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Los Cardenales Vuelven al Vaticano y León XIV Ya Tiene un Plan

El sendero de la fe. 27 de junio, Roma. Dentro del aula del sínodo, se van sentando uno a uno casi todos los cardenales del mundo y en la cabecera, mirándolos en silencio, está León 14. Lo que se hable en esa sala durante estos días no va a salir en los titulares con grandes palabras. No habrá un anuncio espectacular.

 Y aún así, lo que ocurra ahí dentro puede marcar el rumbo de la Iglesia Católica durante los próximos 20 años. Porque cuando un Papa llama a Roma a todos los cardenales a la vez, en el Vaticano nadie lo toma como un trámite. 200 hombres con autoridad no cruzan medio mundo por una reunión cualquiera. Algo se está decidiendo, algo se está midiendo.

 Y la última vez que se sentaron juntos en una sala parecida en enero pasó una cosa que casi nadie dijo en voz alta, una cosa pequeña, silenciosa, que para los que saben leer a Roma valió más que cualquier discurso. Te voy a contar qué fue, pero primero una duda que en Roma nadie pronuncia en voz alta.

 ¿Estás viendo una reunión más? Una de tantas en el calendario del Vaticano o el día exacto en que León XIV deja de hablarle al mundo y empieza en silencio a mover las piezas dentro de su propia casa, algo ahí dentro ha empezado a moverse y casi nadie lo está mirando con los ojos correctos. Quédate conmigo que aquí hay mucho más de lo que se ve.

Esta historia arranca con un papel, una carta. La firmó el cardenal Giovanni Batista Re, el decano del colegio cardenalicio el 3 de junio, y la envió a todos los cardenales que iban a viajar a Roma. En esa carta se fijaban los temas de los que iban a hablar y los temas, escúchame bien, no son menores.

 León XIV eligió tres. El primero, la situación internacional. ¿Cómo está el mundo? ¿Qué guerras hay? ¿Qué sufren las iglesias en los países rotos por la violencia? El segundo, su propia encíclica, la primera de su pontificado, ese documento sobre la inteligencia artificial y la dignidad de la persona que firmó en mayo.

 Y el tercero, el futuro del sínodo, ese proceso largo que viene arrastrándose desde hace años y que ahora hay que aterrizar. Tres temas, tres frentes. Y los tres mirados de cerca hablan de lo mismo. ¿Hacia dónde quiere llevar este papa a la iglesia? Esos tres temas juntos ya dejan ver por dónde respira este pontificado.

 Pero para entender lo que de verdad está moviendo, primero conviene saber quién es el hombre que firma esa carta. Porque este papa no se parece a casi ninguno de los anteriores. León XIV se llamaba hasta hace poco Robert Prebost. Y su historia rompe casi todos los moldes. Nació en Chicago en 1955. es el primer papa de la historia nacido en Estados Unidos.

 Eso solo ya es una bomba. Durante siglos, la sola idea de un papa norteamericano parecía imposible, porque se temía que mezclara la Iglesia con la potencia más poderosa del mundo. Pero su vida lo llevó muy lejos de aquella idea. Prebosto Agustino de la orden de San Agustín y se marchó de misionero a Perú. Pasó allí años enteros en parroquias pobres, lejos de los despachos romanos.

 Llegó a hacerse ciudadano peruano. Conoció el barro, la gente humilde, la fe que se vive sin lujos. Y desde ahí, despacio, fue subiendo hasta que el Papa Francisco lo trajo a Roma y le dio uno de los cargos más delicados de todos, decidir quiénes serían los obispos del mundo. Quédate con esos dos datos porque explican casi todo lo que va a pasar en ese consistorio.

 un papa formado en la escuela de San Agustín, el pensador del poder y de la paz, y un Papa que aprendió a gobernar escuchando a los últimos, no mandando desde arriba. Esas dos raíces van a aparecer una y otra vez en cada decisión que tome dentro de esa sala. Y hay un detalle de ese origen americano que conviene no perder de vista porque marca su pontificado entero.

 León XIV es el primer papa nacido en Estados Unidos. Pero desde que llegó al trono de Pedro ha mantenido a Washington a una distancia prudente. Ha alzado la voz por los migrantes cuando el gobierno de su propio país de nacimiento endurecía las deportaciones y frente a lo que muchos esperaban, no ha corrido a visitar Estados Unidos, pese a las invitaciones.

 Imagina la escena. El hombre que dirige la iglesia nació en Chicago, pero gobierna como alguien que aprendió la fe entre los pobres de Perú. Y eso lo coloca en un lugar incómodo y a la vez fortísimo. Puede hablarle de tú a tú a la mayor potencia del mundo sin deberle nada. Cuando León 14 pone la paz y a los migrantes en el centro de su mensaje, está trazando una línea frente a los poderes de la tierra y la traza con gestos más que con palabras.

 Una visita que no termina de llegar, una defensa de los que casi nadie defiende. Esa misma firmeza es la que va a llevar a la sala del consistorio y la primera pista de su forma de gobernar está en algo tan simple como unas fechas y un detalle del calendario que alguien decidió borrar. Empecemos por lo más concreto, porque conviene saber exactamente de qué hablamos antes de entrar en lo que significa.

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El encuentro tiene fechas claras. Los días 26 y 27 de junio, los cardenales se reúnen en dos salas del Vaticano, el aula Pablo VI y el aula del sínodo. Hay cuatro sesiones, dos cada día, mañana y tarde. Y luego el 29 de junio, día de los santos apóstoles Pedro y Pablo, todo se cierra en la basílica de San Pedro con una misa solemne.

 Hubo un detalle curioso en esa carta. Al principio se había anunciado que el domingo 28 habría una misa concelebrada de todos los cardenales con el Papa. Después, en la misma carta, el cardenal Re aclaró que esa misa del domingo ya no se iba a celebrar, la quitaron del calendario. Puede parecer una tontería logística, pero fíjate en lo que dice ese borrado.

Quitan la gran misa de todos juntos y dejan en pie las sesiones de trabajo. El peso del fin de semana se inclina hacia el gobierno, lejos de la gran ceremonia. Y un papa que recorta el acto solemne para hacer sitio al trabajo, está diciendo, sin decirlo a qué ha venido, aunque lo que termina de confirmarlo es lo que hará el último día, el 29, frente al altar de San Pedro.

 Lo que sí queda y queda con fuerza es el cierre del 29. Ese día en San Pedro, León 14 va a bendecir los palios. El palio es esa banda de lana blanca que el Papa impone sobre los hombros a los arzobispos. Es el signo de que ese arzobispo está unido a Roma, que gobierna su región en comunión con el Papa. Y este año, igual que cada 29 de junio, el Papa se lo va a imponer a los nuevos arzobispos metropolitanos del mundo.

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