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Esa noche nació Javier Solís — Pedro Infante: “No pidas permiso para cantar”

El olor llegó primero. Ese olor específico que solo existe en los recintos donde los hombres se golpean por dinero. Cuero sudado, resina de pino sobre la lona, sangre que nadie limpió del todo de la última pelea, linimento que alguien untó en algún vestuario y cuyo rastro flotaba todavía en el aire como un aviso de lo que estaba por venir.

Pedro Infante lo reconoció desde la entrada y se detuvo un segundo,  aspirando ese aire espeso con algo parecido a la curiosidad de quien está aprendiendo un mundo que no es el suyo, pero que necesita entender desde adentro. Era una noche de 1952, en uno de esos recintos del centro de la ciudad de México,  cerca de los arcos de Belén, donde el box popular tenía su casa verdadera, lejos de los eventos grandes con fotógrafos  y trajes caros.

Las gradas de madera crujían bajo el peso de cientos de hombres que habían llegado después del trabajo, con la ropa del día todavía encima, buscando exactamente lo que ese lugar prometía, la claridad brutal de dos cuerpos midiendo fuerzas sin más pretexto que la verdad de quién aguantaba más.  Las bombillas colgantes balanceaban una luz amarilla y dura sobre el ring, y fuera de ese círculo de luz todo era penumbra y ruido.

El murmullo constante de hombres que apostaban, discutían, pedían cerveza a gritos y contaban historias que nadie escuchaba completas. El olor a tabaco barato se mezclaba con el sudor del recinto en una mezcla que era desagradable y honesta al mismo tiempo. La clase de honestidad que tienen los lugares que no intentan ser otra cosa de lo que  son.

Pedro se había instalado en una silla de las gradas medias, sin avisar, sin que nadie lo hubiera invitado formalmente. Venía solo, con ropa sencilla que no lo distinguía del resto y llevaba en el bolsillo interior del saco una libreta pequeña donde de vez en cuando anotaba algo con letra apretada. estaba preparando un personaje.

En pocos meses comenzaría el rodaje de una película donde tendría que meterse en la piel de un boxeador. Y Pedro Infante era de los que no podían fingir lo que no habían sentido ni observado con atención real. Necesitaba entender cómo se mueve un hombre que vive de sus puños,  cómo respira antes de subir al ring, qué cara pone cuando el árbitro levanta su mano al final o cuando la noche termina sin que nadie la levante.

Necesitaba ver de cerca lo que iba a tener que convertir en otra cosa sobre una pantalla. Con la misma honestidad con que siempre había construido cada papel que había interpretado, llevaba tres peleas observando cuando salió el joven del lado izquierdo del ring. Tenía 20 años, aunque en ese momento parecía más joven y más viejo al mismo tiempo.

Esta contradicción que tienen los muchachos que han trabajado duro desde temprano y que han aprendido  cosas que la infancia normal no enseña. Era delgado para ser boxeador, pero con esa delgadez fibrosa que engaña a quien no sabe mirar. La clase de cuerpo que ha sido construido con esfuerzo y no con privilegio, con repetición y con la aceptación de que el dolor es simplemente parte del proceso y no una señal de que algo está mal.

subió al ring con la mirada fija en el frente, como quien ya tiene la pelea en la cabeza y lo sabe y sube igual porque bajar no es una opción que se permita. En sus ojos había algo que Pedro identificó de inmediato sin poder nombrarlo todavía, algo que tenía que ver con la distancia entre donde uno está y donde uno siente que debería estar.

Esa distancia que algunos hombres aprenden a ignorar y que otros cargan como un peso silencioso que los mueve sin que nadie lo vea. Se llamaba Javier Solís, aunque en ese recinto nadie lo llamaba por ese nombre todavía, sino por el apodo que le habían puesto en el gimnasio donde entrenaba desde los 16 años. Cuando llegó por primera vez con los zapatos rotos y la determinación intacta de quien no tiene otra cosa que ofrecer más que sus  ganas, Pedro lo vio entrar al ring y lo observó con la atención concentrada del hombre que toma notas aunque no saque la

libreta. La pelea duró seis rounds. Javier ganó cuatro de ellos con una claridad que hizo que las gradas respondieran cada vez que conectaba. Ese sonido gutural y colectivo que hacen  los hombres cuando ven a alguien hacer exactamente lo que se supone que hay que hacer en un ring. Eleaba con inteligencia más que con fuerza bruta,  moviéndose de una manera que sugería que su cuerpo había aprendido esa geometría del combate con mucha repetición y poca queja.

Cuando el árbitro levantó su mano al final,  las gradas aplaudieron con el reconocimiento práctico que ese tipo de público reserva para el trabajo bien hecho, sin euforia exagerada, pero sin tacañería tampoco. Javier recibió el aplauso sin sonreír, con una inclinación breve de la cabeza que era respeto hacia el público y hacia el deporte y no celebración personal, porque en su cara no había la satisfacción que debería haber después de ganar.

Pedro aplaudió también guardó la libreta en el bolsillo sin haber escrito nada. Había visto lo que necesitaba ver, pero no era lo que había ido a buscar. Había ido a estudiar el movimiento y la resistencia y la manera en que un cuerpo absorbe el impacto y sigue adelante. Había encontrado algo más difícil de anotar, la imagen de un hombre que hacía su trabajo con excelencia y que, sin embargo, al recibir el aplauso, miraba hacia el suelo como si ese reconocimiento llegara a una dirección equivocada.

Había algo en ese joven que no encajaba del todo con el lugar. No en el sentido de que fuera mejor o peor que los demás, sino en el sentido de que mientras los otros boxeadores parecían completamente en su elemento dentro del ring, completamente definidos por lo que hacían ahí adentro, este muchacho peleaba como alguien que está en el lugar correcto por las razones equivocadas, como alguien que ha aprendido a hacer bien algo que no eligió completamente, que domina su oficio con disciplina real, pero que al final de la noche, cuando el sudor se

seca y el ruido se va, se queda con algo que no es exacto. vacío, pero que tampoco es plenitud. Pedro conocía esa sensación desde adentro. La había visto en el espejo en sus primeros  años, antes de que encontrara el camino que era realmente suyo, antes de que la guitarra que construyó con sus propias manos en Sinaloa se convirtiera en el instrumento con que le hablaría a México entero.

Fue hacia los camerinos sin pensarlo mucho. No había una razón precisa que pudiera articularle a alguien si le preguntaban. simplemente caminó hacia donde había visto desaparecer al joven con la calma de quien sigue un impulso que no necesita justificación porque viene de un lugar que siempre ha sido de confianza.

El corredor que llevaba a los vestuarios era estrecho y olía más fuerte que las gradas, al inimento y a esfuerzo, y a ese cansancio específico del cuerpo que acaba de exigirse algo grande. Las paredes de concreto guardaban el frío de la noche y el calor de los cuerpos al mismo tiempo, y las bombillas del pasillo eran más débiles que las del ring, dejando zonas de sombra entre cada una.

Había otros hombres ahí, entrenadores con toallas al hombro. El médico de guardia sentado en una silla leyendo algo, un par de periodistas de los que cubren el box en los periódicos de deportes. Nadie le prestó atención particular a Pedro, o si lo reconocieron, prefirieron respetar que estuviera ahí sin hacer alboroto.

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