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Jaco Pastorius: el ASQUEROSO SECRETO tras su MUERTE… el PRECIO de ser el MEJOR BAJISTA del JAZZ

Hay historias que no deberían contarse bajo la luz del sol, sino en la penumbra de un callejón donde el eco de un bajo eléctrico todavía parece rebotar contra las paredes de ladrillo. Esta es la historia del hombre que no solo cambió la forma de tocar un instrumento, sino que decidió que el mundo era demasiado pequeño para su genialidad.

Jao Pastorius. El nombre suena a leyenda, pero su final huele a falto, a sangre seca y a una negligencia que la industria de la música prefirió archivar como un accidente desafortunado. Pero no hubo nada de accidental en lo que le ocurrió aquella madrugada de septiembre de 1987 en Fort Lauderdale.

Hoy vas a descubrir la verdad que se intentó lavar con biografías oficiales y homenajes póstumos. Porque mientras el mundo aplaudía al genio que revolucionó el jazz fusión con Weather Report, un sistema corrupto y una sociedad ciega, estaban preparando el escenario para su ejecución silenciosa. Si quieres saber el asqueroso secreto que la policía de Florida y los dueños de los locales nocturnos intentaron ocultar sobre  la brutal paliza que terminó con la vida de Jaorius, suscríbete y activa la campanita.

Lo que vas a descubrir va a cambiar completamente tu percepción sobre este genio. Porque una vez que sepas el nivel de traición que sufrió el mejor bajista de la historia por parte de aquellos que debían protegerlo, nunca más podrás escuchar Portrait of Tracy de la misma forma. Suscríbete ahora porque este no es un video más.

Es la verdad que la industria del jazz se enterró bajo tierra durante décadas. Para entender el tamaño de la tragedia, primero hay que entender el tamaño del ego y del talento que colisionaron en un solo cuerpo. Jiko no pedía permiso. Él llegaba a un lugar y declaraba sin un ápice de duda, “Soy el mejor bajista del mundo.” Y lo peor de todo es que tenía razón, pero ese talento venía con un recargo, una factura que empezó a redactarse mucho antes de que las luces de los escenarios se encendieran para él.

Durante años se ha dicho que su caída fue una simple consecuencia de sus excesos, de esa etiqueta de artista maldito que tanto le gusta vender a la prensa. Sin embargo, los rumores que circularon en los clubes de Florida durante años cuentan una versión mucho más oscura.  Se dice que su muerte no fue el resultado de una pelea de bar común, sino una elección impartida por quienes ya no soportaban su presencia.

Una presencia que incomodaba a los que preferían un jazz dócil y comercial. Todo indica que Jao Pastorius fue víctima de una cacería humana disfrazada de seguridad privada. La evidencia sugiere que el hombre que fue tratado como un dios en los festivales de Europa terminó siendo visto como basura en su propia casa. Pero antes de llegar a ese charco de sangre frente al Midnight Bottle Club, necesitas saber de dónde vino este hombre, porque en sus raíces está la clave de por qué nunca supo cuándo detenerse. John Francis Pastorius IO no

nació en la abundancia, sino en un entorno donde el ritmo era la única moneda de cambio que importaba. Su infancia en For Lauderdel fue el prólogo de una ambición desmedida. Hijo de un baterista, Jao entendió temprano que la música  no era un pasatiempo, sino una tabla de salvación en una América que empezaba a transformarse.

Creció rodeado de los sonidos del Soul, del RB y del jazz que se filtraba por las radios de los barrios humildes. Pero hubo un momento específico, un punto de inflexión que pocos mencionan con la debida importancia. Una lesión en la muñeca mientras jugaba  al fútbol americano le impidió seguir los pasos de su padre.

tras la batería. Ese accidente fue el que lo obligó a tomar el bajo. No fue una elección romántica, fue una necesidad  física. Y ahí, en la frustración de no poder ser lo que quería, nació el monstruo. Empezó a estudiar el instrumento con una obsesión que rozaba lo patológico. No quería simplemente tocar, quería que el bajo dejara de ser ese instrumento de fondo, esa sombra rítmica que nadie mira.

quería que el bajo fuera la voz cantante, el trueno, el centro del universo. A finales de los años 60, mientras la mayoría de los músicos se conformaban conseguir los patrones establecidos, Jao estaba en su habitación arrancando los trastes de su Fender Jazz Bass, de 1962, con un cuchillo de mantequilla. Quería el sonido de un contrabajo, pero con la agilidad de una guitarra eléctrica.

rellenó los huecos con masilla para madera y barnizó el mástil con resina epoxy. Ese invento, que más tarde se conocería como el Pass of Doom fue el arma con la que pretendía conquistar el mundo  y lo hizo. Pero lo que nadie vio venir es que esa misma falta de límites, esa incapacidad para aceptar las reglas del juego, sería lo que lo pondría en la mira de personas que no entendían de síncopas ni de armonías modernas.

En sus primeros años, Jao era una fuerza de la naturaleza. Tocaba con bandas locales,  devorando géneros, aprendiendo cómo mover a las masas. Pero ya entonces, los testimonios de músicos de la época que estuvieron cerca de él revelan grietas en su armadura. Se dice que podía pasar de la euforia absoluta a una melancolía que asustaba a sus compañeros de banda en cuestión de segundos.

No era solo la intensidad del artista, era el primer aviso de una química cerebral que empezaba a fallar. Sin embargo, en la industria de la música de los 70, mientras generaras dinero y llenaras clubes,  a nadie le importaba si estabas perdiendo la cabeza. Al contrario, esa excentricidad se vendía como parte del paquete del genio.

Su llegada a Weather Report no fue una audición, fue una invasión. Joeinold, el líder de la banda, recordaba que un joven flaco y desaliñado se le acercó después de un concierto para decirle que su banda era increíble, pero que él era el mejor bajista del mundo. Esa arrogancia que en cualquier otro hubiera resultado ridícula, en Yako, era una verdad absoluta.

Cuando finalmente le dieron el instrumento y empezó a tocar, la sala se quedó en silencio. Nadie había escuchado nada igual.  Estaba usando armónicos que parecían campanas. una velocidad que desafiaba la lógica y una capacidad melódica que hacía que el bajo llorara. En ese momento, Jacob Pastorius firmó su pacto con la gloria, pero también con su propia destrucción.

La industria lo abrazó, se convirtió en el póster de una nueva era del jazz. Grabó su álbum Debut homónimo en 1976 y el mundo colapsó. Donal Lee, Portrait of Tracy, continuum. Temas que hoy son la Biblia de cualquier bajista, pero que en aquel entonces eran mensajes de otro planeta. La fama le trajo dinero, pero también le trajo la atención de aquellos que suministraban las sustancias que empezaron a nublar su juicio.

Se dice que durante las giras con Weather Report, el consumo de alcohol y drogas de y no era solo una diversión de estrella de rock, sino una forma de intentar apagar las voces que empezaban a gritar en su interior.  La presión de ser el mejor era un peso que sus hombros, cada vez más delgados, no podían sostener.

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