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El perturbador final de José José: La guerra familiar, el misterio de su cadáver y la desgarradora despedida que le robaron

Era el 29 de septiembre de 2019. En el interior de una cálida residencia en la Ciudad de México, el ambiente estaba impregnado de esa alegría pura y sencilla que solo las fiestas infantiles poseen. Había coloridos globos flotando cerca del techo, un gran pastel meticulosamente decorado sobre la mesa y las risas inocentes de la pequeña Elena, la hija de Marysol Sosa, quien celebraba su primer año exacto de vida. La casa estaba llena de seres queridos, de música y de esperanza. Todo parecía perfecto hasta que la realidad irrumpió con la crueldad de un golpe inesperado.

José José: así fue la despedida de sus hijos, José Joel y Marisol | Latinx  Now! | Entretenimiento

En medio del festejo, José Joel se acercó a su hermana Marysol. Llevaba el teléfono celular apretado en la mano y el rostro completamente descompuesto, pálido, vaciado de cualquier rastro de la alegría de hacía unos minutos. Se inclinó hacia ella y, con un susurro que logró partir la historia de su familia en dos, pronunció las palabras más temidas: “Mary, me acaba de hablar Sara. Papá falleció”. En la habitación, el pastel seguía sobre la mesa y los invitados continuaban sonriendo, pero en el corazón de esos dos hermanos algo se rompió de forma irreparable. Lo que ninguno de los dos imaginaba en ese fatídico instante es que la muerte de su padre sería apenas el inicio de una de las pesadillas más oscuras, indignantes y públicas en la historia del espectáculo.

Durante los siguientes cinco días, el cuerpo del hombre que le puso voz al amor de varias generaciones, el cantante más querido y venerado de México, simplemente se desvaneció. Desapareció sin dejar rastro. La búsqueda de sus restos se transformaría en un calvario doloroso y mediático. Para comprender cómo el “Príncipe de la Canción” terminó sus días inmerso en este nivel de caos y abandono, es necesario retroceder más de setenta años y adentrarse en los fantasmas de su pasado.

Todo comenzó en un humilde barrio de la Ciudad de México, en la emblemática colonia Clavería. Allí nació el 17 de febrero de 1948 José Rómulo Sosa Ortiz, en el seno de una casa donde el arte y el dolor convivían bajo el mismo techo. Su padre, José Sosa Esquivel, era un tenor de ópera dueño de una voz educada, refinada y absolutamente majestuosa. Su madre, Margarita Ortiz, era una talentosa pianista de concierto. La música fluía por los pasillos de aquella casa con la misma naturalidad con la que corría la sangre por sus venas. Pero, trágicamente, también corría otra cosa: la adicción.

El padre de familia bebía de manera descontrolada, y esa insaciable sed de alcohol se lo fue llevando poco a poco. Primero lo alejó de los grandes escenarios, luego de la sala de su casa, hasta que un día desapareció por completo, dejando a Margarita sola frente a una montaña de deudas y a dos hijos con el corazón roto. El pequeño José creció observando fijamente esa herida. Amaba a su padre con locura, admiraba profundamente su talento vocal y quería ser como él, pero al mismo tiempo tuvo que soportar el trauma de verlo elegir la botella por encima de su propia familia. Fue así como aquel niño aprendió una lección sumamente amarga: las personas que más amas son, irónicamente, las que más te pueden fallar.

Para ayudar económicamente a su madre, el joven José comenzó a trabajar en cuanto tuvo la oportunidad. Cantaba en oscuros cafés, llevaba serenatas por las noches con tríos locales y tocaba la guitarra o el bajo según la necesidad. Cuando finalmente decidió entregarse por completo a la música profesional, eligió un nombre artístico que encerraba tanto una declaración de amor incondicional como el reflejo de una profunda cicatriz emocional. Se bautizó a sí mismo como “José José”, repitiendo el nombre de su padre y el de su abuelo, como si intentara decirle al hombre que lo abandonó: “Mira, papá, sigo llevando tu nombre, sigo siendo tuyo a pesar de todo el dolor”.

Ese joven que cantaba para no llorar jamás habría imaginado el monumental giro que daría su destino. La noche del 15 de marzo de 1970 marcaría un antes y un después en la cultura musical de habla hispana. Un delgado y casi desconocido José José, de apenas 22 años, subió al imponente escenario del Festival de la OTI para interpretar “El Triste”. Durante poco más de tres minutos, el tiempo pareció detenerse. Su voz escaló a notas que rozaban lo imposible, demostrando una potencia sobrehumana en un cuerpo tan frágil. Al terminar, el teatro entero estalló en una ovación de pie. Aunque oficialmente quedó en tercer lugar, aquella noche México entero coronó a su nuevo y definitivo ídolo.

A partir de entonces, el ascenso fue meteórico y vertiginoso. Vendió millones de discos, abarrotó los recintos más importantes del continente y convirtió cada una de sus interpretaciones en el himno personal de millones de personas. Canciones como “La nave del olvido”, “Gavilán o paloma”, “Almohada” y “El amar y el querer” se transformaron en la banda sonora obligada para el desamor, la pasión y la melancolía. José José no solo interpretaba el amor; él lo encarnaba.

Sin embargo, a medida que el mito crecía hasta volverse inalcanzable, el ser humano detrás del micrófono comenzaba a repetir la trágica historia paterna de la que tanto intentó huir. El alcohol hizo su aparición, primero como un invitado constante en celebraciones sociales, y luego como un oscuro tirano que dictaba los términos de su vida. Su vida amorosa también fue un torbellino. Tras un breve y turbulento primer matrimonio con la actriz Natalia “Kiki” Herrera, encontró lo que parecía ser la estabilidad junto a Anel (Ana Elena Noreña). Se casaron en 1976 y formaron la familia que el niño de la colonia Clavería siempre anheló, dando la bienvenida a sus dos hijos mayores: José Joel y Marysol.

Durante algún tiempo, proyectaron la imagen de una familia perfecta, pero de puertas hacia adentro, el monstruo de la adicción seguía devorando al cantante. Tras quince años de lucha constante, el matrimonio colapsó en 1991, dejando heridas emocionales que jamás terminarían de cicatrizar. José José volvió a quedarse solo, con la salud deteriorada y el alma vacía. Fue entonces, a principios de la década de los noventa y ya establecido en Miami, que apareció en su vida Sara Salazar. Se casaron y en 1995 nació Sara Sosa, a quien todos llamarían Sarita.

Fue a partir de ese momento que comenzaron a gestarse dos mundos paralelos y, eventualmente, irreconciliables. Por un lado, su familia mexicana conformada por José Joel y Marysol; por el otro, su nueva vida en Miami junto a Sara y Sarita. Con el paso de los años, las brechas de comunicación se hicieron más profundas. Cuando finalmente llegó el devastador diagnóstico de cáncer de páncreas, la enfermedad no solo consumió el cuerpo de un hombre ya castigado por décadas de excesos, sino que detonó la implosión total de su círculo familiar.

Las versiones sobre sus últimos meses de vida son tan dispares que parecen hablar de dos personas distintas. Según José Joel y Marysol, su padre fue víctima de un cruel aislamiento. Relataron con desesperación cómo las llamadas dejaron de ser contestadas y las visitas fueron constantemente saboteadas. José Joel incluso reveló públicamente una confesión aterradora que su padre le hizo en un momento de lucidez y pánico: “Me están envenenando”. Marysol no dudó en utilizar la palabra “secuestro” para describir la forma en que aislaron a su padre en Miami, viviendo el luto en vida sin poder acercarse al hombre que les dio el ser.

Por su parte, Sara Salazar y Sarita mantuvieron firmemente que ellas fueron su único apoyo real, asegurando que cuidaron del cantante con devoción absoluta hasta su último suspiro y que simplemente cumplieron con su voluntad de permanecer alejado del estrés mediático y familiar.

Pero la verdadera atrocidad comenzó aquel 28 de septiembre de 2019, cuando el corazón de José José se detuvo a los 71 años de edad. Al viajar desesperadamente a Miami, José Joel y Marysol chocaron contra un inaudito muro de silencio. Al acudir a la funeraria donde supuestamente reposaban los restos de su padre, el encargado les respondió con una frialdad perturbadora: “¿Quién es usted, perdón? ¿Quién se murió? ¿Cómo dice que se llama? No lo tengo aquí registrado”. El hombre más famoso de México no existía en los registros. En el hospital, la situación fue aún más humillante; no solo se les negó la información, sino que fueron escoltados hacia la salida por agentes de la policía como si fueran intrusos peligrosos.

Tuvieron que pasar cinco larguísimos días. Cinco días de peregrinaje por comisarías, hospitales y morgues. Cinco días de tener que suplicarle a su propia hermana a través de las cámaras de televisión abierta para que les permitiera ver el cadáver de su padre. Cuando finalmente se les concedió el acceso, no hubo reclamos estridentes por parte de Marysol. Con el alma fracturada, solo atinó a ponerse a orar en voz alta, buscando en lo espiritual el consuelo que la terrenalidad de su familia le había negado.

A cuatro años de la partida de José José, la polémica en su familia  continúa | El Universal

La herida final fue, quizás, la más simbólica y despiadada. Contraviniendo el deseo unánime de todo un país que clamaba por el regreso íntegro de su ídolo a la tierra que lo vio nacer, se decidió que el cuerpo sería incinerado y que las cenizas serían divididas. Solo la mitad del Príncipe de la Canción regresó a México. Como si el amor de un padre pudiera cortarse con una balanza comercial, José José fue fragmentado.

Hoy, cuando el ruido mediático ha bajado de intensidad, la historia del ídolo nos deja la más amarga y dolorosa de las ironías. El hombre que, durante medio siglo, le enseñó a millones de personas a perdonar, a amar profundamente y a soltar con dignidad, se despidió de este mundo rodeado de resentimiento, aislamiento y odio. El artista que unió a incontables parejas con la magia inigualable de su voz, dejó tras de sí una familia irremediablemente destruida. José José le cantó al amor romántico toda su vida, pero al final de su camino, el destino le obligó a protagonizar la canción más triste de todas: la de un rey que murió en la más absoluta soledad.

 

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