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Se DESVELA Lo Que Edith González Firmó en el Hospital. Su Familia Lo Negó durante 4 Años.

 La gente  se conocía, los barrios tenían cara y una niña con talento y con ganas podía abrirse camino si la suerte le acompañaba. La suerte  le acompañó, pero lo que hizo con esa suerte fue suyo. A los 14  años entró al Centro de Educación Artística de Televisa, el CEA, que en esa época era la puerta de entrada a la televisión mexicana para casi todos los que luego se convirtieron en figuras conocidas.

 Era 1979 y la televisión mexicana era un mundo cerrado con sus propias reglas y su propia jerarquía, donde los productores tenían un poder  casi absoluto sobre las carreras de los actores y donde la línea entre lo profesional y lo personal  era con frecuencia invisible.

 Edit aprendió las reglas de ese mundo muy joven y las aprendió de la manera más dura. Sus primeros años frente a cámara fueron los de una actriz  en formación que tenía algo que muchas otras no tenían, una  presencia física que no necesitaba explicación. Cuando Edith aparecía en pantalla,  la gente miraba hacia donde ella estaba.

Eso no se aprende. O lo tienes o no lo tienes. Y ella lo tenía desde el primer día. Los maestros  del CEA hablaban de ella con una mezcla de admiración e  inquietud. Admiración porque el talento era obvio desde los primeros meses.  Inquietud porque Edith tenía la clase de personalidad que en una institución con jerarquías muy establecidas genera fricción.

 preguntaba demasiado, cuestionaba los ejercicios cuando le parecían limitantes  y tenía una opinión sobre su propio trabajo que no siempre coincidía con la de sus instructores. Esa combinación de talento y carácter  es la que construye las grandes carreras. También es la que a veces  te cierra puertas que deberían estar abiertas.

 En la industria de la telenovela mexicana de esa época, las actrices que llegaban  al CEA tenían básicamente dos caminos. El primero era el de  hacer lo que se les decía, construir la imagen que los productores querían proyectar y confiar en  que esa obediencia se traduciría en proyectos y en longevidad.

 El segundo era el de  insistir en ser algo más complicado que una cara bonita con buena adicción con todos los  riesgos que eso conllevaba. Edith eligió el segundo camino desde muy temprano y lo pagó en etapas, pero la presencia sola no basta.  Lo que hizo grande a Edith González fue lo que vino después, la capacidad de desaparecer dentro de un personaje, de tomar  un texto que en el papel era mediano y convertirlo en algo que la gente recordaba durante años.

 Los productores que trabajaron con ella en las primeras telenovelas de los 80 hablan de una actriz que llegaba  a los ensayos con el personaje ya construido, que hacía preguntas que otros actores nunca hacían, que cuestionaba las motivaciones de sus personajes en  momentos donde lo más fácil habría sido simplemente decir el texto  y cobrar.

 Eso le ganó admiración y también  le ganó enemigos. La industria de la telenovela mexicana de los  80 en los 90 tenía poca tolerancia con los actores que pensaban demasiado. Los productores querían caras bonitas que hicieran lo que se les decía  y Edith González era más que una cara bonita que hacía lo que se le decía, lo cual creaba fricciones  que a veces afectaban su carrera de maneras concretas.

 Hubo proyectos para los que fue considerada y que terminaron  yendo a otras actrices. Hubo periodos de sequía profesional que alguien con menos determinación habría interpretado como una señal para cambiar de camino. Y hubo relaciones personales  que se mezclaron con lo profesional de maneras que dejaron cicatrices.

 Pero Edith siguió, siempre siguió.  El momento de quiebre en su carrera llegó en 1994 con apuesta por un amor,  aunque los que la siguieron de cerca dirían que la semilla de lo que vendría  estaba ya en trabajos anteriores. Lo que 1994 le dio fue visibilidad masiva en el momento justo, cuando la televisión mexicana  empezaba a exportar sus telenovelas a toda América Latina con una fuerza que nadie había anticipado del  todo.

 Edit González llegó a millones de hogares de Argentina,  Venezuela, Colombia, España, en una época en que los actores  mexicanos de telenovela eran los equivalentes de las estrellas de cime para mucha gente que nunca había pisado un cime. Lo que vino después fue lo que los que están dentro  de la industria llaman, sin mucho romanticismo, el ciclo  de la estrella.

 Los proyectos se acumulan, los contratos se firman con más prisa que criterio, los  horarios se vuelven incompatibles con tener una vida fuera de un set de televisión y la persona que está en el centro  de todo ese movimiento empieza a perder la noción de dónde termina el personaje y dónde  empieza ella.

 Edith lo vivió y lo sobrevivió con más integridad que la mayoría. Su vida personal en  esos años fue complicada de una manera que los medios cubrieron con el nivel de profundidad que suelen tener  los medios cuando hablan de celebridades. Mucho ruido, poca sustancia. Las relaciones  que tuvo, las que duraron y las que terminaron mal, eran combustible para las revistas de  espectáculos, pero eran desde adentro algo completamente distinto.

 La historia de una  mujer que quería las mismas cosas que quieren todas las personas, estabilidad, amor, una familia  y que las buscaba en circunstancias que hacían todo eso muy difícil. El problema específico de ser Edith González  en la cúspide de su fama en los años 90 era que cualquier  relación personal quedaba inmediatamente contaminada por la presencia pública.

Las personas con las que salía se convertían automáticamente  en personajes de una historia que los medios estaban contando sobre ella. Una historia que no siempre tenía mucho que ver con la realidad, pero que era muy difícil de corregir sin darle  más visibilidad todavía al tema. Así que Edith aprendió a mantener ciertas cosas en privado con  una disciplina que las personas de su entorno describen como casi militar.

 Lo que sí llegó a los medios,  lo que ella misma eligió hacer público con el tiempo, fue la historia de Constanza.  Pero incluso esa historia la contó en sus propios términos, en el momento que ella consideró adecuado con el nivel  de detalle que ella decidió compartir. Eso es un patrón en Edit González, el control sobre la narrativa de su propia  vida, el derecho a decidir qué se cuenta, cuándo se cuenta y cómo se cuenta.

  Un derecho que ejerció de manera consistente durante 40 años y que ejerció también de la manera  más concreta posible en los últimos meses de su vida. El personaje más cercano a quien era Edit González  realmente puede que sea el de su relación con su hija Constanza.  Constanza llegó al mundo en 2003 cuando Edith  tenía 38 años.

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