Posted in

¿Accidente O Secreto? Pedro Infante Antes Del Avión

La alarma sonó a las 5 de la  mañana, pero Pedro, ya estaba despierto, llevaba horas mirando el techo de su habitación en Mérida, contando las grietas en el yeso, escuchando el ventilador oxidado girar con chirrido constante. El hotel era modesto, paredes delgadas que dejaban pasar cada ruido de la calle, camiones que pasaban haciendo temblar los vidrios, vendedores que gritaban anunciando pan dulce y tamales, perros ladrando a sombras, el mundo despertando mientras él no había podido dormir ni un minuto. Algo pesado le

oprimía el pecho desde la noche anterior. No era miedo exactamente, era algo más profundo, más oscuro, una certeza inexplicable que se negaba a irse, como si su cuerpo supiera algo que su mente se negaba a aceptar. Había sudado tanto que las sábanas estaban húmedas. El aire acondicionado no funcionaba bien.

 El calor de Mérida era diferente al de otros lugares, pegajoso, denso, se metía en los pulmones y se quedaba ahí. se levantó  sin hacer ruido. Irma dormía a su lado. Su respiración suave y constante. Pedro la observó varios minutos en la penumbra, memorizando cada detalle. La curva de su mejilla, el cabello oscuro sobre la almohada blanca, la mano pequeña que descansaba junto a su rostro.

 Sintió una urgencia repentina de despertarla, de  decirle todo lo que sentía, pero eran las 5 de la mañana. El vuelo salía a las 7. Dejarla dormir era lo sensato, lo correcto, pero algo dentro de él gritaba que no había tiempo para lo sensato. Se vistió en silencio, pantalones oscuros, camisa blanca, el brazalete de oro que Irma le había regalado.

 Lo ajustó en su muñeca, sintiendo el metal frío contra la piel. llevaba ese brazalete todos los días desde que ella se lo dio.  Para Pedro, con amor, decía la inscripción, nunca se lo quitaba, ni para bañarse ni para dormir. Era su talismán, su recordatorio constante  de que alguien lo amaba no por ser Pedro Infante, el ídolo, sino por ser simplemente Pedro, el hombre.

 Bajó al lobby del hotel, el recepcionista dormitaba detrás del mostrador. Pedro salió a la calle. El aire de Mérida era húmedo y denso. Olía a flores nocturnas que se negaban a cerrar, a humedad de tierra recién regada, a café que alguien preparaba en alguna casa cercana. Caminó sin rumbo. Las calles estaban casi vacías.

 Solo algunos trabajadores madrugadores, un hombre empujando carrito de tamales, una mujer barriendo la entrada de su tienda. Nadie lo  reconoció. Oeste sí lo hicieron. Tuvieron la cortesía de dejarlo en paz. Era uno de esos raros momentos de invisibilidad  que tanto valoraba. Llegó una iglesia pequeña, la puerta estaba abierta.

Entró, el interior olía incienso viejo y velas de cera. Las bancas de madera crujieron cuando se sentó. Tenía boca seca, sabor amargo como café sin azúcar, como miedo que se siente en la lengua. No era hombre especialmente religioso. Creía en Dios a su manera. Pero su madre le había enseñado que en momentos de inquietud la iglesia ofrecía silencio, y el silencio a veces era lo único que necesitaba el alma.

 Se arrodilló, cerró los ojos, no rezó exactamente, solo habló en su mente con quien fuera que escuchara. Si algo me pasa hoy, quiero que sepan que no tengo arrepentimientos. Viví como quise vivir. Amé a quien quise amar. Canté las canciones que sentía en el corazón. Si eso fue suficiente o no, ya no importa. Fue mío. Fue real.

 Abrió los ojos. La luz de las velas bailaba creando sombras en las paredes. Por un momento le pareció ver rostros en esas sombras. Su madre, que había muerto hace años, su hermano, amigos que se habían ido antes que él, todos mirándolo con esa expresión que significaba. Ya es hora. Sacudió la cabeza.

 Estaba siendo ridículo,  dramático. Probablemente solo estaba cansado. La filmación había sido agotadora. Tres semanas en Mérida, días largos bajo el sol, escenas difíciles. Tizó que  era película importante, la sentía importante, quizás su mejor trabajo hasta ahora y estaba casi terminada. Solo faltaban algunas tomas.

Podría regresar la semana siguiente y terminarla. Todo estaría bien. Regresó al hotel cuando el cielo comenzaba a aclararse. Tonos rosados y naranjas pintaban nubes. Pájaros cantaban en árboles. Mérida despertaba lentamente con pereza tropical que solo conocen ciudades del sur. Irma ya estaba despierta cuando entró, sentada en la cama con el cabello recogido en moño suelto.

 Llevaba camisón blanco de algodón, pies descalzos colgando del borde de la cama. lo miró entrar con esos ojos que siempre parecían ver más de lo que él quería mostrar. Ojos que conocían cada secreto, cada miedo, cada mentira piadosa que intentaba contarle. ¿Dónde estabas? La voz era suave, pero había acero debajo. Caminando, necesitaba aire.

 ¿Te preocupaste, Pedro? Su nombre salió como suspiro, como súplica un poco, admitió finalmente, sonríó, pero era sonrisa que no llegaba a los ojos, sonrisa que temblaba en las esquinas, que amenazaba con convertirse en algo más, en lágrimas, quizás, en grito, tal vez. Ven aquí, le extendió la mano.

 Mano pequeña con dedos delgados, uña sin pintar, mano que había sostenido la suya por 39 años. Pedro se sentó a su lado en la cama. El colchón se hundió bajo su peso, resortes protestando. Ella  tomó su rostro entre las manos, palmas suaves contra sus mejillas ásperas. Lo estudió como si estuviera memorizando cada línea, cada imperfección, cada marca que los años habían dejado, la cicatriz en su barbilla de accidente de motocicleta,  las arrugas alrededor de sus ojos de tanto sonreír, la pequeña mancha de nacimiento cerca de su oreja que solo

ella conocía. ¿Qué pasa, Pedro? Puedo sentir que algo está mal. Su voz se quebró en la última palabra. No es nada, solo cansancio. No me mientas. 39 años juntos. Sé cuando algo te perturba. Pedro exhaló lento. Tomó las manos de ella entre las suyas. Tengo este sentimiento desde ayer como si se detuvo como si que como si debiera quedarme.

Cancelar el vuelo. Tomar un autobús mañana o este la próxima semana o este nunca. Irma palideció ligeramente. Entonces, quédate. Llama al piloto. Dile que irás después. No puedo.  Tengo compromisos en la Ciudad de México. Reuniones, grabaciones. La gente depende de mí. Al con la gente. Yo te necesito aquí vivo. Seguro.

 La palabra vivo flotó entre ellos, pesada como piedra. Pedro la abrazó fuerte, tan fuerte que podía sentir su corazón latiendo contra su pecho. Estoy siendo tonto. Es solo un vuelo. He volado cientos de veces. Este no es diferente, pero lo era. Ambos lo sabían. Podían sentirlo en el aire en la forma en que sus cuerpos se aferraban, en el silencio que decía más que 1000 palabras.

Read More