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La Chilena que Nadie Recuerda | Hugo Sánchez 1977

El entrenador húngaro Jorge Marck lo mandó a calentar en el minuto 25. Entró de cambio reemplazando al brasileño Jo. Nadie en las gradas conocía todavía su nombre. Ese muchacho llevaba el fútbol en la sangre desde mucho antes. A los 11 años entró a las fuerzas básicas de Pumas, ese semillero donde los sueños se entrenan cada tarde.

 Mientras otros niños jugaban sin pensar en el mañana, él ya estudiaba cada movimiento, cada ángulo, cada salto posible. Su cuerpo aprendió a girar en el aire mucho antes, antes de saber para qué le serviría esa habilidad. Jorge Maric era un entrenador exigente, casi militar en su disciplina. Llegado de Hungría, traía consigo una visión del fútbol distinta a la mexicana.

 Insistía en la táctica, en la repetición, en el orden dentro del campo. En los entrenamientos, Hugo era apenas uno más entre 20 juveniles ambiciosos, pero algo en su mirada llamaba la atención de los veteranos. Una hambre que no se podía enseñar, solo se podía traer de casa. En 1975, con apenas 17 años, viajó a Kans en Francia.

 Representó a México en un torneo juvenil. Volvió con el título bajo el brazo. Un cronista deportivo, impresionado por su talento precoz, le puso un apodo, un apodo que lo acompañaría toda la vida. El niño de oro. Ese mismo año ganó también una medalla dorada en los Juegos Panamericanos. celebrados precisamente en su propia ciudad.

 Después llegaron los Juegos Olímpicos de Montreal. Ahí vistió por primera vez la camiseta más grande de todas. Pero el fútbol por sí solo nunca fue suficiente para esa familia. Su padre, Héctor también había sido futbolista profesional. Le enseñó algo que el muchacho nunca olvidaría. Un balón no podía ser la única apuesta de una vida.

 Por eso, mientras entrenaba todas las tardes, cursaba al mismo tiempo otra carrera exigente. Odontología en la propia Universidad Nacional, libros de anatomía dental en una mano, botines de fútbol en la otra, dos caminos exigentes que pocos jóvenes lograban sostener juntos. Cuando llegó por fin la temporada 1976 a 77, Hugo todavía era apenas una promesa, no una certeza.

 El verdadero protagonista de aquel equipo era otro hombre, Evanivaldo Castro, conocido como Cabiño, un delantero brasileño llegado de las canchas de Sao Paulo, tenía un instinto goleador que dejaba mudos a los rivales. Esa campaña anotaría 34 goles, una cifra descomunal para cualquier época.

 Junto a él brillaban Juan José Muñante, Spencer Coelo y Leonardo Cuellar. Hugo apenas conseguía minutos sueltos, entraba desde el banco, observaba en silencio y aprendía cada detalle. Pumas terminó la fase regular, empatado en puntos con América, su eterno rival capitalino. Pero un extraño criterio de desempate, el promedio de goles, dejó fuera a las Águilas.

 Eso abrió la puerta a un rival inesperado en la gran final. La Universidad de Guadalajara, conocida como los Leones Negros, dos universidades frente a frente disputando algo que ninguna institución académica había logrado jamás en el fútbol mexicano. El partido de ida se jugó en el estadio Jalisco, terminó 0 a0, un empate tenso, cerrado, sin espacio para el error.

 Los leones negros habían llegado a una final el año anterior, la habían perdido contra América. Ahora buscaban su revancha con hambre acumulada. Pumas, en cambio, jugaba su primera final de liga en toda su historia. La presión pesaba sobre ambos equipos por igual, como una nube que no terminaba de moverse. Entonces llegó un obstáculo que nadie había previsto.

 Días antes del partido de vuelta, los trabajadores sindicalizados de la Universidad Nacional estallaron una huelga. Las instalaciones de Ciudad Universitaria quedaron cerradas, inaccesibles, completamente vacías. El equipo estaba a punto de jugar su final más importante y no podía hacerlo en casa. La directiva tuvo que mudar el partido al Estadio Azteca, un coloso prestado, ajeno para una noche que decidiría todo.

 Y así llegamos de nuevo a ese domingo de julio. El silvatazo inicial suena bajo un cielo despejado. El olor a pasto recién cortado se mezcla con el calor que sube desde las gradas. Cabiño busca espacios entre los defensores tapatíos una y otra vez, sin encontrar todavía la grieta exacta. Hugo observa desde la banca con la playera puesta, pero sin minutos todavía repasa mentalmente cada jugada como si él mismo ya estuviera en el campo.

 Entre el público, miles de aficionados llevan transistores pegados al oído. Hombres jóvenes que algún día contarían esta tarde a sus propios hijos. Mujeres que habían cruzado media ciudad para ver historia hecha realidad. Todos compartían el mismo nudo en el estómago, la misma esperanza frágil de un equipo que nunca antes había llegado tan lejos.

En la banca, Hugo aprieta los puños sobre las rodillas. Algún día va a ser mi turno. Se repite por dentro sin mover los labios. No lo dice por arrogancia, lo dice porque necesita creérselo. Partido tras partido, banca tras banca. El marcador se mantiene en cero durante buena parte del primer tiempo. La tensión crece con cada minuto, espesa como el calor de julio.

 Pero cerca del final de esa primera mitad, Cabiño encuentra al fin el espacio buscado. Dispara el balón entra el Azteca. Ese estadio prestado que ya empieza a sentirse propio, explota en un rugido enorme. Un sonido que se escucha hasta las calles cercanas. 1 a0. Pumas está a 90 minutos de ser campeón. En el descanso, Jorge Maric decide mover sus piezas con cuidado.

 Necesita frescura en el ataque, piernas nuevas para sostener la ventaja. Entre los nombres que llama está el del muchacho de 18 años, aquel que apenas 8 meses antes había debutado como suplente desconocido. Hugo se levanta del banco, se persigna en silencio, entra al campo con el corazón latiendo más fuerte que nunca. No juega para anotar el gol que decida el título.

Ese gol ya existe, ya es de cabiño, ya le pertenece a la historia. Hugo juega para algo distinto, algo que ni él mismo podría explicar con claridad todavía. juega para demostrarse a sí mismo que merece estar ahí en ese campo, en ese momento exacto. Corre, persigue cada balón con una intensidad que sorprende a sus compañeros y entonces en un rebote dentro del área ve la oportunidad de su vida.

 El balón llega alto, cruzado, casi imposible de controlar de manera convencional, pero Hugo no piensa en lo convencional. salta hacia atrás, gira el cuerpo en el aire con una elasticidad nunca vista antes, no en un jugador mexicano tan joven. Conecta de chilena. El balón sale disparado hacia el ángulo en una trayectoria que parece dibujada a mano.

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