Posted in

La HISTORIA SECRETA sobre Mauricio Garcés que permaneció OCULTA durante décadas sale a la LUZ

 Creció en la  colonia Santa María la Rivera de familia de clase media, con la estabilidad suficiente para que hubiera zapatos nuevos  en septiembre y carne los domingos. Su padre tenía un pequeño negocio.  Su madre se llamaba Carmen. Eran tiempos en que la radio era el centro del mundo y el cine era  el lujo que la gente se permitía una vez por semana con los pocos pesos que sobraban  después de los gastos de la casa.

 Lo que nadie habría anticipado en ese departamento de la Santa María la Rivera  es que ese niño iba a terminar siendo el hombre cuya cara más veces apareció en  los carteles de los cines de este país durante un periodo de dos décadas completas.  Estudió en el colegio militar, llegó al grado deteniente.

 Eso lo sabe poquísima  gente de quienes dicen ser fans de Mauricio Carcés. Y es un detalle que importa, porque hay una distancia enorme entre el teniente del ejército mexicano y el galán de comedias picarescas. Una distancia que requirió una transformación deliberada, calculada, sostenida. El tipo de transformación que solo hacen las personas que tienen muy claro que la vida que  les dieron al nacer no es la vida que quieren tener.

 Su entrada al espectáculo fue por el teatro en los años 40. Luego la radio, luego una televisión que en México era todavía un experimento en busca  de sus propias reglas. Una pantalla chica que necesitaba caras que transmitieran algo cuando no había presupuesto para mucho más. Mauricio Garcés transmitía, eso no se aprende, se tiene o no se tiene.

 Y él lo tenía de una manera que las personas que trabajaron con él en esos primeros años describían con la  misma palabra siempre presencia. El cine llegó después y cuando llegó, llegó en el momento exacto en que el cine mexicano buscaba un tipo muy específico de hombre. La época de oro había producido a Pedro Infante, a Jorge Negrete, a figuras que eran todo corazón y todo sufrimiento.

 El melodrama, La canción ranchera, El hombre que llora por la patria y por la amada con la misma  intensidad. Eso había alimentado al cine mexicano durante una década entera, pero para los años 60 ese modelo se estaba gastando. La ciudad crecía, la clase media urbana se expandía,  las mujeres mexicanas empezaban a tener más independencia económica y  más capacidad de elegir que ver en el cine.

 Y lo que querían ver era algo  distinto. Querían reírse, querían ligereza, querían al hombre elegante, cosmopolita con un departamento de  bachiller en el paseo de la Reforma y una agenda llena de compromisos con señoritas que nunca se  ponían del todo de acuerdo sobre si querían o no querían que él las conquistara.

 Mauricio Garcés encarnó ese personaje con una precisión que todavía sorprende cuando ves sus películas hoy. La seguridad sin arrogancia. El humor que no bajaba al nivel de la payasada, la capacidad  de hacer que la cámara lo quisiera en el encuadre, aunque no estuviera haciendo nada. Película tras película, año tras año, títulos que hoy suenan a otra era, que lo eran y que en su momento llenaban las salas de  los cines de primera, segunda y tercera corrida en toda la República. Hizo más de 150 películas.

    Ese número merece un momento de silencio. En una industria donde hacer 10 películas ya te ponía en el mapa 150 te convertía en algo que solo existe en los libros de estadísticas y en la memoria colectiva  de un país. Mauricio Garcés filmó con una constancia que sus directores describían como de máquina  en el sentido bueno.

llegaba, sabía el texto, hacía la escena, pedía pocas repeticiones, se iba profesionalismo puro, el tipo  de profesionalismo que viene de tomarse el trabajo en serio, aunque el trabajo sea una comedia  donde persigues a señoritas en minifalda por los pasillos de un hotel de Acapulco. Eso es lo que todos vieron, lo que circuló en los  carteles, en las revistas de espectáculos, en las entrevistas donde siempre  tenía una respuesta ingeniosa para cada pregunta. Lo que no circuló es lo otro.

Mauricio Garcés se casó tres veces con Virginia Ríos, con quien tuvo dos hijos, con Pilar Pellizer, la actriz, la que tenía una carrera  de peso propio en ese mismo mundo donde él reinaba, y con Cristina Molina, tres matrimonios  que en el papel dicen que era un hombre que buscó la vida doméstica con una constancia que contrasta, de maneras que  hay que detenerse a mirar con el eterno soltero.

que interpretaba en la pantalla. La relación con Pilar Pellizer fue la más comentada en su momento porque era el encuentro  de dos leyendas del cine mexicano en el mismo apartamento, dos caras conocidas,  dos carreras en marcha, la pareja que las revistas querían  fotografiar y que los lectores querían imaginar.

 Pellizer tenía criterio propio y una presencia que no necesitaba al hombre del encuadre para tener sentido. Se separaron. Los detalles nunca llegaron a los medios con claridad. Y esa ausencia  de detalles, ese silencio tan prolijo alrededor de algo que en otras circunstancias habría generado portadas ya dice algo. Porque Mauricio Garcés tenía una habilidad cultivada  con años de práctica para controlar lo que se sabía de él.

para que la imagen pública se mantuviera exactamente donde él quería que estuviera y los detalles  que complicaban esa imagen se quedaran en los espacios donde no llegaban los fotógrafos. Hay que hablar de algo que en  la época de su carrera activa nunca se dijo en los medios y que después de su muerte circuló en voz baja entre personas del gremio, en conversaciones  que no tenían micrófono delante.

 La vida privada real de Mauricio Garcés, la que existía detrás del galán de traje y corbata, apuntaba en una dirección que en el México de los años 60, 70 y 80 habría destruido su carrera con una velocidad  que no habría dado tiempo a reaccionar. El hombre que durante dos décadas persiguió en la pantalla con una convicción que hacía  que el público se lo creyera, sostuvo durante toda esa misma carrera una vida paralela que era la negación del personaje que le daba de comer.

Relaciones que existían en los márgenes, amistades que eran más que amistades,  guardadas con cuidado, vividas en espacios donde no llegaba la mirada del público. personas que trabajaron con él en  distintas épocas, que compartieron rodajes y temporadas de teatro y giras  por el país, hablan de esto hoy con una mezcla de afecto y de pesar que es específica de la gente que protegió a alguien durante años y que ahora con ese alguien muerto desde hace  décadas puede finalmente nombrar lo que protegía.

hablan de un hombre que cargó con eso durante toda su vida profesional, que construyó una carrera entera sobre una imagen que requería  exactamente lo contrario de lo que él era en privado, y que ese esfuerzo, esa vigilancia  constante sobre sí mismo y sobre lo que se sabía de él tiene costos que se cobran de maneras que  no siempre son visibles en el momento, pero que con el tiempo se vuelven  evidentes para quienes tan cerca.

 ¿Qué significa vivir así? Construir cada mañana durante  20 años la versión de ti mismo que el mundo espera. Llegar al set y ser el galán, dar la entrevista y ser el hombre con el que todas las mujeres quieren salir a cenar, salir en la foto con  el traje y la sonrisa.

 Y luego, cuando la cámara se apaga y el periodista se va, volver a ser quién eres, que es alguien que ese mundo no tiene  lugar para recibir. Eso deja marcas. Las personas que lo conocieron en los años 70, cuando llevaba ya más de una década siendo Mauricio Garcés, de manera ininterrumpida,  hablan de algo que se fue acumulando de maneras pequeñas y difíciles de señalar.

Read More