(1) LA ÚNICA historia REAL de Bridgerton | La Reina Charlotte
Hay un trágico amor real que Bridgerton no te contó, pero sin él la serie no existiría. Aunque Bridgerton se sitúa en una época histórica real, la mayoría de lo que vemos en la serie nunca ocurrió así. No existieron ni los Bridgerton, ni el Duque de Hastings, ni Lady Whistledown, pero hay un solo romance que sí ocurrió, el de la reina Charlotte y el rey George.
Sin embargo, su relación fue mucho más cruda y dolorosa de la que la serie se atrevió a mostrar. De hecho, de todas las parejas que conforman el universo de Briderton, esta es la que mejor representa que una historia de enamoramiento no es lo mismo que una verdadera historia de amor. Al conocer su final, vas a entender a qué me refiero.
Así, querido y amable lector, Tod Bridgerton inicia por una carta. Un jinete sale a toda prisa, va directo a K, el pequeño palacio donde está George, el heredero al trono. Cuando llega le entrega una nota. El rey de Inglaterra ha muerto, lo que significa que ahora George es el nuevo rey. De inmediato se dirige al palacio de St.
James, la sede oficial de la monarquía, y da la orden que llevaba años queriendo dar. Lady Yarmout, la amante de su abuelo, debe abandonar el palacio. Después de años repudiando los excesos y escándalos de su abuelo, George está decidido hacer justo lo contrario, a llevar el reinado más ordenado, moral y disciplinado. De una vez te adelantó algo.
Irónicamente, esa obsesión por el orden será lo que lo lleve a su caída. Para construir el respeto que quiere para su nuevo mandato, George sabe que necesita una esposa. Él ya se ha enamorado de una chica noble llamada Sara Lenox, lo cual es un problema. ¿Por qué? Porque Sara es inglesa y si un rey se casa con una noble de su propio país, la familia de la novia acumula demasiado poder, lo que casi siempre termina en celos y conflictos dentro de la aristocracia.
Por eso, casarse con Sara iría justo en contra del orden y la estabilidad que él quiere crear. Antes de esto, George llega a la conclusión de que enamorarse solo complica todo. Decide que de ahora en adelante el amor será un lujo que no podrá permitirse. Se obliga a olvidar a Sara y en su lugar llama a sus cortesanos para pedirles que recorran todas las cortes europeas hasta encontrar a la mujer más útil para sus planes como rey.

Les pone algunas reglas como que su futura esposa debe ser dócil para que él pueda moldearla a sus necesidades. No debe tener ambiciones políticas propias porque no quiere que interfiera en sus asuntos. Debe ser de religión protestante y capaz de darle hijos. Y si no es especialmente bella, no le molesta, porque para él lo único que verdaderamente importa es el reino.
Así envía a sus cortesanos por toda Europa. A unos los manda a Dinamarca, a otros a Prusia y a uno de nombre Coronel David Gra envía a los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico, lo que hoy conocemos como Alemania. Graim empieza su recorrido en la corte de Sajonia Gota, de donde proviene Augusta la mare de George, pero ahí encuentra algo que no le gusta nada.
Varios miembros de la familia muestran comportamientos extraños, lo que en esa época llaman locura o melancolía. Para esquivar las complicaciones, descarta a todas las princesas del territorio. Sin embargo, lo que en ese momento nadie imaginaba es que el problema que intentaba evitar no estaba fuera, sino mucho más cerca de George de lo que pensaban.
Graham continúa recorriendo territorio tras territorio sin encontrar lo que busca, hasta que escucha hablar de una pequeña corte en el norte casi olvidada en el mapa Meclemburgo Strellitz. Cuando llega el castillo es tan pequeño y modesto que no parece una residencia real. Al entrar se topa con una escena poco común para la realeza de la época, una familia unida tratándose con cariño.
Nota que todos son amables y que a diferencia de muchas otras cortes, no viven obsesionados con la ambición ni con el poder. Al contrario, valoran la moralidad, la fe y una vida tranquila. Al darse cuenta de esto, Grain tiene claro que está en el lugar correcto, por eso empieza a fijarse en las hijas. Casi inmediato una destaca sobre las demás, Charlotte, quien es alegre, noble y carismática.
no tiene la educación típica de una princesa entrenada para la política. En cambio, sabe de botánica, de música y de bordado, justo el tipo de perfil que George está buscando. El único detalle es que Charlotte no es considerada especialmente hermosa para el momento histórico. De hecho, Horace Walpul, un escritorio contemporáneo, la describe así en sus textos.
Era bajita y muy delgada y su cuerpo no era precisamente bien proporcionado. Tenía la piel pálida, la cara sencilla, la nariz algo chata y la boca bastante grande. Eso sí, su cabello era de un bonito color castaño y su expresión resultaba agradable. Además, siempre tenía buen humor y mucha energía y eso hacía que todos esos defectos pasaran a segundo plano.
Y no es el único que piensa así. La señora Pappendick, esposa de un sirviente de Charlotte, la describe de forma muy similar. definitivamente no era una belleza, pero tenía un ánimo tan alegre y una vitalidad tan contagiosa. Para suerte de Graham, George había dejado claro que el aspecto físico no era una prioridad para él.
Así que esa misma noche escribe una carta en la que reporta que ha encontrado posiblemente a la candidata ideal y la envía de inmediato al palacio de St. James. Desde ahí, el rey revisa uno por uno los reportes de sus emisarios, más como si estuviera leyendo currículums de un futuro empleado que decidiendo quién será su futura esposa. Finalmente toma su decisión y escribe una carta que dice, “Con mucha satisfacción informo que he decidido pedir en matrimonio a la princesa Charlotte de Meclburgo Strelitz, una joven reconocida por sus virtudes y su
carácter amable que pertenece a una familia que siempre ha mostrado un firme compromiso con la religión protestante. Como podemos ver en sus palabras, derrama pasión y amor, el pic del romanticismo.” En cuanto Crain recibe la carta, va directo con la familia para darles la noticia. Charlotte queda en chock, no habla una sola palabra de inglés, nunca ha salido de su pequeño mundo y ahora tendrá que irse a otro país para casarse con un completo desconocido.
Aún así, sabe que no pueden rechazar la propuesta. Mientras tanto, en Inglaterra, George se alista para la llegada de Charlotte, lo que también implica preparar al pueblo para recibirla con cariño. Para lograrlo, le pide a uno de sus cortesanos que empiece a construir una buena historia pública. Así comienza a circular en los periódicos una historia que años atrás, cuando Federico el Grande, el temido rey de Prusia, saqueó el pequeño ducado de Charlotte, ella muy valiente le escribió directamente a Federico para suplicarle que se detuviera, pues no podía soportar
ver sufrir a su gente. El relato se le añade un detalle más, que fue justamente esa carta la que conquistó a George, que al escuchar lo que Charlotte había hecho, él supo en ese instante que quería que ella fuera su esposa. Claro que todo esto es una fabricación, pero funciona. El público empieza a verla como una joven noble, valiente y comprometida con su pueblo y se va encariñando con una historia de amor que, como tú y yo sabemos, tuvo poco de romántica.
O al menos al inicio, pues con el tiempo, eso va a cambiar. Los emisarios del rey llegan a Meclemburgo Strelitz para llevar a Charlotte a Inglaterra. En nombre de George, le entregan a la joven un set de diamantes y le piden matrimonio. Ella acepta y sin perder tiempo pasan directo a la ceremonia de matrimonio por poderes. Es decir, una boda sin que el novio esté ahí.
En su lugar, un cortesano responde por él y pronuncia los votos y con eso basta. Charlotte queda casada con un completo desconocido. Al día siguiente llega el momento de partir hacia Inglaterra. Ella se despide de su familia sabiendo que muy probablemente no volverá a verlos. El viaje dura 20 días y es tan duro que cuando por fin pisa tierra británica está exhausta y mucho más delgada.
Para agregar más presión, una de sus damas de compañía le recuerda que la boda se celebrará esa misma noche. Aunque ya están casados en lo legal, el ritual religioso todavía tiene que celebrarse frente al pueblo. Cuando Charlotte llega al Palacio de St. James, George está ahí esperándola. Y siendo honestos, se dice que al verla por primera vez no queda especialmente impresionado.
Pero entonces Charlotte se acerca, le sonríe y siguiendo el protocolo intenta arrodillarse frente a él. No obstante, algo en ese gesto lo descoloca. Antes de que ella siquiera toque el suelo, él la detiene, la levanta y la abraza. En ese instante, algo entre ellos hace click. George se queda sorprendido. No esperaba sentir algo por ella.
Se pregunta si tal vez el amor no esté tan fuera de su camino como él creía. Juntos recorren el palacio. Aunque ella no habla inglés y él apenas domina el alemán, se entienden como pueden. Platican un rato y poco a poco George queda más cautivado. Más tarde la deja en manos de las damas que se encargarán de los últimos arreglos de su vestido.
Este es extremadamente lujoso con enormes diamantes incrustados a lo largo del corsé. El problema es que después de todo lo que Charlotte ha adelgazado durante el viaje, ya no le queda bien, se le resbala constantemente y aunque intentan ajustarlo, no hay mucho que puedan hacer. Cuando llega la hora de la ceremonia, la pobre Charlotte camina hacia el altar con el vestido deslizándosele hasta la cintura.
Tanto así que uno de sus contemporáneos escribió que en la noche de bodas el rey no vería nada de su torso que el público no hubiera visto ya. George y Charlotte intercambian sus votos y enseguida pasan a la celebración. Ahí Charlotte se sienta a tocar el clave y a cantar. George queda todavía más fascinado, sobre todo porque a él también le encanta la música, especialmente la flauta.
Para el final de la noche se dice que el rey ya le comenta a su familia que se ha encariñado con Charlotte. Cuando los invitados se retiran, la pareja se queda platicando hasta tarde. Ahí George decide ser honesto. Le cuenta que creció viendo como la emoción terminó arruinando el reinado de su abuelo. Su obsesión por la gloria arrastró a Inglaterra a guerras innecesarias.
Su apetito por el lujo lo llevó a drenar los recursos del reino. Su lujuria lo llevó a tener múltiples amantes, bastardos, escándalos e inestabilidad. Por eso para George la emoción no es romántica, sino caótica. De ahí viene que no escogió a su esposa guiado por el sentimiento. Lo que más le importaba era la paz y la estabilidad. Sin embargo, ahora que la ha conocido a ella, piensa que quizá pueden llevarse bien y ser compañeros de verdad.
Sabe que su matrimonio no empezó por cariño, pero le propone que con el tiempo tal vez podrían llegar a construirlo. Charlotte está encantada. Hace apenas unas horas había llegado con miedo, sin saber con qué tipo de hombre se había casado, pero ahora empieza a creer que tal vez las cosas no serán tan malas después de todo.
Esa noche comparten la cama y George, queriendo que de verdad funcionen como pareja, le propone algo común en la realeza, dormir siempre en la misma habitación. Nada de cuartos ni vidas separadas. Charlotte acepta y esa decisión de vivir juntos se mantiene durante años. Así arranca su vida de casados, que para ella, al menos por ahora, se siente como un sueño.
Uno que se convertirá en un infierno el 16 de abril de 1804 cuando George haga algo que Charlotte jamás va a poder perdonar. Y no, no tiene que ver con una infidelidad, pero ya llegaremos a eso. Durante las mañanas desayunan juntos. Luego George se va a atender los asuntos del reino, pero en cuanto termina vuelve de inmediato para estar con Charlotte.
A veces salen a caminar por los jardines, otras él enseña inglés o pasan horas leyendo, pero lo que más disfrutan es tocar música juntos. Ella en el clave y él en la flauta. Recuerda esto que más adelante cobrará un significado especial. Al principio Charlotte se siente feliz, elegida y cuidada, pero conforme pasan los días empieza a notar algo extraño.
No ha convivido con nadie más, solo con George. Siempre con George. Sin embargo, se convence a sí misma de que no es nada raro, solo la emoción del inicio de la etapa de enamoramiento. Entonces llega el día de la coronación. Charlotte y George son proclamados oficialmente rey y reina de la abadía de Westminister. Después de la ceremonia viene la gran celebración.
Ahí la pareja empieza a saludar a distintos miembros de la corte, entre ellos aparece Lady Cowperer. Si eres fan de Bridgerton seguro reconoces el apellido. Es el mismo de Crecida Cowperer. Y resulta que hay una anécdota de la Lady Cuper real que encaja bastante bien con la personalidad de Crecida. Se dice que durante la coronación obligaron a Lady Cowper a caminar junto a una tal Lady M, alguien que según CPer tenía un rango inferior.
Para Cowper eso era casi un insulto, pero como no podía negarse decidió caminar rapidísimo, casi trotando, para alejarse lo más posible de la otra mujer. Este chisme aparece en el libro The Good Queen Charlotte de Percifit Geralth, publicado en 1899 y es una de las fuentes más citadas sobre la vida de la reina. Se Ryes, la creadora de Bridgerton, ha dicho que investigó muchísimo sobre Charlotte para construir la serie, así que tal vez este pequeño chisme fue una de las semillas para crear a Crayida Cuper.
No hay confirmación, pero la coincidencia da para pensarlo. Volviendo a la celebración, cada vez que alguien se acerca a saludar a la pareja, George se adelanta y le susurra a Charlotte quién es y cómo debe saludarlo. Gracias a eso, ella se siente mucho más tranquila. Incluso cuando no están juntos, Charlotte nota que su esposo sigue muy pendiente de ella.
Por momentos hasta parece demasiado, aunque por el momento es un gesto bonito. Así entre compañía y convivencia se van volviendo cada vez más cercanos. Charlotte se enamora de la protección y el interés que él le muestra. George de su forma de ser tan amable. Por esta razón, cuando reciben la noticia de que tendrán su primer hijo, ambos sienten una enorme felicidad.
El día del parto, George rompe un poco con la tradición. Aunque los hombres no debían estar presentes, él insiste en por lo menos quedarse justo detrás de la puerta. No quiere que Charlotte pase ese momento sintiéndose sola. Horas después nace su primer hijo George, pero para distinguirlo de su padre y no confundirnos, aquí lo llamaremos Jorge.
Por ahora, Jorge es la alegría de sus padres, aunque con el tiempo será quien cometa la peor de las traiciones. Tras el nacimiento de su hijo, George decide comprarle a Charlotte una propiedad Buckingham House, lo que hoy conocemos como el palacio de Buckingham. Aunque antes de que se sorprendan de más, vale la pena recalcar que para ese momento no era el palacio imponente que conocemos ahora.
Es solo una casa aislada rodeada de campos. George le dice que ahí pueden tener una vida más tranquila, lejos de la presión constante de la corte. Y a Charlotte le encanta la idea. Empiezan a pasar ahí la mayor parte del tiempo con su hijo, algo nada común en la realeza. La mayoría de los reyes y reinas dejaban a sus hijos en manos de niñeras y apenas los veían, pero ellos no.
Se dice que eran tan cercanos que muchas veces se encontraba a George sentado en el suelo jugando con el bebé y a Charlotte enseñándole alemán. Pero con el paso de los meses, Charlotte vuelve a notar que fuera de su esposo y de su hijo casi no ha convivido con nadie más. Le comenta a George que le gustaría tener una amiga y él le asegura que no hay problema, que lo va a arreglar.
Días después llega su compañía Augusta, la madre de George, es decir, la suegra de Charlotte. No era eso lo que había pedido, pero aún así intenta llevarse bien. Sin embargo, es imposible no notarlo. Cada vez que Charlotte hace una broma o un comentario, Augusta la mira con desprecio. Y no solo eso, cuando Charlotte toma un libro, Augusta se lo quita y le dice que no debería leer eso.
En su lugar le pone en las manos uno adecuado, entre comillas. Charlotte incomoda, vuelve con su esposo y le explica que eso no es exactamente lo que necesitaba. A George no le gusta escucharlo. Defiende a su madre asegurando que solo quiere ayudar y que todo lo hace con buenas intenciones. Aún así, termina accediendo a la petición de su esposa.
Poco después llegan sus damas de compañía. Al principio, Charlotte se siente aliviada, pero pronto nota algo extraño. Cosas que dicen privado después son repetidas por Augusta, casi palabra por palabra. Con eso entienden que sus damas no están ahí para acompañarla, están ahí para vigilarla y reportarle todo a su suegra.

Charlotte intenta explicarle esto a George, pero él vuelve a defender a su madre. Cuando ella insiste en que lo único que quiere es tener una amiga, él suelta algo que la deje en shock. Le dice que la corte está llena de apariencias, excesos y chismes, que él mismo no tiene amigos ahí, solo trata con ellos porque su trabajo lo obliga, que ese ambiente termina dañando a cualquiera que se acerque demasiado.
Por eso decidió mantenerla aislada. No quiere que ella ni su matrimonio se contaminen con eso. Todo lo que ha hecho, asegura, ha sido para protegerla. En ese momento, todo le empieza a cuadrar a Charlotte. Se da cuenta de que no estaba exagerando ni imaginando cosas. George sí la había ido apartando. Entonces entiende que el cariño de su esposo, toda esa atensión, ternura y fidelidad viene con un precio, la posesividad y el control.
Ante esto, Charlotte sabe que tiene que elegir o enfrentarse al rey y vivir atrapada en un matrimonio lleno de tensiones o aceptar sus reglas y convertir la devoción de George en su mayor ventaja. Charlotte decide jugar con las cartas que le tocaron. No enfrenta a su esposo ni discute, al contrario, le dice que confía en su criterio y acepta vivir como él cree que es mejor para los dos.
Así se deja llevar por sus reglas. Vive apartada de la corte, sin amistades cercanas, con el mundo reducido a su esposo y a su hijo, esperando no haberse equivocado de decisión. Mientras tanto, George se concentra en uno de los problemas más grandes de su gobierno, la guerra en América. Verás, desde hace años, Inglaterra controla 13 colonias en la costa este de Norteamérica.
Francia también tiene territorios en esa zona y durante un tiempo ambos países lograron convivir sin grandes conflictos. Sin embargo, durante el reinado del abuelo de George, Francia comenzó a expandirse y a meterse cada vez más en zonas que Inglaterra consideraba suyas, lo que empezó a generar tensiones. Los británicos le pidieron a Francia que se retirara, pero los franceses se negaron y así el conflicto terminó convirtiéndose en una guerra.
Para cuando George llegó al trono, la guerra ya estaba en marcha. Y aunque sus consejeros le aseguran que si continúan un poco más, la victoria será total y definitiva, George ve que el país está totalmente agotado. El conflicto ha drenado los recursos y seguir peleando resulta cada vez más costoso. Por eso, en lugar de continuar, decide sentarse a negociar con Francia.
Les propone que si se retiran por completo de Norteamérica, Inglaterra les cederá varias islas del Caribe extremadamente valiosas por su producción de azúcar. Francia acepta el trato y se firma el tratado de París, que pone fin a la guerra de los 7 años. Hasta aquí la estrategia de George parece un éxito. Inglaterra sale fortalecida y consolida su dominio en América, pero hay un problema, la guerra deja al imperio profundamente endeudado.
Para resolverlo, George decide aumentar los impuestos. Y aquí viene el error. Como la guerra se había librado en teoría para proteger a las colonias americanas, George considera lógico que sean los colonos quienes paguen una mayor parte del costo. A los colonos, claro, la idea no les gusta nada. El enojo contra el rey empieza a crecer y la relación con la corona se va poniendo cada vez más tensa, como una olla que terminará explotando.
Entrre tanto, en lo personal, George y Charlotte descubren que viene otro hijo en camino, Federico, nace perfectamente sano y la pequeña familia vive días muy alegres. Por un momento, Charlotte empieza a creer que quizás tomó la decisión correcta, que esa vida familiar tranquila hace que haya valido la pena todo lo que dejó atrás, pero esa certeza dura poco.
Una mañana, George despierta con fiebre y una tos fuerte. En los días siguientes baja de peso, casi no duerme y se vuelve cada vez más irritable. Charlotte intenta cuidarlo y acompañarlo, pero Augusta ve algo que los demás no. Encierra George en su habitación y le prohíbe a Charlotte entrar a verlo. La reina estáalla, suplica, discute y exige verlo.
Aún así, nadie la deja cruzar esa puerta. Augusta le dice que es por su bien que George necesita calma, pero la verdad es que Augusta ya entendió que esto es mucho más grave que una tos. George ha empezado a olvidar cosas, le cuesta seguir conversaciones y a veces dice cosas que no tienen sentido. Su mente está empezando a fallar.
El propio rey se da cuenta de que algo no anda bien. Sabe que si esto empeora, el poder puede quedar en el aire y si él cae, Charlotte y sus hijos quedan expuestos. Por eso decide impulsar una ley de regencia, lo que significa que si él no puede gobernar, alguien tiene que hacerlo en su lugar. Y como regente, elige a Charlotte.
Para ella eso sería un alivio, una prueba de que George realmente la valora y la ve como su igual. Pero Augusta ni siquiera permite que Charlotte se entere. La isla la vigila y se asegura de que nadie le diga nada. Al mismo tiempo se acerca a su hijo y le dice que nombrar directamente a Charlotte es peligroso, que es mejor dejar la ley más abierta por si acaso.
Le propone otra redacción que dice, “El regente será la reina o cualquier otro miembro de la familia real.” Así, Augusta también queda dentro del juego. George, debilitado y sin desconfiar de su madre, acepta. Pero no pasa mucho tiempo antes de que lo entienda. Augusta no está intentando proteger a Charlotte, está dejando abierta la posibilidad de desplazarla y ahí algo se rompe.
Cuando se da cuenta de esto, algo dentro de George cambia. Por primera vez no se pone de su lado, al contrario, se enfrenta a su madre y le deja claro que a partir de ahora su lealtad no está con ella, sino con Charlotte. Su prioridad es su esposa y la familia que están construyendo juntos. Desde ese momento, George se distancia de Augusta y se une a Charlotte con más fuerza que nunca.
Para su esposa, esto lo cambia todo. Ver que él se puso de su lado le confirma que ella tomó la decisión correcta. En ese momento, Charlotte decide que pase lo que pase, siempre lo va a elegir a él, así como él la ha elegido a ella. Al mismo tiempo, las cosas parecen mejorar. George se recupera completamente y la ley de regencia se cancela.
Por un instante, los problemas parecen quedarse atrás. Sin embargo, esta es solo la calma antes de la tormenta. Durante los siguientes años comienzan a llegar más hijos. Guillermo, Charlotte, Eduardo, Augusta Sofía, Isabel Ernesto y Augusto Federico. Con ellos, la pareja suma nueve hijos en total. Esto no es cualquier cosa, porque en esa época dar a luz es muy riesgoso.
La mortalidad materna es tan alta que incluso reinas de otros países con médicos y recursos mueren en el parto, algunas en su primer embarazo, otras en el segundo o el tercero. Entonces, ¿cómo logró Charlotte pasar por nueve embarazos y mantenerse con buena salud? Probablemente influyeron varias cosas, la genética, la atención médica que recibía y las condiciones de higiene.
Pero hay un factor que pudo haber sido especialmente importante, la fidelidad de George. Durante todo su matrimonio, George le fue completamente fiel a Charlotte. Nunca tuvo amantes y gracias a eso evitó contagiarse de enfermedades sexuales como la sífilis o la gonorrea, lo que redujo mucho el riesgo de infecciones que en esa época podían complicar seriamente los embarazos.
Por lo que hemos visto, de George es un hombre que valora la moralidad del orden y el deber. Y esos mismos principios los lleva a su forma de gobernar. A diferencia de otros reyes que fueron más una figura pública que gobernantes activos, George si quiere involucrarse de verdad en mejorar el reino y lo hace a su manera ordenada y calculada a través de la ciencia.
Por ejemplo, en la agricultura empieza a aplicar el método científico para mejorar los cultivos. El mismo, en sus propias granjas, prueba sistemas de rotación y experimenta con cruzas de ganado para ser los más fuertes y productivos. De ahí nace su apodo el granjero George. Al mismo tiempo entiende que gran parte del poder y la economía de Inglaterra dependen del mar.
El problema es que los mapas son tan imprecisos que los barcos se pierden, chocan o llegan tarde. Para resolverlo se mete de lleno en la astronomía y manda construir el observatorio más avanzado de su época. Gracias a eso, los marineros británicos empiezan a navegar con mucha más precisión y el país termina dominando las rutas comerciales.
Además, invierte su propia fortuna en crear la biblioteca del rey en Buckingham House, una de las más completas de Europa, con la idea de que el conocimiento esté ordenado y al alcance de los estudiosos de su tiempo. Sin embargo, ese periodo de progreso y prosperidad se rompe en 1773, cuando empiezan a desencadenarse una serie de tragedias que van a ir empujando a George y a Charlotte al límite.
Por atención, porque aquí las cosas se van a comenzar a complicar. El origen de todo está en América. Como te comentaba, Inglaterra controla 13 colonias en Norteamérica y desde hace tiempo los colonos vienen acumulando mucho enojo por los impuestos que George y el gobierno les han exigido. Más que el dinero en sí, lo que les molesta es que pagan impuestos, pero no tienen ningún representante en el Parlamento británico.
No pueden opinar ni decidir nada. Ante esto, empieza a circular una frase que se convierte en su protesta. No hay impuestos sin representación. Para resolver las tensiones, George empieza a pasar cada vez más tiempo en reuniones y a llegar tarde a casa. Incluso cuando está con su familia, ya no está del todo ahí. Se queda en silencio y vive preocupado.
Charlotte nota que algo no anda bien. Sabe que la presión es mucha, pero nunca lo había visto así. Hace todo por apoyarlo y esta vez George no se resiste. Aunque al principio no quería involucrarla en política, ahora confía tanto en ella que hasta le pide que lo acompañe a las reuniones. En estas, George llega a la conclusión de que las quejas de los colonos no son válidas.
Primero, porque ni siquiera todas las ciudades y pueblos de Inglaterra tienen representación en el Parlamento. Desde su punto de vista, no hay razón para que las colonias de América la tengan. Y segundo, porque después de la guerra le parece justo y lógico que sean ellos quienes paguen más. Al final, el conflicto se libró para protegerlos.
Así, George aferra a ese orden, que para él es la forma correcta de que funcionen las cosas. Está convencido de que con el tiempo los colonos entenderán que tenía razón y el enojo se va a disparar. Pero en realidad ocurre todo lo contrario. El descontento crece tanto que cuando tres barcos ingleses cargados de té llegan al puerto de Boston, un grupo radical decide actuar.
Suben a los barcos, abren las cajas y arrojan todo el té al agua. En total tiran más de 42 toneladas de té. George se siente profundamente ofendido y responde con castigos mucho más severos conocidos como las leyes intolerables. Su idea es castigar a Boston para que las demás colonias se asusten y se alineen. Pero ocurre justo lo contrario.
Las colonias se solidarizan entre sí y por primera vez se organizan juntas en el llamado primer congreso continental. Para 1775, la tensión llega a su punto máximo y estalla una guerra de rebelión contra el gobierno de George. Desde entonces, el rey se mete todavía más en el trabajo. Pasa horas con los generales revisando mapas y escuchando planes de batalla, pero algo empieza a sentirse raro.
George le da la vuelta una y otra vez a los mismos temas, incluso a los detalles más pequeños como las raciones de comida, el número de armas y de bajas. Los revisa una y otra vez como si nunca fuera suficiente. Mientras él intenta recuperar el control del imperio, Charlotte empieza a atravesar una etapa difícil.
Como está tan acostumbrada a pasar su tiempo casi exclusivamente con su esposo y como nunca construyó ninguna otra amistad cercana, la ausencia de George la deja sumida en soledad y en una sensación de vacío, sin nadie con quien conversar, empieza a escribirle a su hermano Carlos. Una de esas cartas dice, “Mi confinamiento, o más bien mi vida solitaria pesa mucho sobre mi alma.
Tus cartas sustituyen cualquier forma de entretenimiento para mí. De hecho, lo son todo. Casi no tengo distracciones. Entre tanto, la presión sobre George aumenta. Las colonias publican la declaración de independencia en la que anuncian que se separan de Inglaterra y pasan a llamarse a sí mismas los Estados Unidos.

Además, en el documento incluyen una serie de ataques directos contra el rey, acusándolo de ser un tirano. Para George, que se ve a sí mismo como un rey justo, recto y comprometido con su pueblo, esa acusación es inaceptable y mientras más lo atacan, más se obsesiona con resolver la situación. Ante esto, la soledad de Charlotte se vuelve tan intensa que termina por arrastrarla a un periodo de depresión.
Ella misma describe su estado emocional como algo que le impide disfrutar incluso la poca alegría que le queda. Y cuando parecía que no podía ponerse más difícil, Charlotte vuelve a quedar embarazada. Esta vez ya no lo vive como una bendición, sino como una carga. En una de sus cartas escribe, “No creo que un prisionero desee su libertad con más ardor del que yo deseo librarme de esta carga y ver el final de mis embarazos.
Sería feliz si supiera que esta es la última vez porque me está venciendo, pero no lo es. Tras el nacimiento de Adolfo, Charlotte vuelve a quedar embarazada una y otra vez. María, Sofía, Octavio y Alfredo. En total 14 hijos. Y ni siquiera ahí termina la cuenta. Aunque al principio George y Charlotte se volcaban por completo en sus bebés, ahora las cosas son muy diferentes.
Él vive atrapado entre la ansiedad y la guerra y Charlotte cada vez más hundida en la tristeza. Sin darse cuenta, ambos empiezan a dejar a sus hijos al margen. Esa ausencia no pasa desapercibida, especialmente para el mayor Jorge. Quizás buscando atención o quizás intentando llenar un vacío, empieza a meterse en problemas.
Bebe, apuesta y pasa las noches rodeado de mujeres y escándalos. George y Charlotte, que están consumidos por sus propios conflictos, no lo enfrentan a tiempo. Así lo que comienza como un mal comportamiento va a ir escalando hasta el punto de no retorno, pero para eso todavía falta. Volviendo a la guerra para 1781, esta ya lleva 6 años desgastando el imperio y cuando llega la batalla de Yorown, las fuerzas británicas quedan completamente rebasadas. No queda más que rendirse.
Después de Yorktown se vuelve evidente que Inglaterra no va a ganar la guerra y el control sobre las colonias en América está perdido. Aún así, George se aferra, aunque sus consejeros le advierten que ya no hay remedio, se obsesiona con la idea de que todavía se puede recuperar el control, pero la realidad termina imponiéndose.
Meses después, su gobierno se queda sin dinero. Ante esto, no queda más que aceptar la independencia de Estados Unidos. Para George, la derrota es tan devastadora que la vive como una crisis personal. Durante toda su vida se vio como un rey recto, responsable y entregado a lo que él creía que era lo correcto. Pero perder las colonias quiebra esa certeza.
Por primera vez se pregunta si en realidad nunca fue tan buen rey como pensaba, si todo aquello a lo que dedicó su vida pudo haber sido en vano. El golpe es tan duro que llega a convencerse de que ya no es digno de seguir gobernando y considera seriamente abdicar el trono. Sin embargo, al final su sentido del deber no le permite abandonar.
Entrre tanto, George se aferra a lo único que nunca le ha fallado, Charlotte. Durante este periodo escribe una y otra vez, casi con insistencia, que ella es su mayor tesoro, su compañera más fiel, la persona sin la cual no sabría cómo seguir adelante. Charlotte, por su parte, está aliviada de volver a estar cerca de su esposo.
Después de todo lo que acaban de vivir, lo que más les gustaría a ambos sería refugiarse del mundo y desaparecer por un tiempo. Pero como reyes, saben que necesitan hacer justo lo contrario, mostrarles a sus súbditos y al mundo que siguen de pie. Para lograrlo, organizujoso que Inglaterra haya visto, el que con el tiempo se convertirá en el icónico baile de la reina Charlotte, el mismo que vemos en Bridgerton.
George y Charlotte deciden celebrarlo en enero cuando el Parlamento regresa a Londres y la ciudad vuelve a llenarse de aristócratas. Aún así, no cualquiera puede asistir. Las invitaciones son limitadas y están reservadas únicamente para las familias consideradas más respetables. El evento empieza desde temprano. Durante la mañana, los invitados pasan por la corte para rendir sus respetos.
Es ahí donde las familias presentan formalmente a sus hijas ante la reina. Esto no es algo nuevo, se trata de una tradición que existe desde hace años. Para que una jovencita pueda entrar oficialmente a la vida social londinense y al mercado matrimonial, antes necesita recibir el visto bueno de la reina. La diferencia es que hasta entonces estas presentaciones ocurrían de forma dispersa.
Con este baile por primera vez todo se concentra en un solo evento. Al caer la noche cerca de las 7, los carruajes empiezan a llegar al palacio de St. James. Los invitados descienden con sus atuendos más vistosos y poco a poco el salón se va llenando. Aún así, nadie baila todavía. No es sino hasta las 9 con la entrada del rey y la reina que la bailada arranca.
Para las jóvenes que fueron presentadas ante la reina esa misma mañana, esta es la primera vez en la que pueden relacionarse abiertamente con los solteros de la alta sociedad y al mismo tiempo empezar a buscar un posible marido. Mientras tanto, el resto de la gente bebe, platica y disfruta. Al final, el evento funciona tan bien que se convierte en una tradición anual al que la gente llama el baile de la reina y comienza a ser visto como un evento que marca oficialmente el inicio de la temporada social en Londres.
Sin embargo, esa alegría no dura mucho. Unos meses después, Alfredo, el hijo más pequeño de los Reyes, cae enfermo de viruela. Charlotte no se separa de él ni un solo momento. Lo cuida día y noche, pero pese a todos sus esfuerzos, Alfredo muere. La pérdida deja a Charlotte completamente rota. George, en cambio, lo vive de otra manera.
Según Janis Hatlow, autora de un experimento real, la vida privada del rey Georgeo, en ese periodo, George estaba tan saturado emocionalmente que enfrenta la pérdida con distancia como si estuviera entumecido por dentro. Eso se refleja en una frase que George llega a decir, que aunque siente la muerte de Alfredo, las cosas pudieron haber sido peores, que si quien hubiera muerto fuera Octavio, su hijo favorito, entonces sí no habría soportado el dolor.
Y como si el destino hubiera estado escuchando, meses después es Octavio quien enferma de viruela y muere. Con esto, George finalmente colapsa. Aquel rey tan controlado y metódico empieza a desaparecer. En su lugar queda alguien debilitado, melancólico y completamente perdido. Pasa horas mirando el retrato de Octavio hablándole, e incluso hay momentos en los que cree escucharlo jugar en los pasillos.
Charlotte, por su parte, vuelve a caer en una tristeza profunda, esta vez acompañada de una ansiedad que la va a seguir durante el resto de su vida. Así, el palacio, que alguna vez estuvo lleno de alegría, música y cercanía, se vuelve un lugar pesado y sombrío. En medio de todo esto, Charlotte descubre que está embarazada. No era algo que estuvieran buscando, pues otro hijo significaba volver a exponerse a una posible pérdida.
Aún así, deciden tomar la noticia como una oportunidad para levantar el ánimo y seguir adelante. Amelia, su hija número 15 y la última, se convierte en la favorita. Lo que ninguno de los reyes imagina es que años más tarde será justamente Amelia quien termine por romperles el corazón y la mente. Mientras cuidan a su recién nacida, su hijo mayor, Jorge, ya con 21 años sigue metido en escándalos.
Justo cuando creen que no puede ir más lejos, cruza otra línea. En secreto se casa con María Phitzherbert, una mujer mayor, dos veces viuda, y para empeorar las cosas, no es protestante, es católica. El gran problema es que como heredero al trono, Jorge no puede simplemente decidir con quién casarse. Eso debía seguir un proceso mucho más cuidadoso y sobre todo contar con la aprobación del rey.
Claro que George está furioso. Por suerte existe la ley de matrimonios reales que impide que cualquier miembro de la familia real se case sin el consentimiento del monarca. Gracias a eso, el matrimonio se declara inválido. Pero lejos de calmar las cosas, esto solo empeora la relación entre padre e hijo.
El príncipe acumula rencor y empieza a pensar en cómo desafiar al rey y pronto va a encontrar la oportunidad perfecta. Una noche, George comenta casi al pasar que no se siente bien. Horas después, en plena madrugada, sufre convulsiones. Charlotte manda a llamar al médico, quien encuentra al rey con un dolor abdominal intenso, los ojos amarillentos y la orina oscura.
Le receta aceite de risino y purgantes, pero no funcionan. Los malestares persisten y con los días se intensifican. George empieza a tener ataques de ira, grita durante horas y muestra comportamientos que ya rozan el delirio. Al día siguiente parece más calmado, pero Charlotte sabe que algo no anda bien.
Cuando George le dice que debe presentarse ante el parlamento, ella intenta disuadirlo. Aún así, él insiste. La visita es un desastre. pierde el hilo de sus ideas y cambia de tema sin sentido. Cuando regresa al palacio, el rey mismo decide retirarse de la vida pública por un tiempo, pero el retiro no ayuda, se vuelve irritable, casi no duerme y su visión empieza a fallar.
En uno de sus peores episodios habla durante casi 24 horas seguidas hasta que se le forma espuma en la boca. En otros se detiene frente a un árbol y trata de estrecharle la mano, convencido de que es el rey de Prusia. Con síntomas tan confusos, el médico no sabe qué hacer. En los pocos momentos de lucidez que le quedan, el propio George reconoce que está muy mal, tanto que una noche le dice a Charlotte que se prepare para lo peor, refiriéndose a su muerte.
Sin embargo, lo que vendrá será mucho más doloroso que eso. Unos días después, durante otro episodio de delirio, George se acerca de forma indebida a una de sus hijas. Charlotte se horroriza e intenta apartarlo. Forcejean hasta que llegan los guardias y logran contener a George. Aunque intelectualmente Charlotte entiende que este no es George, que es la enfermedad actuando, emocionalmente no logra separarlo del todo.
Una noche, la situación empeora. George entra a la habitación sin ropa, la toma con brusquedad y la arroja a la cama. Charlotte intenta moverse, pero no puede. Entonces él ordena a los sirvientes que miren y juzguen su desempeño. Afortunadamente logran intervenir antes de que el episodio escale.
Mientras tanto, el príncipe Jorge se entera de todo esto. Como lleva tiempo acumulando rencor, ve en la enfermedad de su padre una oportunidad. Empieza a con sus enemigos políticos para impulsar una ley de regencia y quedarse con el poder. Cuando el rey se entera, se siente profundamente traicionado y durante una cena pierde el control.
toma a su hijo del cuello y lo estrella contra la pared. Lejos de ayudar a George, este episodio le juega en contra, pues confirma frente a la corte que ya no está en condiciones de gobernar. A partir de ese momento, el príncipe asume el control del palacio de St. James, ordena que su padre sea confinado en queue y le prohíbe a Charlotte cualquier contacto con él.
Mientras tanto, él se concentra en asegurar la ley de regencia. Ante esto, Charlotte no se queda de brazos cruzados. no piensa permitir que su hijo, todavía inmaduro, aparte a su esposo del poder. Así que empieza a moverse, pregunta por doctores, pide recomendaciones hasta que da con el Dr. Willis, quien asegura poder ayudar.
El detalle es que Willis no tiene buena reputación. Muchos médicos de la época creen que sus teorías no tienen sentido, sobre todo esa idea de que la enfermedad no siempre está en el cuerpo, sino que puede nacer en la mente. Aún así, Charlotte no se deja convencer por las críticas de los médicos. Sin mejores opciones, deja el cuidado de George completamente en manos de Willis.
Sin embargo, aunque Willy está adelantado a su tiempo al pensar que el problema de George puede estar en la mente, sus métodos no tienen nada de modernos, al contrario, parecen más bien una forma de tortura medieval. Te explico. Este doctor cree que la locura aparece cuando la mente se sale de control y que para curarla hay que someterla.
Por eso ata a George con camisas de fuerza, lo sujeta a sillas de coersión y le coloca mordazas en la boca. La idea es que al someter su cuerpo a estas restricciones, el rey aprenda a controlar su mente y a comportarse de manera normal, entre comillas. Además, Willis aplica un sistema de castigos y recompensas. Cada vez que George tiene un episodio de delirio, le retira la comida o le inflinge dolor.
En cambio, cuando no presenta síntomas, le permite jugar con su perro o recibir visitas de la reina. Tal vez la lógica detrás de esto no tenga ni pies ni cabeza, pero sorprendentemente George mejora. En ese momento la recuperación se atribuye a los tratamientos de Will, aunque hoy se entiende más como una coincidencia. Aún así, el cambio es evidente.
George regresa al palacio y su comportamiento parece volver a la normalidad. Para celebrar su mejoría, se organiza una misa de agradecimiento en la Catedral de San Pablo. Londres se ilumina con velas y la gente sale a las calles a vitorear al rey. Incluso el parlamento cree en su recuperación y vuelve a descartar la idea de una ley de regena.
Frente al mundo, George y Charlotte celebran un regreso triunfal, pero cuando terminan los festejos y se cierran las puertas del palacio, ambos reconocen la verdad. Esta recuperación no es definitiva. Saben que en cualquier momento todo podría volver a venirse abajo. Aún así, eligen no pensar en ello. Durante 13 años pasan cada día juntos, se acompañan, se cuidan y disfruten el tiempo que la vida les permite hasta que inevitablemente llega lo que tanto temían, la recaída.
Una mañana de 1801, el rey despierta con fiebre. Se le nota alterado hablando más rápido de lo normal. Día con día el delirio se instala con más fuerza, esta vez acompañado de una fijación sexual constante. George empieza a hacer comentarios inapropiados sobre las damas de la corte e incluso a tocar algunas, incluidas sus hijas.
Muy pronto, ninguna quiere volver a viajar con él en el carruaje. Después comienza a obsesionarse con una de las damas, Lady Penbrock. Insiste una y otra vez en que la ama, que ella es su verdadero amor y su verdadera esposa. Conforme su estado empeora, su obsesión se traslada a Caroline Bruneswick. George la visita en su casa y le declara su fascinación por ella.
Ahí ocurre un episodio que, según Carolynn, es tan doloroso que jamás se atrevería a decirlo en voz alta. Por el contexto resulta imposible no imaginarlo. Todo esto va desgastando poco a poco el corazón de Charlotte, pero hay un episodio que termina por romperlo. La noche del 16 de abril de 1804, cuando George irrumpe en su habitación.
No se sabe con exactitud qué ocurrió ahí dentro. Lo único claro es que a la mañana siguiente, Charlotte aparece destrozada llorando. Desde ese momento, se niega a volver a compartir habitación con su esposo y cada noche cierra la puerta con llave. A partir de ese incidente, la relación entre ellos ya no logra recomponerse del todo. Aunque George tiene episodios de lucidez, Charlotte mantiene sus límites y pide que no la dejen a solas con él.
Aún así, hay momentos en los que se vuelve evidente que el cariño persiste. Cuando la enfermedad sigue avanzando, esta comienza a robarle la vista a George. Pero para que él pueda seguir participando en los eventos de la corte, Charlotte toma el rol de guiarlo de la mano y para que no se sienta perdido, le va susurrando frente a quien se encuentra, tal como él lo hizo con ella muchos años atrás.
Asimismo, ella se encarga de que nunca le falte nada, constantemente manda a preparar la comida que a él le gusta y cuida que su habitación sea lo más cómoda posible. Sin embargo, a pesar de estas muestras de cariño, Charlotte nunca vuelve a ser la mujer amable, alegre y carismática que antes la caracterizaba. Con el tiempo, muchos comienzan a describirla como fría, irritable e incluso tiránica.
Se dice que después del incidente nadie volvió a escucharla reír en público. Esta es la reina Charlotte que vemos en Bridgerton, una mujer dura, distante, acostumbrada a dar órdenes. Ya no es la jovencita alegre que llegó al palacio, sino alguien que a través del dolor fue profundamente transformada. En 1810, el rey parece recibir un regalo, un último periodo de lucidez que coincide con la celebración de sus 50 años en el trono.
Aunque años atrás había sido duramente criticado, sobre todo por la pérdida de las colonias en América, ahora el ánimo del pueblo hacia él ha cambiado. En una época llena de reyes derrochadores como Luis XV y María Antonieta, o líderes autoritarios como Napoleón, George siempre se mantuvo fiel a sus deberes tratando de gobernar con constancia y responsabilidad.
Con el paso del tiempo, muchos comenzaron no solo a respetarlo, sino a apreciarlo de verdad, hasta llamarlo con cariño el abuelo de la nación. Durante las celebraciones del jubileo, el pueblo corea su nombre, aunque su vista ya es casi inexistente, el rey escucha las campanas, los gritos y se muestra profundamente conmovido.
Después de décadas de dificultades, tanto políticas como personales, ese momento le da algo que llevaba años buscando, la tranquilidad de pensar que quizás sí fue un buen rey. Y digo que pareciera que la vida le regala este último momento porque justo después del jubileo, Amelia, su hija más pequeña y la favorita, cae enferma.
George la visita todas las mañanas y pasa el día entero a su lado tomándole la mano. Amelia, consciente de que el final se acerca, manda hacer un regalo especial para su papá, un anillo en el que guarda bajo un cristal un pequeño mechón de su propio cabello. Al entregárselo le susurra, “Recuérdame, el rey está ahí en llanto.
” Unos días después Amelia fallece. Desde ese momento, la mente de George se quiebra por completo y cae en un delirio, el que ya no volverá a salir, salvo por un brevísimo instante. A partir de entonces se instaura la regencia y su hijo Jorge asume el poder, mientras que Charlotte queda como la guardiana legal del rey.
Todos los días está pendiente de él, de lo que come, de cómo amanece y de que necesita. Con el paso del tiempo, el estado de George se deteriora aún más. Pierde por completo la vista, la mente y casi todo el oído. Vive atrapado en su propio mundo, sin forma de conectarlo con la realidad. Para Charlotte, verlo así se vuelve demasiado doloroso, al punto de que ya no puede estar frente a él.
Aún así, encuentra una forma de no irse del todo. Cuando George toca la flauta, ella se sienta detrás de la puerta y escucha aquellas canciones que alguna vez tocaron juntos en una vida pasada. Al poco tiempo, Charlotte enferma gravemente el corazón. El ambiente en el palacio se vuelve tan tenso que incluso el rey alcanza a percibirlo.
En un breve destello de lucidez, pregunta, “¿Cómo está la reina? ¿Está sufriendo?” Los sirvientes se quedan helados, pero antes de que puedan responder, su mente vuelve a perderse. Días después, Charlotte, su compañera de 57 años, fallece. Los médicos, temiendo alterarlo, deciden no decírselo a George y él, ya atrapado en su propio mundo, nunca vuelve a preguntar. Así.
George nunca llega a saber que la mujer que amó ya no está. Sin embargo, dos años después, el alma de George también descansa. Me gustaría pensar que quizás los dos se reencontraron y que después de mucho tiempo por fin se reconocieron otra vez. Tras la muerte de George, su enfermedad se convierte en uno de los casos médicos más debatidos de la historia.
Una de las teorías más aceptadas propone que George padecía porfiria aguda, un trastorno genético que puede afectar el sistema nervioso. La forma más común, la porfiria aguda e intermitente, aparece por episodios. Los síntomas duran horas o días. desaparecen y luego regresan. Durante esos ataques pueden aparecer dolores intensos, confusión mental, alucinaciones, ansiedad, convulsiones e incluso cambios en el color de la orina, lo que encaja bastante bien con lo que George mostró a lo largo de su vida.
Otra teoría apunta al arsénico. En la época de George, esta sustancia altamente tóxica se usaba en todos lados, en pelucas, en polvos cosméticos y hasta en la medicina. El problema es que el arsénico puede provocar daños graves a la salud como dolores abdominales intensos, debilidad muscular, alucinaciones y cambios bruscos de comportamiento.
Finalmente, hay quienes creen que más allá de cualquier diagnóstico previo, lo que vemos en los últimos años de George es simplemente el desgaste de la vejez. Dicen que para entonces habría desarrollado demencia senil, posiblemente Alzheimer y cataratas que terminaron por dejarlo casi ciego. Pero bueno, más allá del diagnóstico del rey, lo que me pareció más interesante de la historia de George y Charlotte es que va más allá del clásico relato de amor.
Normalmente las películas románticas se quedan solo en el inicio, cómo se conocen, cómo se enamoran o cómo se casan. Y ahí ya se corta la historia, como si después ya no pasara nada importante. Y eso es una historia de enamoramiento, pero no de amor. Creo que si algo merece llamarse una historia de amor, no es solo el encuentro, es todo lo que viene luego.
50 años de acompañarse, cuidarse, apoyarse y quedarse. Porque lo más romántico no debería ser el día en que se dicen los votos, sino cada uno de los días en que se cumple la promesa de elegirse en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad hasta que la muerte lo separe. Claramente me refiero a relaciones en las que se le hace justicia la palabra amor.
Y claro, esto no fue un matrimonio perfecto, si es que algo así existe. Es la historia de dos personas reales con sus virtudes, defectos, heridas y miedos que aún así lograron ser un buen equipo. Por eso, para mí la historia real de George y Charlotte supera a muchos romances, incluidos los de Brierton. Yeah.
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