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Encontró a un niño ensangrentado en la calle. El número en el bolsillo del menor pertenecía al hombre más temido del país.

Encontró a un niño ensangrentado en la calle. El número en el bolsillo del menor pertenecía al hombre más temido del país.

[PARTE 1]

Valeria conocía a la perfección el silencio de un refrigerador vacío a las tres de la mañana.

Conocía el silencio opresivo de la sala de espera del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Conocía la mirada esquiva de una enfermera agotada al explicarle que el tratamiento oncológico de su madre dependía del abasto del gobierno, un abasto que no llegaba.

El dinero no faltaba en la Ciudad de México.

Estaba en los relojes de lujo, en las camionetas blindadas que recorrían Polanco, en las billeteras de piel que ella veía a diario.

El dinero existía, simplemente era invisible para personas como ella.

Valeria trabajaba en La Casona, un restaurante exclusivo donde los verdaderos dueños del país cerraban tratos en voz baja.

Don Arturo, el gerente, sonreía a todos los clientes, pero solo le temblaban las manos con uno.

Emiliano Reyes.

La primera vez que Emiliano cruzó la puerta de caoba, el restaurante pareció perder el sonido en pedazos.

El tintineo de las copas cesó.

Las risas murieron en la barra.

Emiliano no necesitaba mirar a su alrededor para confirmar el terror que inspiraba.

Era un hombre alto, de hombros anchos, envuelto en trajes oscuros que parecían cortados de la misma sombra.

Su cabello negro tenía hilos de plata en las sienes, pero eran sus ojos, de un gris tormentoso, los que hacían confesar a la gente antes de que él abriera la boca.

En su mano izquierda llevaba un anillo de bodas pulido, aunque todos los meseros sabían que su esposa llevaba años bajo tierra.

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