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JAVIER SOLÍS Lo Operaron Demasiado Tarde… La Verdad de Su Muerte Te Va a Impactar

Hay nombres que no mueren aunque el cuerpo ya no esté.  Javier Solís es uno de ellos. Su voz todavía llena salones de fiestas, cantinas de barrio, noches de llanto y noches de gloria.  Una voz que parece haber sido tallada en el mismo material del que están hechas las tragedias mexicanas.

Madera oscura, resina amarga, algo que arde sin consumirse del todo. Pero hay algo que la mayoría de sus fans nunca supo, algo que su familia guardó durante  años con la misma ferocidad con que él guardaba sus secretos. Javier Solís murió joven, 44  años, en la cima de su carrera, en el momento exacto en que más tenía que perder y murió por una decisión que él mismo tomó, una decisión que hoy, con la distancia  de las décadas, resulta imposible de entender del todo.

Pero que al conocer quién era este hombre, al entender de dónde venía y qué clase de heridas cargaba desde niño, empieza a tener una lógica oscura  y devastadora. Javier Solís era el tipo de hombre que no aceptaba debilidad en nadie y mucho menos en sí mismo. Nadie le podía decir que no. Todo se hacía como él decía o no se hacía.

Esa personalidad de acero, esa voluntad que aplastaba los obstáculos como si fueran papel, fue exactamente lo que lo construyó y fue exactamente lo que lo destruyó. Porque cuando llegó la enfermedad, él respondió como  siempre había respondido ante cualquier amenaza, doblando la quijada,  apretando los dientes y negándose a ceder.

Solo que esta vez el adversario no era un empresario abusivo, ni un productor que le quería robar el dinero, ni la pobreza que lo había  perseguido desde que era un niño descalzo en las calles del Distrito Federal. Esta vez el adversario estaba dentro de él y aún así Javier Solís prefirió morir de pie antes que reconocer que algo en su cuerpo lo estaba venciendo.

Hoy en este video vas a descubrir quién era de verdad Javier Solís, cómo fue su infancia, de dónde vino esa personalidad de hierro que ni sus amigos más cercanos se atrevían a desafiar. Vas a entender por qué ocultó su enfermedad con una determinación que rayaba en lo irracional. Vas a conocer los últimos meses de su vida.

los últimos días, las últimas horas y vas a entender al final si lo que le pasó fue un accidente médico, una negligencia o algo que en cierta forma él mismo eligió, la verdad te va a sorprender. Quédate hasta el final. Porque si eres fan de Javier Solís o simplemente te fascina entender por qué las personas más fuertes a veces toman las decisiones más autodestructivas, este video es para ti.

Antes de entrar en materia, quiero que tengas en mente cuatro cosas que vas a descubrir a lo largo de este video. La primera es la infancia que nadie cuenta. El origen real de Javier Solís,  la pobreza extrema que vivió y el trauma que moldeó cada decisión que tomó después.

La segunda es el secreto que ocultó incluso a su familia más cercana, la razón concreta por la que eligió no someterse a una cirugía a tiempo y lo que eso revela sobre su psicología más profunda. La tercera es lo que pasó en esa clínica, los detalles que la versión oficial siempre dejó incompletos y las versiones que circularon entre quienes estuvieron cerca.

Y la cuarta, la que más duele. ¿Qué quedó de Javier Solís después de Javier Solís? su familia, sus hijos, su legado y la pregunta que ninguno de ellos ha podido responder del todo. Guarda esas cuatro cosas en tu mente. Las vamos a ir respondiendo una por una. Imagina la Ciudad de México en 1931, no la ciudad que conoces hoy.

Imagina una ciudad que todavía huele a tierra mojada y carbón. Una ciudad donde los automóviles conviven con burros cargados de frutas, donde los barrios pobres son laberintos de  calle sin pavimentar, casas de adobe, niños corriendo descalzo sobre piedras  que en verano abrazan y en invierno cortan.

En ese México nace Gabriel Sirivario el 1 de septiembre de 1931. Gabriel,  no Javier, no Solís, ese nombre que llenarías estadíos, ese nombre que haría llorar a generaciones enteras de mexicanos, todavía no existía. Todavía era solo un bebé en brazos de una mujer pobre en una colonia del Distrito  Federal.

Su padre se llama Gabriel Siria. Su madre Soledad Levario.  El apellido Solís viene de después de la reinvención del hombre que tendría que construirse a sí mismo desde cero. Porque lo que la vida le había dado de origen  era tan poco, que resulta difícil de mirar de frente sin que algo se apriete en el pecho.

La familia Siria Levario vivía en una pobreza que hoy llamaríamos estructural,  pero que entonces simplemente era la vida de millones de familias mexicanas que no tenían otra opción que sobrevivir con lo que caía. El padre trabajaba de lo que podía. La madre hacía lo que hacen las madres que crían hijos en la precariedad. Estiraba cada peso, callaba muchos dolores y rezaba en las noches cuando los niños ya no la veían.

Gabriel era el menor de varios hermanos o uno de los menores, dependiendo de la fuente. Lo que sí es claro es que desde muy pequeño entendió una verdad que los niños pobres aprenden antes que ninguna otra, que nadie va a venir a salvarte. Guarda esa imagen en tu mente. Un niño que aprende desde la infancia que la única mano en la que puede confiar  es la suya.

Ese niño se va a convertir en un hombre que no pide ayuda, que no acepta  limitaciones, que cuando el cuerpo le dice para él  responde, “Síguele. Ese niño se va a convertir en Javier Solís. Pero antes de llegar a eso, hay algo que tienes  que saber sobre su adolescencia, algo que la versión romántica de su biografía  suele omitir o suavizar.

Gabriel Siria no creció en un ambiente musical.  La música llegó a él de la misma forma en que llegan muchas cosas a los niños de los barrios pobres, por la calle, por el radio de los vecinos, por las cantinas que olían a mezcal y cigarros baratos, donde los hombres bebían su tristeza y los músicos ganaban unos pesos tocando lo que el borracho pedía.

Había algo en esa voz, incluso de niño. Los que lo conocieron entonces recuerdan que cuando Gabriel cantaba, la gente dejaba de hacer lo que estaba haciendo. Había un peso en esa voz,  una presencia, como si esa garganta estuviera conectada a algo más hondo que la melodía.

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