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ROBERTO “PIOJO” ALVARADO: De Cargar Costales a Ser TITULAR en el MUNDIAL 2026

Roberto apenas disputó nueve partidos con la playera Tusa, anotando un único gol. Nueve partidos para un jugador que llegaba con la etiqueta de próxima gran figura para un extremo que en Celaya había sido determinante torneo tras torneo. La diferencia entre ser la estrella de un equipo de media tabla y ser una pieza más en la rotación de un club grande resultó más difícil de asimilar de lo que cualquiera hubiera anticipado.

No hubo lesión que explicara aquella caída en minutos. No hubo escándalo ni indisciplina ni ningún titular llamativo detrás de aquella etapa gris. Simplemente el fútbol, con su crueldad silenciosa decidió que aquel no era todavía su momento. Pachuca, ante un jugador que no lograba consolidarse, tomó la decisión que ningún futbolista quiere escuchar tan pronto en su carrera.

Apenas un torneo después de su fichaje, el camino con los Tuzos llegaba a su fin. El 7 de junio de 2017, el piojo firmó con Necaxa. Para muchos aficionados, aquel movimiento se sintió como un paso atrás, como la confirmación de que el gran fichaje de Pachuca había sido, en el mejor de los casos, prematuro. Pero Roberto, con la misma cabeza fría que había mostrado de niño frente a las discusiones familiares sobre su futuro, decidió tomarlo de manera distinta.

Nekan no era Pachuca en prestigio, pero le ofrecía algo que necesitaba con urgencia. minutos reales. Continuidad, la oportunidad de reconstruir la confianza que Pachuca le había arrebatado en silencio. En Aguascalientes disputó 37 partidos, registrando dos goles y siete asistencias. Las cifras comparadas con la explosión de Celaya seguían pareciendo modestas.

Los siete pases de gol, sin embargo, contaban una historia distinta a la que reflejaban los goles propios. Roberto estaba encontrando su lugar no como el rematador que anota triplete tras triplete, sino como el generador de peligro constante. El jugador capaz de desequilibrar por velocidad y desnivel individual para que otros definieran.

Fue precisamente esa faceta, la del extremo que genera y no solo anota, la que empezó a llamar la atención de un club que necesitaba exactamente ese perfil. Cruz Azul, bajo la mirada atenta de su cuerpo técnico, había estado observando cada actuación de aquel jugador que parecía haber encontrado en Ecaxa el terreno fértil que Pachukan nunca le dio.

Nadie en ese momento sabía que aquel siguiente movimiento sería el que finalmente destrabaría por completo la carrera de Roberto Alvarado. El fichaje se hizo oficial en junio de 2018. Cruz Azul pagó 3 millones de dólares por los servicios de un jugador que apenas un año atrás había sido descartado por Pachuca tras solo nueve partidos.

La cifra, aunque no descomunal para los estándares del fútbol mexicano, representaba una apuesta clara. La máquina celeste veía en aquel extremo algo que otros clubes habían subestimado. La adaptación no fue instantánea, pero tampoco se pareció en nada a la pesadilla vivida en Pachuca. Bajo el mando de Juan Reynoso, Roberto encontró un esquema táctico que potenciaba exactamente sus virtudes, la velocidad para atacar espacios, la capacidad de asociarse con los mediocampistas creativos del equipo, la definición que había ido puliendo partido tras partido

desde sus años en Celaya. Poco a poco, el jugador que llegaba con la sombra del fracaso en Pachuca empezó a transformarse en una pieza indiscutible del ataque cementero. Entre 2018 y 2021, Roberto disputó 138 partidos oficiales con Cruz Azul, anotando 18 goles y repartiendo 24 asistencias. Las cifras hablan de un jugador consolidado, de un futbolista que finalmente había encontrado el equilibrio entre continuidad y rendimiento que tanto le costó alcanzar en sus primeros años como profesional.

Pero más allá de los números, había algo intangible que se estaba construyendo, el cariño genuino de una afición histórica que empezó a ver en el piojo a uno de los suyos. Aquellos años en la noria coincidieron con la etapa en que Roberto terminó de madurar como futbolista integral. Ya no era solamente el extremo veloz que desbordaba por las bandas.

se convirtió en un jugador de fútbol completo capaz de asociarse en espacios reducidos, de generar peligro desde distintas posiciones del ataque, de entender los tiempos de un partido de la manera en que solo lo logran los futbolistas que han pasado por procesos de formación exigentes. Cruz Azul, ese club que llevaba más de dos décadas persiguiendo un título de liga sin conseguirlo.

Había encontrado en aquel jugador rechazado por Pachuca una de las piezas fundamentales para intentar romper por fin esa maldición. Y mientras su nivel crecía en el club, otra puerta, igual de significativa, estaba a punto de abrirse. La selección mexicana, siempre atenta a cualquier futbolista que mostrara consistencia en la liga local, había comenzado a fijarse en el extremo de Cruz Azul, que parecía mejorar torneo tras torneo sin ninguna señal de detenerse.

El 7 de septiembre de 2018, exactamente el día en que Roberto cumplía 20 años, llegó la noticia que cualquier futbolista mexicano sueña con recibir alguna vez en su vida. Fue convocado para debutar con la selección mexicana absoluta en un duelo frente a Uruguay. entró de cambio en el minuto 45 sustituyendo a Alan Pulido con el marcador adverso 1 a TR.

No era el escenario ideal para un debut, un partido ya cuesta arriba, un equipo necesitado de reacción, pero para Roberto representaba sin importar el [carraspeo] resultado final. La confirmación de que el camino que había elegido desde niño, aquel que dividía a sus padres en la mesa de la cena, finalmente lo había llevado hasta la cima del fútbol mexicano.

Cumplir 20 años debutando con la selección de tu país no es un privilegio que la mayoría de los futbolistas mexicanos llegue a experimentar. Para Roberto, aquel 7 de septiembre se convirtió en una fecha doblemente simbólica, el día de su nacimiento y el día en que nació, futbolísticamente hablando como jugador de selección nacional.

Los siguientes meses confirmaron que aquel debut no había sido casualidad. Roberto se volvió una presencia constante en las convocatorias del entonces técnico Gerardo Martino, quien encontró en el extremo de Cruz Azul una pieza versátil capaz de aportar tanto en ataque directo como en la generación de juego asociado. La confianza del Tata se tradujo en minutos y los minutos se tradujeron en la oportunidad más importante que Roberto había tenido hasta ese momento vistiendo la playera tricolor.

En 2019, México disputó la Copa Oro de la Concacca, el torneo más importante de la región. Roberto formó parte de aquella plantilla que terminó levantando el trofeo, sumando así el primer título internacional de su carrera con la selección absoluta. Para un jugador que apenas un año antes debutaba en un partido perdido contra Uruguay, alzar un trofeo continental representaba un salto cualitativo enorme.

La prueba de que aquel extremo formado en las calles industriales de Salamanca ya pertenecía con pleno derecho a la élite del fútbol mexicano. el crecimiento paralelo en club y selección empezaba a construir la imagen de un futbolista integral, querido por la afición cementera, respetado por el cuerpo técnico nacional y cada vez más mencionado en las conversaciones sobre quienes debían formar parte del futuro inmediato del combinado mexicano.

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