida Y Muerte De Germán Robles

Finalmente, su padre recuperó la libertad. Sin embargo, cuando regresó a Asturias, no encontró rastro alguno de su esposa ni de su hijo. Sin información y sin saber dónde podían estar, temió lo peor. Ante la oportunidad de abandonar España, el padre de Germán tomó la dolorosa decisión de comenzar de nuevo en otro lugar.

Embarcó rumbo a México, cargando únicamente con la incertidumbre y el dolor de creer que quizás nunca volvería a ver a su familia. Durante aquellos años, México abrió sus puertas a numerosos refugiados europeos y el padre de Germán comenzó poco a poco a construir una nueva vida. Entonces llegó la noticia que tanto había esperado.

Florida seguía con vida y su hijo también. Decidido a reunir nuevamente a su familia, inició una larga lucha contra los trámites migratorios y la burocracia gubernamental. El proceso avanzaba desesperadamente lento. Un año se convirtió en dos. Dos se convirtieron en cinco. Cuando todo terminó, había pasado una década completa.

Finalmente, después de 10 años de separación, se autorizó que Florida y el joven Germán viajaran a México. Una vez liberada, Florida se dirigió inmediatamente a Madrid, convencida de que su hijo habría buscado refugio con familiares allí. Su intuición resultó acertada. Contra todo pronóstico, logró encontrarlo. La reunión familiar no tendría lugar en España, sino en México.

Para entonces, Germán ya no era un niño. Durante aquellos difíciles años se había convertido en un joven adulto. Había aprendido a trabajar, había formado amistades y había desarrollado una pasión que estuvo a punto de cambiar el rumbo de su vida para siempre, el fútbol. De hecho, tenía suficiente talento para formar parte de las categorías juveniles del Sporting de Gijón y estaba cada vez más cerca de avanzar dentro del deporte.

Una carrera profesional parecía estar al alcance de la mano, pero justo cuando ese sueño comenzaba a tomar forma, llegó la llamada que tanto habían esperado. Los documentos estaban listos. Había llegado el momento de abandonar España y reunirse con su padre en México, el viaje que convirtió a un refugiado en actor.

En 1946, después de 10 largos años de separación, Germán Robles y su madre finalmente llegaron a México. Allí se reencontraron con el padre, al que no habían visto desde que el caos de la guerra civil española había destrozado a su familia. El reencuentro fue profundamente emotivo, pero también extraño. El padre de Germán había visto por última vez a su hijo cuando era apenas un niño pequeño.

Ahora tenía frente a él a un joven que estaba a punto de convertirse en adulto. En muchos sentidos era como si estuvieran conociéndose de nuevo. Como miles de otros refugiados españoles, la familia se sintió agradecida de haber encontrado seguridad en México. Por primera vez en muchos años ya no tenían que vivir con el temor constante a la persecución.

Sin embargo, adaptarse a su nuevo país no fue fácil, especialmente para Germán. Con apenas 17 años le costó mucho adaptarse. Las costumbres le parecían diferentes. La comida era extraña para él y le sorprendía la calidez con la que muchas personas saludaban y trataban a los demás. Aunque numerosos mexicanos recibieron a los refugiados españoles con empatía y solidaridad, otros los veían como competidores por empleos y oportunidades.

Como resultado, a Germán le costó sentirse verdaderamente en casa durante sus primeros años. Antes de abandonar España había imaginado un futuro muy distinto. Además de su pasión por el fútbol, estudiaba ingeniería, pero al llegar a México descubrió que sus estudios no podían continuar de la misma manera. Obligado a cambiar de rumbo, decidió estudiar filosofía y literatura, lo que inicialmente pareció una gran decepción, terminaría cambiando su vida para siempre.

Su padre había conseguido trabajo en el mundo del teatro, donde su inteligencia, su formación artística y su amor por la literatura le ganaron el respeto de sus colegas. Mientras Germán se sumergía en los libros y la escritura, comenzó a desarrollar otro don extraordinario, su voz. Quienes lo conocieron solían describir su voz como poderosa, profunda e inolvidable.

Al reconocer el talento de su hijo, su padre lo animó a escribir poesía y con el tiempo comenzó a invitarlo a recitar sus versos durante los intermedios de las funciones teatrales. Para sorpresa de todos, el público quedó fascinado. Muy pronto empezó a correr la voz sobre aquel joven de presencia imponente y voz extraordinaria.

En lugar de abandonar sus asientos durante los intermedios, muchos espectadores preferían quedarse únicamente para escucharlo recitar. Para Germán, fue la primera vez que se encontró frente a una audiencia en vivo y descubrió que le encantaba. Una noche entre el público se encontraba una figura muy importante.

Era el reconocido actor y director Enrique Rambal, uno de los nombres más respetados del teatro mexicano. Rambal quedó impresionado de inmediato por la presencia escénica y la voz del joven. Por aquellos días, Rambal estaba preparando una producción teatral del mártir del Calvario. Su propio hijo había sido elegido originalmente para interpretar a Jesucristo.

Pero una fuerte discusión entre ambos provocó que el joven abandonara la obra cuando los ensayos ya estaban en marcha. Con las entradas vendidas y el estreno acercándose rápidamente, Enrique Rambal se encontró de pronto sin protagonista. Entonces recordó a Germán. Desesperado por salvar la producción, Rambal se acercó al joven refugiado y le ofreció el papel de Jesucristo.

Germán quedó completamente sorprendido. Nunca había actuado y aseguraba que no era actor. Pero Rambal vio algo especial en él y se negó a aceptar un no como respuesta. Bajo la guía de Rambal, Germán aprendió el papel, ensayó incansablemente y finalmente subió al escenario. Lo que ocurrió después sorprendió a todos.

Su interpretación fue tan natural y convincente que el público quedó cautivado. Su familia, sus mentores e incluso el propio Germán comprendieron que había encontrado su verdadera vocación, cómo se convirtió en el vampiro inmortal de México. A finales de la década de 1940 y principios de los años 50, la televisión mexicana todavía estaba dando sus primeros pasos.

No existían las videograbaciones, las repeticiones ni la edición. La mayoría de los programas se transmitían completamente en vivo y las cadenas necesitaban desesperadamente intérpretes talentosos. Germán Robles encontró rápidamente oportunidades en este nuevo medio y se convirtió en uno de los pioneros de la televisión mexicana.

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