23 de agosto de 2008, Estadio Nacional de Beijín. La selección argentina acaba de ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos. En el podio, con la medalla colgando del pecho, hay un grupo de jóvenes que dominarán el fútbol mundial durante la próxima década. Lionel Messi, Sergio Agüero, Ángel Di María, Juan Román Riquelme y junto a ellos, sonriendo de orejas a oreja, un chico de apenas 1 m con 60 cm.
Su nombre es Diego Bonanote. En ese instante, el enano es la máxima joya del fútbol argentino, el ídolo de Riverplate y el jugador que todos los gigantes de Europa quieren fichar. Pero demos un salto repentino en el tiempo, apenas un año y 4 meses después. 26 de diciembre de 2009, madrugada en la ruta 65 de Argentina. El sonido de la gloria olímpica es reemplazado por el ruido ensordecedor de la lluvia, el derrape de unas llantas sobre el asfalto mojado y el estruendo aterrador de metal aplastándose contra un árbol gigante. En un segundo,
la vida de oro de Diego Bonanote se convirtió en una pesadilla de sangre, sirenas y muerte. Imagina despertar en la cama de un hospital con el cuerpo roto y que la primera noticia que escuches no sea sobre tu próximo partido, sino que los tres mejores amigos de tu infancia, los chicos con los que creciste y que viajaban contigo en el auto, están muertos y que tú sobreviviste por un solo detalle.
Si alguna vez te has preguntado por qué algunas estrellas fugaces se apagan de golpe, la historia de hoy te manda a romper el corazón. Bienvenidos a Fútbol relativo. Hoy no vamos a hablar de una lesión de rodilla o de malas decisiones financieras. Hoy te cuento la tragedia que acabó con la carrera de Diego Bonanote y te advierto, lo que tuvo que soportar en las canchas de fútbol tras ese accidente te hará cuestionar profundamente la crueldad del ser humano y de los hinchas.
Prepárate porque esta historia duele. Para comprender la magnitud de lo que se perdió aquella noche, primero tenemos que viajar al inicio. ¿Quién era Diego Bonanote antes de que la vida se le partiera en dos? Nacido en Teodelina, un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe, Diego era un milagro genético para el fútbol fútbol.
Lo que le faltaba en estatura le sobraba en talento puro, rebeldía y atrevimiento. Llegó a las divisiones inferiores de Riverplate y rápidamente quemó todas las etapas. No importaba que los defensas rivales le sacaran 30 cm de altura y 20 kg de músculo. Bonanote tomaba la pelota, bajaba su centro de gravedad y pasaba entre ellos como si fueran conos entrenamiento.

En 2007 debutó en primera división y para 2008 bajo la dirección técnica de Diego el Cholo Simion se convirtió en el amo y señor del equipo. Fue la gran figura del River Plate campeón del torneo Clausura. Sus gambetas, sus goles de tiro libre y su sonrisa de niño lo convirtieron en el mimado de la hinchada millonaria.
Todo el estadio monumental coreaba su nombre. Era el niño de oro. Ese nivel estratosférico fue el CF el que lo llevó a los Juegos Olímpicos de Beijing para colgarse la medalla de oro junto a Messi. En el año 2009, Bonanote estaba en la lista de compras del Atlético de Madrid, del Napoli y de varios clubes de la Premier League.
Su transferencia millonaria a Europa era solo cuestión de tiempo. Tenía 21 años y el mundo entero en sus manos. Y entonces llegó diciembre, el mes de las fiestas, de los reencuentros y para Diego el mes que cambiaría su existencia para siempre. 26 de diciembre de 2009, pasadas las 6 de la mañana, Diego regresaba a su pueblo natal de Odelina tras haber pasado la noche en una discoteca celebrando la Navidad con sus tres mejores amigos de toda la vida, Gerardo Suero, Alexis Culcheri y Emanuel Melo. Diego, que no había bebido
alcohol, iba conduciendo el Peullot 307 de su padre. La lluvia era torrencial, la ruta estaba inundada. En un instante trágico, el auto sufrió lo que se conoce como Aquaplanning, perdiendo total adherencia al asfalto. El vehículo salió disparado de la carretera y se estrelló brutalmente contra un árbol de gran tamaño. El impacto fue devastador.
Gerardo, Alexis y Emanuel murieron en el acto. Diego Buenanote, el conductor, fue rescatado de entre los hierros retorcidos con fracturas en la clavícula, en el húmero y daños en un pulmón. Pero estaba vivo. ¿Por qué se salvó él y no los demás? Porque Diego era el único de los cuatro ocupantes que llevaba puesto el cinturón de seguridad.
Físicamente, los médicos lograron estabilizarlo. Su cuerpo, el de un atleta de alto rendimiento, sanaría cul en unos meses. Pero, ¿cómo se sana el alma? ¿Cómo te recuperas del síndrome del sobreviviente? Cuando Diego despertó en el hospital y le comunicaron la noticia, su mundo colapsó. El fútbol pasó a ser la cosa más insignificante del universo.
Se hundió en una depresión profunda. Los expertos en psicología deportiva saben que una fractura de tibia y peroné tarda 6 meses en curar. Pero el sentimiento de culpa por sobrevivir cuando tus tres hermanos de la vida han muerto es una herida que puede sangrar para siempre.
Con la ayuda de psiquiatras, de su familia y del amor increíble del pueblo de Teodelina, donde las familias de las víctimas, en un gesto de humanidad desgarrador, lo abrazaron y le dijeron que no lo culpaban. Diego intentó volver a vivir y para él vivir significaba jugar al fútbol. Apenas 5 meses después del accidente, en abril de 2010, Bonanote volvió a pisar el césped estadio monumental.
La hinchada de Riverplate lo recibió con una ovación que hizo temblar Buenos Aires. Fue un momento de pura emoción. Parecía que el fútbol iba a ser sus salvavidas, su terapia. Parecía es el inicio de una historia de redención digna de una película de Hollywood. Pero la realidad fuera del césped de Riverplate y vamos a mostrarle a Diego la cara más oscura y asquerosa de este deporte.
Aquí es donde la historia toma un giro indignante. El fútbol sudamericano y en especial el argentino es pasional, pero esa pasión muchas veces cruza la línea hacia la crueldad absoluta. Cuando Bonanote comenzó a jugar de visitante, las hinchadas rivales, buscando desconcentrarlo o simplemente por pura maldad comenzaron a usar su tragedia como arma.
Desde las gradas le gritaban asesino. Le cantaban canciones burlándose de la muerte de sus amigos. En la cancha, algunos defensas rivales llegaron a susurrarle al oído cosas irreproducibles sobre Silat el accidente para provocarlo y que lo expulsaran. ¿Te imaginas el nivel de violencia psicológica que debe soportar para intentar jugar un partido de fútbol mientras miles de personas te recuerdan el peor trauma de tu vida? Diego intentó ser fuerte.
Intentó seguir siendo el de antes, pero la chispa se había apagado. Sus piernas corrían, pero su mente estaba atrapada en aquella carretera. lluviosa. Para colmo, el contexto de su club tampoco ayudaba. Riverplate entró en la peor crisis institucional y deportiva de su historia, que culminó con el traumático descenso a la segunda división en 2011.
