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Joven Pedro Infante Vio Humillar a Dolores del Río en el Reforma – Nadie Esperaba su Gesto

El vaso cayó de la mano del mesero con un golpe seco sobre la bandeja de metal. Nadie en el salón lo notó. Nadie, excepto Pedro. Eran pasadas las 11 de la noche en el tap Room del Hotel Reforma. El sótano olía a tabaco caro y a perfume francés. También olía a algo más difícil de nombrar.

esa mezcla particular de sudor y dinero que solo existe en los lugares donde los poderosos celebran cosas que los demás no comprenden. Las lámparas colgaban bajas sobre las mesas, proyectando círculos de luz dorada sobre manteles blancos, sobre manos cargadas de anillos, sobre copas que nunca se quedaban vacías por mucho tiempo.

Pedro estaba de pie frente a su orquesta con la guitarra apoyada en el muslo y los ojos recorriendo el salón con esa costumbre que había desarrollado  en dos años de trabajo allí. Aprendió rápido que conocer el estado de ánimo del salón era tan importante como conocer las canciones.  Esa noche el salón estaba tenso.

Lo percibió antes de entender por qué. Fue el murmullo el que se lo dijo primero, un murmullo diferente, más afilado, de los que nacen cuando alguien importante entra en un cuarto. Pedro siguió la dirección de las miradas y entonces la vio. Dolores del río caminaba hacia una mesa del fondo con esa forma de moverse que tenía,  lenta y segura, como quien ha aprendido que el mundo puede esperar.

Llevaba un vestido oscuro, sencillo para lo que pedía ese lugar y el cabello recogido con una sola evilla de Ki. Tenía 38 años y parecía tener todos los años del cine en los ojos. Pedro la conocía de sus películas, la había visto en el jaleo, en Ramona, en Evang Shelin, la había visto en la pantalla grande cuando todavía era un muchacho  en Huamuchil que soñaba con cosas que no sabía cómo nombrar.

Verla en persona a pocos metros de distancia fue como ver entrar a alguien que uno creía que solo existía dentro de los sueños. Pero había algo diferente en ella esa noche. Pedro tardó un momento en identificarlo. Era la forma en que tenía los hombros. Rectos. Sí, siempre rectos, pero con un esfuerzo que se notaba si uno sabía mirar.

Era la postura de quien lleva  un peso que prefiere no mostrar. Hacía apenas unos meses que Dolores había regresado a México. Hollywood la había tenido durante 17 años, primero como promesa, luego como estrella, después como problema. Su acento, que al principio les parecía exótico y seductor a los estudios de California, terminó siendo la razón que usaron para dejarla fuera de los mejores papeles cuando llegó el cine sonoro.

Le ofrecieron roles que no eran roles, sino caricaturas, mujeres sin nombre, sin historia, sin más función que ocupar un lugar decorativo en escenas que no las  necesitaban. Personajes que no hablaban porque su acento incomodaba a los directores. Personajes que miraban y sonreían y no decían nada porque Hollywood había decidido que una mujer mexicana podía ser hermosa en pantalla, siempre y cuando no tuviera demasiado que decir.

Dolores aguantó más tiempo del  que cualquiera habría aguantado. Luego tomó una decisión que no fue fácil, pero que fue suya. Y la prensa mexicana, que siempre tiene una opinión lista para quien no la pide, decidió que su regreso era una  derrota. que Hollywood la había rechazado, que volvía con el rabo entre las piernas, que sus mejores años habían quedado en California entre  estudios que ya no la querían y hombres que ya no la recordaban.

Los periódicos publicaron fotografías suyas con pies de foto que eran pequeñas crueldades disfrazadas de información. Una leyenda aquí, una insinuación allá.  La manera elegante que tiene la prensa de hundir a alguien sin mancharse las manos. La gente en los salones la miraba con esa mezcla particular de admiración y lástima que es quizás la forma más refinada de humillar a alguien.

Le aplaudían de pie en el teatro y luego murmuraban a su espalda en los restaurantes. Le mandaban flores y luego publicaban columnas preguntando si México estaba listo para readmitir a quien lo había abandonado por el brillo americano. Pedro lo sabía porque lo había leído y porque lo veía esa noche en las caras de los que la observaban llegar.

en la manera en que algunos la saludaban con demasiado entusiasmo, como compensando algo en la manera en que otros miraban hacia otro lado, fingiendo no haberla visto, que es la crueldad de los cobardes,  en la manera en que el metre la acompañó a la mesa del fondo, la más discreta, la que está lejos de las luces principales, como si hubiera algo que ocultar en su presencia.

Don Aurelio, el gerente del Troom, apareció a su lado antes de que Pedro pudiera seguir mirando. Era un hombre pequeño con bigote fino y la costumbre de hablar en voz baja como si siempre estuviera revelando un secreto. “Esta noche tenemos una invitada importante”, le dijo sin mirarlo, ocupado en ordenar mentalmente algo que Pedro no veía.

“Habrá que tocar lo que ella prefiera. Si manda a avisar, tocan. Si no manda a avisar, siguen con el programa.” Pedro asintió. Era un arreglo habitual. Lo que no era habitual fue lo que don Aurelio agregó a continuación con el tono de quien instruye a un empleado sobre algo que debería ser obvio.

Y tú te quedas donde estás, Pedro. No te acerques a esa mesa. Estas personas no vinieron a ser conocidos. Pedro no respondió de inmediato. Miró a don Aurelio con calma, sin hostilidad, con esa expresión que tenía cuando procesaba algo que le parecía importante entender bien antes de reaccionar. Don Aurelio sostuvo la mirada un momento, luego pareció incómodo y se alejó entre las mesas sin agregar nada más.

Pedro se quedó con la guitarra en la mano y las palabras de su jefe flotando en el aire húmedo del sótano. Tú te quedas donde estás. En dos años de Tabroom había escuchado esa frase o versiones de ella, más veces de las que quería contar. Era la frase que el mundo usa cuando necesita recordarle a alguien cuál es su lugar.

A Pedro le habían dicho su lugar desde que llegó a la Ciudad de México con una maleta prestada y 20 pesos en el bolsillo.  Le habían dicho que su acento norteño no servía, que su cara era de pueblo,  que la gente fina no pagaba para escuchar canciones rancheras. Había aprendido a escuchar esas frases y seguir tocando de todas formas, pero esa noche la frase lo molestó de una manera diferente, porque no iba dirigida a él, sino a través de él, hacia ella.

La orquesta empezó la siguiente pieza. Pedro cantó, tocó, le dio instrucciones al violinista con una señal discreta, hizo su trabajo, pero una parte de su atención permaneció en la mesa del fondo. Allí, Dolores del Río bebía sola una copa de vino tinto. Miraba hacia ningún lugar específico. Era la expresión de quien está pensando en algo que no puede compartir con nadie en ese cuarto.

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