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Le arrojé un vaso de agua helada a la cara al hombre más rico de la ciudad porque humilló mi pobreza, sin saber que al día siguiente compraría mis deudas para convertirme en su marioneta personal.

Le arrojé un vaso de agua helada a la cara al hombre más rico de la ciudad porque humilló mi pobreza, sin saber que al día siguiente compraría mis deudas para convertirme en su marioneta personal.

PARTE 1

“¡No me grite más!”

El sonido del agua helada estrellándose contra el rostro de Alejandro Villarreal cortó en seco la música de mariachi en el exclusivo restaurante de Polanco.

El hielo resbaló por la solapa de su traje a medida, cayendo pesadamente sobre el mantel de lino blanco.

Por primera vez en sus cuarenta y cinco años, el magnate más temido de la Ciudad de México se quedó sin palabras.

Sofía Navarro, con las piernas temblando tras doce horas de turno y el uniforme manchado, no bajó la mirada.

Respiraba con dificultad, apretando la bandeja de plata hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

“No soy su saco de boxeo”, pronunció ella, con la voz quebrada pero cargada de una dignidad feroz.

Las miradas de los comensales de la alta sociedad se clavaron en la escena, mientras la joven camarera daba media vuelta.

Caminó hacia la puerta de la cocina sabiendo perfectamente que estaba despedida.

Sabía que el aviso de desalojo en su vieja vecindad en la colonia Doctores se haría efectivo mañana a primera hora.

Y lo que le desgarraba el alma: sabía que la máquina de diálisis de su hermano pequeño, Mateo, se detendría por falta de pago.

Pero el orgullo fue el único escudo que le quedó al empujar la puerta de servicio y salir a la fría noche de la ciudad.

A la mañana siguiente, un sedán negro blindado bloqueó el angosto callejón frente a su puerta.

Alejandro Villarreal bajó del auto, sus zapatos italianos pisando el barro acumulado por la llovizna capitalina.

No venía a demandarla por el incidente de la noche anterior.

Venía a comprarla.

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