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El Oscuro Imperio de Raúl Velasco: Humillaciones, Secretos Inconfesables y un Karma Implacable

Son las 6:15 de la mañana del 26 de noviembre de 2006. En una villa silenciosa de Acapulco, Guerrero, el hombre que alguna vez controló los destinos de toda la industria del entretenimiento en América Latina exhala su último aliento. La ictericia, producto de una devastadora hepatitis C, ha teñido su piel de un tono amarillento que ya ninguna luz de estudio podría disimular. La quietud de su habitación contrasta brutalmente con los ensordecedores aplausos de los 25 millones de personas que, cada domingo, sintonizaban “Siempre en Domingo”. Raúl Velasco, el presentador cuyo dedo índice decidía quién nacía y quién moría profesionalmente, se despide de este mundo sumido en el abandono, condenado a la misma invisibilidad que él utilizó como arma letal durante tres décadas.

Para entender a la figura que dominó con puño de hierro la televisión mexicana, es imperativo viajar a sus raíces. Nacido en 1933 en Celaya, Guanajuato, Velasco creció bajo la sombra de la más absoluta escasez. Hijo de una madre que se dejaba la piel y la salud en los lavaderos ajenos para conseguir unos cuantos centavos, Raúl creció con el estómago vacío y el orgullo herido. La figura de su padre fue siempre un fantasma, un agujero negro que lo empujó a buscar una estructura de mando inquebrantable. Aquel niño, humillado por la pobreza y la indiferencia de los terratenientes locales, se hizo a sí mismo una promesa silenciosa que marcaría su destino: jamás volvería a permitir que alguien tuviera el poder de hacerlo sentir pequeño.

Su huida a la Ciudad de México en 1953 con una maleta vieja y apen

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