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Madre Venezolana Revela Tras el Terremoto: «Jesús Me Llevó Hasta Mi Hija — y Sofía Estaba Viva

El miércoles 24 de junio de 2026, a las 6:4 de la tarde, hora de Caracas, la tierra del norte de Venezuela hizo algo que no hacía desde hace más de un siglo. A las 6043, un primer sismo de magnitud 7.2 sacudió el país. 39 segundos después, antes de que el primero terminara, llegó el segundo 7.5, a apenas 10 km de profundidad.

sobre la falla de San Sebastián, el mismo borde de placas que los geólogos comparan con la falla de San Andrés. Fue la hora de la cena. La gente estaba en su casa cocinando con los niños despiertos. El temblor duró cerca de un minuto. No sonó ninguna alarma. Venezuela, un país sentado sobre una de las grandes costuras del planeta, no tiene un sistema nacional de alerta sísmica.

No hubo sirenas, no hubo aviso, solo unos pocos alcanzaron a ver segundos antes una notificación en el teléfono que nadie les había explicado. Cuando se asentó el polvo, la Guaira era una zona de desastre. Más de 200 edificios en el suelo, el aeropuerto principal del país dañado, las comunicaciones caídas. En Caracas se vinieron abajo torres enteras.

La cuenta de muertos que empezó en 188 la primera noche no paró de subir en los días siguientes. Una testigo le dijo a la agencia Reuters que lo que vio era como una película de terror. Esta es la historia de una de esas mujeres. No es una de las víctimas que salieron en las noticias. Su nombre, su edificio y su hija son una dramatización, un relato armado a partir de hechos públicos y verificados del 24 de junio.

Pero lo que ella cuenta que pasó en lo oscuro durante las horas que esperó al borde de los escombros es algo que las cámaras no registraron y que la prensa no contó. Se llama Jorbelis Marín. Tiene 36 años, es de San Bernardino en Caracas y antes de esa tarde llevaba 17 años sin dirigirle la palabra a Dios.

Es madre de una sola hija, Sofía, de 9 años. una niña con discapacidad que esa noche quedó atrapada bajo la losa de su propio edificio. Y mientras los bomberos apuntalaban los cimientos para poder cavar sin matar a quien pudiera seguir vivo abajo, Georbelis dice que alguien se sentó a su lado en el polvo, la llamó por su nombre y le dijo exactamente dónde estaba su hija.

Esto es lo que ella recuerda en sus propias palabras. Me llamo Yorbelis Marín, tengo 36 años. Soy de Caracas, del lado de San Bernardino, donde las calles suben y los edificios viejos se apoyan unos en otros como gente cansada. No soy nadie, no tengo un cargo, no tengo un título, no tengo una sola letra detrás de mi nombre.

Lo único que he sido en esta vida, de verdad, con todo lo que soy, es la mamá de Sofía. Digo eso primero porque necesito que usted entienda quién le está hablando antes de que le cuente lo que pasó. No una mujer de fe, no una mujer que rezaba, una mujer que cargó a su hija en brazos por cinco pisos de escalera todos los días durante 9 años, porque el ascensor de ese edificio nunca sirvió y que estaba peleada con Dios desde mucho antes de que el suelo se abriera.

Estoy grabando esto el 26 de junio, dos días después. Estoy en casa de mi prima Damelis en Petare, en una sala prestada con un colchón en el piso y la ropa que me regalaron metida en una bolsa negra en el rincón. Cada tanto el piso se mueve, una réplica pequeña de esas que antes ni hubiera sentido. Y cada vez que se mueve me paro sin pensarlo, con los brazos ya estirados hacia donde estaría Sofía si Sofía estuviera aquí.

Damelis me dice que me siente, que respire. No puedo, el cuerpo se me adelanta. Grabo esto en el teléfono sola porque tengo algo que decir y no sé contarlo de otra manera y porque hay gente todavía debajo de los escombros de esta ciudad esta noche mientras yo hablo y necesito que alguien sepa lo que yo sé.

Nunca le he hablado a una cámara. Discúlpeme si lo hago mal. Soy una mujer que aprendió a hablar bajito para no despertar a su hija. Nací en Caracas en 1990. en una casa de bloque sin frisar en la subida de San Bernardino, a tres cuadras de donde después viviría con Sofía. Mi mamá, Aura Marín era costurera. Cosía para medio barro en una singer negra de pedal que había sido de su mamá.

Y todavía hoy, si cierro los ojos, el sonido de mi infancia es ese, el tac tac tac de la máquina en la madrugada, porque ella cocía de noche cuando nosotros dormíamos para entregar temprano. Mi papá, Ramón manejaba una camioneta de pasajeros, la ruta de Cotiza, 30 años subiendo y bajando el mismo cerro. Era un hombre callado que olía a gasoil y a pastilla de menta.

Crecía entre el olor de la tela nueva y el olor del motor, entre una mujer que le hablaba a Dios mientras cosía y un hombre que no le hablaba a nadie. Y durante mucho tiempo pensé que iba a tener que parecerme a uno de los dos. Al final no me parecía ninguno. Me volví yo, que es la peor cosa que uno puede volverse cuando no tiene a nadie que le enseñe cómo.

Mi mamá rezaba el rosario todas las noches, sentada en la misma silla con las cuentas gastadas de tanto pasarlas. Yo me acostaba y la oía desde mi cuarto, ese murmullo que subía y bajaba como agua, los nombres metidos en el medio de los ave Marías. Mi nombre, el de mi papá. el de los vecinos, el de los muertos.

Ella rezaba como cosía, con toda la atención, segura de que del otro lado había alguien escuchando, alguien que iba a entregar el trabajo a tiempo. Yo la quería por eso, como uno quiere a alguien por una costumbre que ha decidido que es bonita y que no hace daño, no creía que sirviera para nada. Ya de niña yo llevaba mi propia cuenta por dentro, lo que la gente pedía en una columna, lo que de verdad pasaba en la otra.

Y las dos columnas nunca daban el mismo número, por más que los grandes juraran que iban a dar. Le voy a ser sincera, porque lo que viene después no tiene sentido si no. Yo dejé de creer en Dios hace mucho, no de un solo golpe, como cuentan algunos. Lo mío fue más lento, más feo. Fue como una pared que se va llenando de humedad por dentro hasta que un día uno la toca y la mano se hunde.

Y entonces se entiende que ya estaba podrida desde hacía años. Me crié en la iglesia. Hice la primera comunión con un vestido que cosió mi mamá, todo de encaje y me acuerdo de que ese día yo de verdad sentí algo, una cosa caliente en el pecho y pensé que así iba a ser siempre. No fue así siempre. La vida se encargó de ir vaciando esa pila de agua bendita gota por gota.

Mi papá murió cuando yo tenía 19 de un infarto al volante en plena subida de cotiza con la camioneta llena de gente. Logró orillar antes de irse. Eso fue lo último que hizo. No soltar el guavineo, no dejar que la camioneta se fuera al barranco con todos adentro. Y a mí me quedó esa imagen para siempre. Mi papá muriéndose con las manos todavía cuidando a otros.

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