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La COSTURERA que ajustó la última ropa de Carlo Acutis encontró algo en el bolsillo… CALLÓ 13 años

La aguja se me quedó clavada en el dedo cuando metí la mano en el bolsillo interior de aquel chaleco. No sentí el pinchazo, sentí el papel, un papel doblado en cuatro, escondido en la costura de un chico que llevaba muerto apenas unas horas. Y en ese papel, con tinta azul y letra rápida de adolescente estaba escrito mi nombre, el mío, el de una costurera de Monza a la que ese chico no había visto jamás.

Tenía las manos manchadas con el hilo que estaba usando para ajustar el dobladillo de su pantalón. Me temblaban porque junto a mi nombre había una fecha que todavía no había ocurrido y el nombre de un hospital al que yo no había pisado nunca. Lo guardé y callé. Callé durante 13 años. Mi nombre es Lucía Ferry.

 He sido costurera y arregladora de ropa durante 41 años en la ciudad de Monza, al norte de Italia. He cosido vestidos de novia, trajes de difunto, uniformes de hospital y sotanas de sacerdotes. Más de 6,000 prendas pasaron por mis manos en mi pequeño taller de la Vía Italia. Yo no creía en milagros, creía en la tela, en la medida exacta, en el hilo que aguanta o no aguanta.

La fe la dejaba para el domingo y a veces ni eso. Lo que aquel chico escribió en ese papel combinado con la frase que su madre me dijo tres días después en el funeral, debería haberme tirado al suelo. Entonces, no lo hizo. Tardé 13 años en caer de rodillas y caí donde el papel decía que caería. Por eso hoy hablo, porque ya no tiene sentido seguir callando algo que dejó de pertenecerme el día que se cumplió.

Tenía que empezar por el principio y el principio fue una llamada. Aprendí el oficio de mi madre que cosía para las familias buenas de Monza cuando yo era niña y heredé su taller y sus tijeras cuando ella murió. Nunca me casé. Vivía sola con un gato gris llamado Fumo y una máquina de coser Nechi del año 1972, que todavía funcionaba mejor que yo.

 De Dios pensaba lo justo, que si existía tenía mejores cosas que hacer que mirar a una mujer que arreglaba pantalones. La llamada llegó la tarde del 12 de octubre de 2006. Era una funeraria con la que yo trabajaba a veces, la de la familia Brambilla, cerca del Hospital San Gerardo. La voz al teléfono era la del señor Brambilla y estaba rara, apurada.

 Me dijo que Nisa necesitaba un ajuste urgente esa misma noche. Ropa de un difunto, un chico joven. Yo había hecho ese trabajo decenas de veces. La ropa de los muertos casi nunca queda bien. Se compra deprisa en el dolor sin medidas y alguien tiene que coserla para que el cuerpo descanse con dignidad. Esa persona muchas veces era yo. Llegué a la funeraria a las 9 de la noche. Hacía frío para ser octubre.

Recuerdo que el señor Bran Villa me esperaba en la puerta con el abrigo puesto, como si tuviera prisa por irse, y me dijo una sola cosa antes de dejarme pasar, que la familia quería que el chico fuera enterrado con ropa sencilla, nada de traje, pantalón, una camisa, un chaleco, zapatos deportivos, como vestía siempre. Me pareció extraño.

 La gente entierra a sus hijos con lo mejor, con lo que nunca usaron. Pero no dije nada. Cogí mi caja de costura y entré. El chico estaba sobre la mesa ya preparado. 15 años, me dijeron. Había muerto esa mañana de una leucemia que lo había consumido en tres días, tres días de estar caminando a estar ahí. Me lo dijo el ayudante de Brambilla mientras encendía las luces.

 Y yo sentí algo apretarse en el pecho. Porque a los muertos viejos una se acostumbra, pero a un chico de 15 años no se acostumbra a nadie. Lo primero que me llamó la atención fue su cara. No tenía la rigidez que yo conocía. No tenía esa máscara de cera que deja la muerte. Tenía una expresión que si hubiera sido cualquier otro día, yo habría jurado que era de alguien dormido a punto de sonreír.

 Pensé que era el trabajo del embalsamador. Buen trabajo. Pensé y seguí. Saqué mi cinta métrica. El pantalón le quedaba largo. Había que subir el bajo 2,5. La camisa. Bien, el chaleco le quedaba algo holgado en los hombros. Había que meter medio centímetro por cada lado de la espalda. Trabajo de media hora, calculé. Trabajo limpio.

 Empecé por el pantalón y mientras le doblaba el bajo rozando su tobillo, noté algo que me hizo detenerme. La piel no estaba fría, quiero decir, no estaba fría como debía estar. Habían pasado más de 12 horas desde su muerte, según me habían dicho, y un cuerpo a las 12 horas está a la temperatura de la habitación, helado al tacto.

 El suyo no pensé que me lo imaginaba. Pensé que tenía las manos calientes yo del nervio. Seguí cosiendo, pero la sensación no se iba. Y cuando terminé el pantalón y pasé al chaleco, decidí comprobarlo de la única manera que sabía. Toqué el dorso de mi propia muñeca y después toqué la suya. La diferencia estaba ahí. La mía estaba más fría que la de él, un cuerpo muerto de 12 horas más caliente que la mano de una mujer viva. Eso no podía ser.

 Llamé al ayudante de Brambilla. Le pregunté si el chico llevaba mucho tiempo allí. Me dijo que lo habían traído del hospital a media tarde. Le pregunté si era normal que estuviera así y me miró sin entender la pregunta. Para él estaba como cualquier otro, frío. Yo no insistí. Pensé que estaba cansada, que llevaba todo el día con la vista cargada, que mi tacto me engañaba.

 Y entonces metí la mano en el bolsillo interior del chaleco, ese bolsillo pequeño que tienen los chalecos a la altura del corazón, para comprobar que estaba vacío antes de meter la aguja. No estaba vacío. Había un papel doblado en cuatro y al sacarlo, la aguja que tenía entre los dedos se me clavó hasta hacerme sangre y ni la sentí.

 Lo desdoblé con las manos temblando y lo que leí me dejó sin aire. La letra era de chico, rápida, inclinada, con esas curvas que hacen los que escriben deprisa porque tienen la cabeza más rápida que la mano. Decía así, y lo recuerdo palabra por palabra porque lo he leído mil veces desde entonces. Para la señora que arreglará mi ropa. No tenga miedo.

 Usted va a creer, aunque ahora no crea. El día llegará en el Hospital San Rafaele y se acordará de mí. Carlo, mi nombre no estaba. Me equivoqué antes al recordarlo así de golpe. Perdónenme porque 13 años aprietan la memoria de maneras raras. No estaba mi nombre escrito, estaba algo peor.

 Estaba la señora que arreglará mi ropa. Estaba yo descrita exactamente antes de que nadie supiera que sería yo quien iba a entrar en esa funeraria esa noche. Porque la funeraria me llamó a mí esa tarde por casualidad, porque la otra arregladora con la que trabajaban estaba enferma. Lo supe después. Un chico de 15 años muerto esa mañana había escrito un papel para una mujer que todavía no sabía que iba a cruzar esa puerta y había escrito el nombre de un hospital, el San Rafael, que no era el hospital donde él murió.

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