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Se REVELA porque MARÍA FÉLIX no dejo la herencia a su FAMILIA…

 Quédate, porque la razón por la que María Félix hizo lo que hizo con su fortuna tiene que ver  con algo que ocurrió mucho antes de que se redactara ningún testamento.  Tiene que ver con una herida que nadie de su familia quiso ver cuando todavía había tiempo  de sanarla. Y tiene que ver con la única persona a la que ella amó sin reservas durante  los últimos años de su vida y que no era ninguno de sus hijos.

 María de los Ángeles, Félix  Hüereña, nació el 8 de abril de 1914 en Álamos, Sonora, un pueblo pequeño,  polvoriento, con la clase de calor que te aplasta a mediodía y te deja sin  ganas de nada. Su padre, Bernardo Félix Flores era un hombre duro, de pocos  gestos, con autoridad de patrón sobre su propia familia.

 Su madre, Josefina Hüereña, una mujer que los que la  conocieron describen como bella y callada las dos cosas a la vez, como si la belleza fuera el precio de guardar silencio. María fue la cuarta  de 11. 11 con los recursos contados, en una  región donde la vida no perdonaba la debilidad. Desde muy temprano aprendió algo que iba a definir todo lo que vino después, que el mundo le daba más a los que pedían menos y tomaban todo.

 A los 16 años se casó con un dentista de Guadalajara llamado Enrique Álvarez a la Torre, un hombre al que los testimonios de la época describen de maneras distintas dependiendo de quien hable, aunque en algo coinciden todos. que para María ese matrimonio fue una trampa de la que tardó años en salir. Tuvo un hijo con él, Enrique,  el único hijo biológico de María Félix, el que iba a heredar su apellido y su cara, y según muchos que los conocieron a los dos, también algo de su temperamento.

 y el que décadas más tarde, cuando María redactara su testamento, descubriría que su madre había encontrado la manera de estar presente hasta en el acto de excluirlo. El divorcio  del dentista llegó en la primera mitad de los años 40. María se fue a Ciudad de México con su hijo y con muy poco más. Lo que tenía era su cara, que en esa época ya  paraba el tráfico en las calles de Guadalajara y una determinación que las personas que la conocieron en esos primeros años en la capital describen como algo que podía

sentirse físicamente cuando  entrabas en la misma habitación que ella. Fernando Palacios, el director de cine que la descubrió, ha contado  muchas veces la historia de cómo vio a María por primera vez en una fiesta en 1942.  dijo que cuando ella entró al salón, las conversaciones se detuvieron, que no fue un proceso gradual,  que fue instantáneo y que en ese momento supo que esa mujer iba a ser una estrella, aunque todavía no tuviera ninguna  película filmada, aunque todavía nadie fuera del estado de Sonora

supiera su nombre. Su primera película fue El Peñón de  las Ánimas, en 1943. María tenía 28  años y la industria del cine mexicano, que en esa época vivía su época dorada, con una energía y una producción que hoy resultan casi  imposibles de imaginar, quedó paralizada frente a lo que acababa de aparecer en sus estudios.

Porque María Félix no era solo bella, había muchas mujeres  bellas en el cine mexicano de los 40. María Félix era algo más específico. Era una presencia que generaba incomodidad en el público y esa incomodidad era magnética. Sus personajes solían tener poder sobre los hombres que los rodeaban.

  Solían tomar decisiones que en el cine de la época correspondían a los hombres. solían salirse  con la suya de maneras que el código moral del momento debería haber prohibido, pero que el público, especialmente  las mujeres del público, aplaudía sin reservas. Eso tenía un precio en la industria,  en los medios, en la vida personal.

Entre 1943 y 1970, María Félix  filmó más de 40 películas, algunas en México, muchas en España, algunas en Francia e Italia. La lista de directores con los que trabajó es la lista de los grandes del cine de habla hispana de esa época. Emilio Fernández, Luis Buñuel, John Renoir. El de Buñuel fue el caso más interesante porque fue también el más tenso.

 Dos personalidades con ideas muy precisas sobre cómo debían hacerse las cosas. Ninguno de los dos con mucha disposición a ceder y el resultado fueron películas marcadas por esa tensión de una manera que se nota en la pantalla si sabes lo que estás  mirando con Emilio Fernández.

 La relación fue diferente, más larga, más complicada, más cargada de una dinámica  que iba mucho más allá de lo profesional. Fernández la dirigió en varias de sus mejores películas y la conocía de una manera que pocos directores  conocen a sus actores con esa mezcla de admiración y de algo que roza la obsesión que a veces produce el cine  cuando pones a dos personas intensas en el mismo proyecto durante meses.

  Lo que esas películas le dieron a María, más allá del reconocimiento y del dinero, fue un entendimiento muy temprano de algo que mucha gente tarda toda una carrera en aprender,  que el poder real en el cine no está en quien dirige, sino en quien el público quiere ver. Y María Félix,  desde sus primeras películas fue la persona que el público quería ver.

 Eso le dio  una palanca que supo usar con una habilidad que sus colaboradores, incluyendo los que  no simpatizaban con ella, tenían que reconocer. Los hombres que se acercaban a  María Félix lo hacían sabiendo que el terreno era complicado, o al menos deberían  haberlo sabido.

 Algunos lo entendieron desde el principio y construyeron relaciones  que duraron y que la marcaron. Otros llegaron pensando que podían manejar algo que no se  podía manejar y salieron del encuentro con la sensación de haber tocado algo que no debían tocar. Sus matrimonios son la parte de su historia que más se ha contado y la que peor se ha entendido.

El segundo  fue con Jorge Negrete, el charro cantor, el hombre más famoso de México en ese  momento. Se casaron en 1952. El país entero lo vivió como  una boda real. Dos leyendas que se unían, dos iconos que formaban algo que parecía destinado a ser eterno. Duró poco más de un año.

 Jorge Negrete murió en diciembre de 1953  en Los Ángeles de una hepatitis que llevaba tiempo destruyendo su hígado. María lo acompañó hasta el final y cuando salió del hospital después de que él murió, tenía 39 años y la expresión de alguien que acaba de entender algo sobre la vida que prefería no haber entendido.

 Lo que pocas personas saben sobre esa época, lo que los biógrafos oficiales de María han tendido a dejar en segundo plano es que la muerte de Negrete coincidió con una crisis profunda en su relación con su hijo Enrique. Enrique tenía  entonces 12 o 13 años. Llevaba años viviendo entre los cuidados de su madre y los de personas cercanas a ella, porque la carrera de María requería una presencia  y una movilidad que hacían la vida familiar tradicional prácticamente imposible.

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