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La TRISTE VERDAD del NIETO de CAPULINA: Hambre, Vergüenza y Ridículo

 Gaspar en Aine, su nombre real, nació en Puebla en 1926  y durante décadas fue una institución del entretenimiento mexicano. Junto a Marco Antonio Campos, conocido como Viruta, formaron uno de los dúos más legendarios del cine cómico. Capulina y Viruta llenaban cines, giraban por todo el país y aparecían en televisión cuando eso todavía era un lujo reservado para pocos.

 eran la dupla perfecta, viruta, el serio, capulina, el torpe, inocente, ingenuo, el payaso entrañable. Y no es exageración decir que fueron pioneros. Su humor era tan familiar que se convirtió en parte del ADN cultural de México y de toda Latinoamérica. El tipo filmó más de 80 películas, tuvo programas de televisión, circo, historietas y hasta fue referencia directa para los cómicos que vinieron después.

Capulina, un comediante que marcó época | Señal Colombia

  Capulina no era un influencer ni un creador de contenido. Era un artista que vivía de hacer reír, no de vender nostalgia. Cuando murió en 2011, lo hizo con el respeto de todo un país. No hubo escándalos, no hubo polémicas, no hubo ridiculez, solo admiración. Y por eso duele tanto ver en qué terminó su apellido, porque cuando una figura deja un legado así de limpio, lo último que esperás es que alguien llegue años después y use ese nombre como si fuera una marca en descuento.

 Y ahí es donde entra nuestro protagonista, el Nieto, el hombre que decidió reescribir el apellido Enine con marcador indeleble y sinvergüenza. En 1992 en Chinahuapan, Puebla nació Oliver Enine, el hombre que tres décadas después convertiría un apellido histórico en un meme ambulante, un tipo de 32 años que no encontró su propio camino, así que decidió caminar sobre las huellas de otro y si hay algo que lo define es su obsesión por recordarte quién es.

 En todos sus videos absolutamente todos, arranca con la misma frase, “Yo soy Oliver Enine, nieto de Gaspar en Aine Capulina.” Es como si pensara que repetirlo lo vuelve relevante. El problema es que no tiene más nada para decir después de eso. No canta, no actúa, no escribe. O mejor dicho dice que escribe libros, toca música y produce videos.

 Pero todo gira en torno a un solo tema, su abuelo. El tipo no tiene carrera propia, no tiene una sola idea original. Su identidad entera es un eco del pasado y lo único que hereda del talento de Capulina es el apellido. Lo que sí tiene es una cuenta en YouTube y otra en TikTok donde se presenta como si fuera el sucesor natural de una dinastía cómica.

 Pero la realidad es mucho más triste. No heredó el humor, heredó el hambre. Y lo que empezó como un intento torpe de homenajear a su abuelo, pronto se transformó en un espectáculo  incómodo, con toques de culto familiar y olor a oportunismo. Porque una cosa es honrar una herencia artística y otra muy distinta es convertirla en un negocio personal. Todo empezó en 2021.

 Mientras el mundo salía de la pandemia y muchos buscaban reinventarse, Oliver en Aine decidió que su reinvención iba a ser revivir a Capulina. Así nació su canal de YouTube con un nombre que ya te dice todo, Capulina, página oficial. El problema es que esa oficialidad no la otorgó nadie. No fue Televisa, no fue La Familia, no fue una fundación, fue él.

Él se autonombró portavoz del legado, community manager del muerto, heredero autoproclamado de la risa mexicana. Su primer video fue una especie de mezcla entre documental casero y mensaje celestial, pero lo que se notaba desde el primer segundo era su necesidad desesperada de validación. Hablaba más de su abuelo que de lo que fuera el tema del video.

 De hecho, la mayoría de sus publicaciones llevaban títulos tipo Los secretos de Capulina. Capulina le da un mensaje a los comediantes.  Capulina da un mensaje para México. Hasta hizo ocho partes de los secretos de Capulina. ocho. Y en todas el protagonista no era Capulina, era él disfrazado de Capulina. Con el tiempo su canal se volvió una especie de reality donde Oliver interpretaba una versión fantasmal de su abuelo.

 Hablaba en primera persona como si Gaspar en Aine  hubiera resucitado en su cuerpo con sombrero, maquillaje y la cara forzada hacia abajo intentando imitar la mueca del personaje original. El resultado era tan incómodo que parecía más un exorcismo que un homenaje. Pero lo más extraño es que el tipo estaba convencido de que lo estaba haciendo bien, como si vestir la ropa de su abuelo fuera suficiente para heredar su talento.

 Y ahí fue donde la línea entre el tributo y el delirio empezó a borrarse, porque lo que al principio parecía una idea inocente  terminó pareciendo una parodia involuntaria de alguien que no entiende por qué da risa. Y aunque el público no se reía con él, se reía de él. Ahí nació el verdadero personaje, no el nieto de Capulina, sino el nieto que cree ser Capulina.

 Lo que en teoría era un homenaje, terminó pareciendo una sesión de espiritismo con presupuesto de primaria. En sus videos, Oliver Enaine no solo hablaba sobre capulina, se vestía como él, imitaba su voz y gesticulaba frente a cámara intentando replicar la mueca del abuelo, esa sonrisa caída que lo hizo famoso. El resultado era un cóctel incómodo entre teatro escolar y brote místico.

 Parecía un chico poseído por el fantasma de un comediante que nunca pidió volver. Sus movimientos, su tono, su mirada forzada hacia abajo. Todo estaba copiado al milímetro, pero sin gracia, sin alma, sin timing. El tipo lo hacía tan en serio, tan convencido, que el público empezó a preguntarse si era una parodia o si realmente creía ser la reencarnación de Capulina.

 Y para empeorar todo, en medio de sus imitaciones, mezclaba sermones religiosos. Mientras vendía historietas o mostraba sus productos, soltaba frases como, “Jesucristo te ama” o, “Los dones que tengo vienen de Dios”. Una mezcla tan desconcertante que convertía cada video en una misa rara con merchandising incluido.

 Internet no tardó en reaccionar. Clips suyos empezaron a circular en TikTok y YouTube con títulos como El nieto de capulina invocando al abuelo o cuando el homenaje se vuelve exorcismo y ahí nació el concepto del cringe ancestral, esa sensación incómoda de ver a alguien intentando resucitar un legado que claramente no le pertenece.

Porque si algo quedó claro en todos esos videos es que Oliver no heredó la comedia, heredó el apellido y lo está usando como disfraz. Cuando el personaje ya no daba vistas, Oliver decidió que era hora de monetizar el legado y así nacieron los Capuquetes. Una idea que suena broma, pero no lo es. Los vendía como artículos de colección con una descripción digna de televenta de medianoche.

 Incluye un capulinita por paquete, un sombrero, fotos oficiales. Bueno, son copias pero firmadas por mí. Y un saludo especial del Nieto de Capulina. Todo esto por la módica suma de 2,2,300 mexicanos o si andaba justo a meses sin intereses. Sí, el nieto de un icono del humor familiar ofreciendo crédito para comprar fotocopias.

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