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Una Madre Sola Contra el Presidente de México. Lo Que Le Negó a Su Propio Hijo Fue ASQUEROSO

una madre sola contra el presidente de México. Esa madre se llamaba Maritza Díaz Hernández. El presidente se llamaba Enrique Peña Nieto. Y lo que ese hombre le negó a su propio hijo, al hijo que los dos habían tenido juntos, fue algo tan bajo que todavía hoy, tantos años después, cuesta trabajo repetirlo en voz alta. Junio de 2013.

 México acababa de estrenar Presidente. En las portadas seguía el galán de siempre, el hombre de traje impecable. el viudo que había reconstruido su vida con una actriz de telenovela y ahora gobernaba el país. Esa era la fotografía. Y entonces, sin aviso, una periodista llamada San Juaná Martínez soltó unas grabaciones.

 En esos audios se escuchaba una conversación privada entre el presidente y una mujer. La mujer le hablaba de un niño de 8 años, le hablaba de seguridad, de peligro, de escoltas, le pedía protección real para ese niño. Y del otro lado, la respuesta del hombre más poderoso de México fue destinarle 10 policías del Estado de México. 10.

 en lugar de la escolta del Estado Mayor presidencial que cuidaba al resto de su familia. Ese niño de 8 años era su hijo. Se llamaba Diego. Quédate conmigo porque aunque esto parezca una historia de política, lo que vas a escuchar es la historia de una madre que se quedó completamente sola peleando contra el aparato entero de un presidente y la de un niño que no cabía en la foto perfecta. piénsalo un segundo.

 Un hombre que podía mover al ejército, que tenía a su disposición a los mejores abogados del país. Camionetas blindadas, secretarios, un estado mayor de miles de elementos. Un hombre que aparecía en la televisión abrazando a sus hijas, sonriendo, hablando de valores y de familia. Ese mismo hombre, según esas grabaciones, discutía con la madre de otro de sus hijos cuántos policías merecía el niño.

 Como si un hijo fuera una partida de presupuesto, como si la sangre se pudiera medir con una calculadora. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que probablemente nunca te contaron. Primero, cómo se fabricó, tieza por pieza, la imagen del padre perfecto y del político impecable. Mientras al mismo tiempo, según los reportes que fueron saliendo con los años, existía otra vida entera guardada en las sombras.

 Segundo, ¿quién era realmente Maritza Díaz y por qué su hijo Diego se convirtió en el secreto que podía arruinar una carrera hacia la presidencia? Tercero, lo que ocurrió cuando esa madre decidió llevar la verdad a los tribunales y al país entero y el precio que pagó por atreverse. Y cuarto, cómo la conversación más íntima de esa mujer terminó grabada y filtrada y qué clase de maquinaria de vigilancia construyó ese gobierno.

 Mientras tanto, te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender cómo fue posible que todo esto ocurriera delante de un país entero y casi nadie hiciera nada, necesitas conocer primero el mundo que construyó a este hombre. Porque esta historia no empieza el día de esos audios, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión, en tu propia sala, sin imaginar lo que había detrás.

 ¿Tú lo recuerdas? Claro que lo recuerdas. El político joven, guapo, de sonrisa fácil, que aparecía en todos lados con su familia perfecta. Tú lo viste y te vendieron una historia. Ahora vas a conocer la otra. Enrique Peña Nieto no llegó a la política de México como un hombre cualquiera que empieza desde abajo.

 Nació el 20 de julio de 1966 en el corazón de una de las redes de poder más antiguas del país. Su familia estaba entretegida con nombres que habían gobernado el Estado de México durante generaciones. Tíos abuelos gobernadores, primos gobernadores, apellidos que en esa región no eran apellidos, eran llaves. llaves que abrían puertas donde otros ni siquiera podían tocar.

 A ese entramado se le conoció durante décadas como el grupo Atlacomulco, un círculo de familias mexiquenses donde el poder no se ganaba solo en las urnas, se heredaba, se pactaba, se pasaba de mano en mano como una herencia. Ahí, dentro de esa maquinaria, empezó a levantarse la figura del muchacho destinado a llegar lejos.

 Y no exagero cuando te digo que ese muchacho venía marcado desde la cuna. Por el lado de su padre estaba emparentado con Alfredo del Mazo Vélez, que fue gobernador del Estado de México, y con Alfredo del Mazo González, otro gobernador. Por el lado de su madre, una señora a la que de cariño le decían doña Coco, la familia se conectaba con más gobernadores todavía, con presidentes municipales de Atlacomulco, con hombres que llevaban generaciones mandando en esa tierra.

 Enrique Peña Nieto no tuvo que abrirse camino a machetazos como millones de mexicanos. A él le abrieron el camino antes de que aprendiera a caminar. Y esa diferencia importa porque explica algo que vas a ver una y otra vez en esta historia. Un hombre que crece creyendo que el poder es su derecho de nacimiento, aprende también a creer que las reglas de los demás no son para él.

 Quiero que te quedes con esa idea, porque un hombre así cuando enfrenta un problema no piensa cómo resolverlo, piensa cómo hacerlo desaparecer. Y déjame llevarte a esa época por un momento, porque tú la viviste. Piensa en cómo era México en aquellos años. Piensa en tu propia sala, en la televisión encendida después de la cena, en las telenovelas que veías con tu mamá, con tus hijas, con tus comadres al día siguiente comentando el capítulo.

 Los artistas de esa pantalla no eran extraños, eran casi de la familia. Entraban a tu casa todas las noches y el país entero había aprendido, sin darse cuenta a querer o a odiar a la gente según cómo salía en esa pantalla. Ese era el terreno perfecto para un hombre que iba a ser vendido precisamente como si fuera un personaje de novela, un galán de la vida real, alguien a quien podías querer sin conocerlo, justo como querías a los protagonistas de las 9.

 Y aquí está la primera cosa que necesitas entender, porque va a explicar todo lo que viene después. A Enrique Peña Nieto no lo vendieron al país como un ser humano con defectos y virtudes, lo vendieron como un producto, un producto de televisión. Cuando en 2005 alcanzó la gobernatura del Estado de México, empezó una operación de imagen tan cuidada, tan profesional, que parecía sacada de una casa productora de telenovelas y en cierta forma lo estaba.

 Detrás de esa construcción trabajaron empresas de mercadotecnia política, asesores de comunicación, gente que sabía exactamente cómo se fabrica un ídolo popular. Los mismos mecanismos con los que se lanza una estrella de la pantalla se usaron para lanzar a un gobernador rumbo a la presidencia y funcionó con una disciplina de relojería.

 Como gobernador se hizo famoso por cumplir compromisos firmados ante notario, por inaugurar obras, por aparecer sin parar en spots y anuncios. Su cara estaba en todos lados, en los espectaculares de la carretera, en los cortes comerciales, en las revistas. Cuando terminó su periodo al frente del Estado de México en 2011, ya no era solo un gobernador más, era el rostro más reconocido de su partido, el destinado, el que iba a devolverle al viejo régimen la silla presidencial que había perdido 12 años atrás. Todo estaba calculado. La

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