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El día que PROHIBIERON a Pedro Infante cantar en público, hizo algo que nadie esperaba

Esa noche las puertas del teatro lírico estaban cerradas con llave.  No por el frío, no porque el show se hubiera cancelado. Estaban cerradas porque alguien con poder y con firma había decidido que Pedro Infante no tenía derecho a pararse en ese escenario, que su voz, esa voz que hacía llorar a todo México, no merecía sonar dentro de esas paredes.

 Esa noche afuera,  en la calle había más de 2,000 personas esperando, gente que había llegado desde el mediodía. Señoras que se habían puesto su mejor vestido, hombres que habían guardado el dinero de la entrada durante semanas, familias enteras que habían venido desde colonias lejanas nada  más para verlo, para escucharlo, para estar aunque fuera por dos horas en  el mismo espacio que el hombre que le cantaba su vida.

 Y Pedro Infante estaba ahí, no adentro, afuera, eh parado en la banqueta como cualquier otra persona, con su sombrero en la mano, mirando las puertas cerradas con esa mirada que él tenía, esa mezcla de calma y de fuego que la gente que lo conoció nunca olvidó. Alguien de su equipo se acercó y le dijo en voz baja,  Pedro, ya no podemos hacer nada. Hay que irnos.

 Y Pedro volteó a ver a la gente, a toda esa gente que lo estaba mirando, que no entendía qué estaba pasando, que había venido con tanta ilusión. y que ahora veía como su noche se desmoronaba sin explicación. Y entonces Pedro Infante hizo algo que nadie esperaba, algo que esa noche se convirtió en leyenda, algo que la gente que estuvo ahí contó durante el resto de su vida como si hubiera presenciado un milagro.

 Pero para entender por qué lo hizo, necesitas saber todo lo que pasó antes. Necesitas conocer la historia completa eh desde el principio, desde el momento en que las cosas empezaron a complicarse. Porque esta historia no empezó esa noche frente al teatro, empezó mucho antes en los pasillos de poder, donde se deciden cosas que la gente común nunca ve, donde los intereses, los celos y el dinero pesan más que el talento y más que el cariño del pueblo.

 quédate hasta el final porque lo que pasó después de que Pedro tomó esa decisión cambió para siempre la manera en que México  lo vio y lo que descubrió días después la verdad de quién estuvo detrás de todo esto es todavía más impresionante. Si quieres escuchar historias como esta, historias que no te cuentan en la televisión, historias de Pedro Infante como era de verdad, con sus grandezas y sus dolores, con sus momentos de gloria y sus momentos más humanos, suscríbete al canal y activa la campanita.

Ah, aquí contamos a Pedro Infante con el respeto y el cariño que él se merece. Aquí no lo ponemos en un pedestal de hielo, lo ponemos en el lugar que siempre tuvo junto a la gente, junto a su gente, que es donde él siempre quiso estar. Ahora sí, vámonos al principio. Hay que situarse en el México de los años 50 para entender de verdad lo que significaba ser Pedro Infante en ese momento.

 No como una frase del libro de historia, sino como una realidad que se vivía en la carne, en el día a día, en las calles y en las casas de millones de personas. México era un país que estaba cambiando a velocidad de vértigo. Las ciudades crecían. La gente del campo llegaba a buscar vida nueva en las capitales.

 Había esperanza mezclada con pobreza. Había sueños mezclados con realidades muy duras. Y en medio de todo eso había música, había cine. Eh, había un hombre que de alguna manera lograba hacer el espejo en que todo ese México se reconocía. Pedro Infante no era un artista que la gente admiraba desde lejos, era un artista que la gente sentía suyo.

 Había una diferencia enorme entre él y otros ídolos de la época. Y esa diferencia la notabas en cuanto lo veías actuar, en cuanto  lo escuchabas hablar en una entrevista o lo encontrabas en la calle. Que sí pasaba y pasaba seguido, porque Pedro no vivía encerrado en una burbuja de fama. Él había nacido en Mazatlán, en Sinaloa, el primero de noviembre de 1917, en una familia sencilla.

 De esas familias donde el dinero alcanzaba justo para lo necesario y a veces ni  eso. Su papá, del fino infante era músico, tocaba en las fiestas del pueblo y eso le metió la música en la sangre a Pedro desde chiquito. Pero la vida no fue fácil. Esquera nunca lo fue. Desde joven tuvo que trabajar en lo que hubiera, desde carpintero hasta peluquero, antes de que el mundo se enterara de que esa voz que tenía era algo fuera de lo común.

 Cuando llegó a a la ciudad de México, siendo prácticamente un muchacho, llegó con lo que traía puesto y con las ganas de abrirse paso. No llegó con palancas ni conexiones. Llegó con talento y con una personalidad que hacía que la gente quisiera estar cerca de él. Había algo en Pedro que era difícil de explicar con palabras, pero que todos los que lo conocieron describían de la misma manera.

 Era real, era genuino. Lo que veías era lo que había. Y eso en un mundo del espectáculo lleno de poses y de apariencias era algo extraordinariamente raro. Para cuando llegamos a los años 50, de Pedro Infante era ya la figura más grande del entretenimiento en México. No solo del cine, no solo de la música, de todo.

 Era el nombre que vendía más discos. El nombre que llenaba más salas de cine, el nombre que generaba más papel periódico, el nombre que hacía que las madres de familia suspiraran y que los hombres quisieran parecerse a él, aunque no lo admitieran en voz alta. Había protagonizado ya decenas de películas, había grabado cientos de canciones, tenía fans en cada rincón de México y en los países de América Latina donde su música llegaba.

 era, sin exagerar, el hombre más querido de su época en este país. Y ese nivel de popularidad, ese cariño tan enorme, tan profundo, tan real, generaba algo más que admiración, generaba también envidia, generaba también intereses, eh generaba también la atención de gente que veía en Pedro Infante, no a un ser humano, sino a una mina de oro, a una fuente de poder, a una herramienta.

 Y era solo cuestión de tiempo para que todo eso terminara por explotarle en la cara de la manera más inesperada. La historia que vamos a contar empieza, como muchas historias de esa época, en los pasillos  de la industria del espectáculo mexicana, que para los años 350 era ya una industria con mucho dinero, mucho poder y muchas peleas internas que el público en general nunca veía.

 El Sindicato de Trabajadores del Espectáculo era una institución poderosísima, no era solo un organismo laboral, era un aparato de control. tenía la capacidad de decidir quién trabajaba y quién no, quién podía presentarse, en qué lugares, quién podía grabar, con qué empresa, e quién merecía el apoyo del sindicato y quién se quedaba sin él.

 Y en esa época quedarte sin el apoyo del sindicato era quedarte sin trabajo. Así de simple y así de brutal. El hombre que encabezaba este sindicato en esos años era Salvador Carrillo y hay que hablar de él con la honestidad que esta historia requiere. Carrillo era un hombre que había llegado al poder a través de la política sindical con todo lo que eso implicaba en el México de esa época.

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