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Pedro Infante defendió a Libertad Lamarque tomando el contrato que iba a destruirla

La voz llegó primero, atravesó la puerta entreabierta  del set principal y alcanzó a Pedro en el pasillo lateral de los estudios Tepeyac. Con esa claridad incómoda que tienen las palabras que no estaban destinadas a ser escuchadas, Pedro se detuvo en seco. Unos pasos atrás, el auricular del teléfono de pared colgaba fuera de su base, balanceándose levemente, como si alguien  lo hubiera soltado con prisa, y el zumbido sordo de la línea muerta llenaba el corredor. Llevaba la guitarra colgada al

hombro. como casi siempre que no estaba frente a las cámaras y traía en la otra mano el guion del día con algunas anotaciones propias al margen. Había llegado más temprano de lo habitual porque el director había pedido revisar una escena del día anterior. Era una mañana de octubre de 1952 que debía haber sido común. No lo fue.

El pasillo olía a pintura reciente y a café quemado.  Las luces fluorescentes del techo parpadeaban con esa irregularidad que nadie en los estudios se molestaba en corregir porque siempre había algo más urgente que atender. Afuera, la Ciudad de México despertaba con su ruido habitual.

Los trambías raspando los rieles de la avenida, los pregones de los vendedores ambulantes, el murmullo constante de una capital que nunca terminaba de callar del todo. Pero aquí dentro,  en este corredor que conectaba los camerinos con el set principal, donde esa semana filmaban las escenas centrales de ansiedad, reinaba una  quietud extraña, densa, del tipo que no es descanso, sino tensión contenida, como el aire antes de una tormenta que todavía no ha decidido estallar.

Pedro colgó el auricular, siguió caminando y fue entonces al acercarse a la puerta del set, cuando escuchó la voz. Era una voz de hombre baja, pero con esa firmeza particular de quien está acostumbrado a que le obedezcan sin necesidad de alzar el  tono. No gritaba. Los hombres como ese nunca necesitan gritar. Hablaba con la cadencia pausada de quien tiene todo el tiempo del mundo porque sabe que el poder es suyo y nadie se lo va a disputar.

Pedro no entendió las primeras palabras,  pero sí entendió el tono. Y ese tono fue suficiente para que se detuviera junto a la puerta entreabierta, dejara el guion sobre un cajón cercano y escuchara con esa atención silenciosa que había aprendido a lo largo de años de observar el mundo antes de actuar  en él. Lo que oyó en los siguientes minutos cambió el rumbo de esa mañana de una manera que ninguno de  los presentes habría podido anticipar.

El set de ansiedad era una recreación de un salón de época con muebles oscuros y pesados, cortinas de terciopelo burdeos y una iluminación que los técnicos habían tardado dos días en conseguir que pareciera natural. Era uno de esos espacios que dentro de un estudio de cine tienen una doble  vida. De día son escenografía vacía, madera pintada y cartón prensado que finge ser mármol.

Pero cuando entran los actores y se encienden  los focos, se transforman en algo que parece más real que lo real, más verdadero que cualquier salón auténtico de  la ciudad. Esa mañana los focos estaban apagados. La única luz venía de los ventanales altos de la nave industrial, esa luz gris y fría del otoño capitalino que no favorecía a nadie y que hacía que incluso los objetos más sólidos parecieran provisionales.

Libertad la mar, que estaba sentada en una silla de director junto a la mesa de utilería. tenía las manos cruzadas sobre el regazo con una compostura que Pedro reconocería después como la compostura de alguien que ha practicado muchas veces, demasiadas veces, el arte de no mostrar lo que siente ante ciertos hombres.

43 años, aunque nadie lo hubiera dicho mirándola. Cabello oscuro, impecablemente peinado,  vestido de ensayo de color gris, sin joyas esa mañana. La economía de su presencia era casi estratégica, como si hubiera decidido quitarle al hombre que tenía enfrente el placer de intimidar a alguien que brillara demasiado.

Para entender lo que ocurría en ese set, era necesario entender lo que Libertad la mar que cargaba. 6 años  antes había cruzado el Atlántico con lo justo, porque un gobierno había decidido que su existencia era inconveniente.  La historia oficial hablaba de tensiones artísticas, de malentendidos en un rodaje, pero todos en el medio sabían la verdad que se decía en voz baja.

Una mujer joven llamada Eva Duarte había llegado al poder junto a su esposo y tenía memoria larga y paciencia corta para quienes alguna vez no le habían mostrado  el respeto que ella consideraba merecer. Libertad había pagado ese precio. Había dejado atrás su país, su público, su nombre grabado en las paredes de los teatros porteños.

Había llegado a México con una maleta y con 40 años de carrera que de repente tenían que empezar de cero en tierra extraña. Y lo había  hecho película tras película, canción tras canción, con esa determinación tranquila  de los artistas que saben que lo único que nadie puede confiscarles es el talento. México la había recibido.

México la había querido y ella había decidido que este era su hogar con la misma firmeza con que antes había  decidido que el escenario era su lugar en el mundo. El hombre que estaba de pie frente a ella se llamaba Rodolfo Castelar. Era director de distribución de una empresa que operaba entre México y Argentina.

Y esa mañana había llegado a los estudios sin cita previa, lo cual ya decía todo sobre la clase de hombre que era. Traje oscuro, zapatos brillantes, el bigote cuidado de quien dedica a su imagen, porque la imagen es parte del poder. Estaba de pie con las manos en los bolsillos, en esa postura de deliberada relajación que utilizan quienes quieren transmitir  que el resultado ya lo conocen y que el proceso es solo una formalidad.

Rodolfo Castelar no era, en el fondo, un hombre cruel por naturaleza. Había empezado como empleado de oficina en Buenos Aires, hijo de inmigrantes que habían construido algo modesto con mucho esfuerzo. Había subido despacio, aprendiendo que ciertos sistemas premian a quienes no hacen preguntas y ejecutan instrucciones sin detenerse a examinarlas.

Esa mañana en los estudios Tayc era el resultado acumulado de años de pequeñas decisiones que nunca había examinado del todo. Presentaba las órdenes de otros como si fueran convicciones propias, porque esa era la única manera de sobrevivir en el tipo de empresa para la que trabajaba. No disfrutaba de lo que estaba haciendo, pero tampoco lo detenía.

Y esa diferencia, tan pequeña desde afuera, era exactamente la que convertía a los hombres como él en el instrumento perfecto de quienes sí disfrutaban. Rodolfo Castelar no era, en el fondo, un hombre cruel por naturaleza. Había empezado como empleado de oficina en Buenos Aires, hijo de inmigrantes que habían construido algo modesto con mucho esfuerzo.

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