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Venezuela Quedó en Ruinas… Pero México Nunca la Abandonó | La Historia que Conmovió al Mundo

que estaba comprando leche. en Mar Josle, que tenía un bebé llamado Gael, porque eso es lo que destruye un terremoto, no edificios, vidas. Eran las 6:4 minutos de la tarde, hora de Venezuela. El sol ya empezaba a caer sobre el Caribe. En las montañas que separan Caracas de la costa, la luz se volvía naranja.

Era una de esas tardes bonitas del trópico. Cuando el calor afloja un poco y el aire empieza a refrescar, los pájaros cantaban. En alguna calle de la Guaira alguien tenía la radio encendida. En Caracas el tráfico de la tarde empezaba a disminuir porque era feriado y entonces millones de teléfonos sonaron al mismo tiempo. El sistema Android Earthquake Alerts de Google envió una notificación a millones de dispositivos en Venezuela.

Una alerta automática, magnitud estimada 6.2 a 356 km. Venezuela no tiene un sistema nacional de alerta temprana. sísmica, no es Chile, no es Japón. Pero Google, a través de los acelerómetros de los teléfonos de los propios venezolanos, detectó algo. Los servidores confirmaron y mandaron el aviso. Algunos tuvieron segundos para reaccionar, segundos.

Unos se alejaron de las ventanas, otros buscaron refugio bajo una mesa, otros corrieron hacia la puerta y entonces el suelo se movió. No fue un temblor suave, no fue de esos que duran 3 segundos y después uno dice, “¿Sentiste eso?” Y sigue con su vida. No, fue un rugido. Un rugido que venía de abajo de las entrañas de la tierra, como si algo enorme e invisible estuviera despertando debajo de los pies de 20 millones de personas.

Un rugido que se sentía en los huesos, en el estómago, en el pecho. Magnitud 7.2, profundidad 20 km epicentro cerca de San Felipe en el estado Yaracuy. La falla de San Sebastián, una cicatriz tectónica de más de 13 km que atraviesa el norte de Venezuela se rompió. Los platos se cayeron de las repisas, los cuadros de las paredes, los libros de las estanterías, las lámparas oscilaron como péndulos enloquecidos, los vidrios estallaron, las paredes se agrietaron como si una mano gigante estuviera estrujando los edificios y la gente gritó. Pero eso fue solo el comienzo, 39

segundos después, cuando algunos todavía estaban agachados debajo de una mesa, cuando otros corrían hacia la puerta, cuando las madres agarraban a sus hijos y los abuelos buscaban algo de dónde sostenerse. Cuando los que habían salido a la calle miraban hacia arriba con terror viendo las fachadas agrietarse, vino el segundo. Magnitud 7.

5, 5 más superficial, 10 km de profundidad, más cerca de la superficie más violento. Fue como si la Tierra decidiera romperse en dos. Los sismólogos lo llaman un terremoto doblete, dos sismos casi simultáneos alimentándose uno al otro, amplificándose. La ruptura se propagó desde Yaracuy hacia el este, hacia la costa, hacia Caracas, a una velocidad de 3 km por segundo.

150 km de falla se desplazaron hasta 3,5. El área de ruptura 210 km de largo por 30 de ancho. La duración total del movimiento fue de casi 3 minutos. 3 minutos en los que el suelo no dejó de temblar. 3 minutos. Piensen en eso. Cuenten hasta 180. Imaginen que durante todo ese tiempo el suelo debajo de sus pies no para de moverse, que las paredes se agrietan, que el techo cruje, que el polvo cae, que los gritos no cesan, que no pueden mantenerse de pie, que los muebles se deslizan solos por el piso, que el televisor cae, que la puerta se atasca,

que la escalera se parte. En Altamira, uno de los barrios más modernos de Caracas, un edificio de 22 pisos se vino abajo entero. 22 pisos convertidos en una montaña de escombros en cuestión de segundos. Periodistas de la agencia France Press lo vieron, un esqueleto de concreto donde antes había un edificio residencial lleno de familias.

En Los Palos Grandes, las residencias Petunia, un edificio de 20 pisos se partió. 14 pisos colapsaron, solo seis quedaron en pie, inclinados como si la gravedad los estuviera jalando lentamente hacia el suelo. En San Bernardino, el edificio Marama, cinco pisos, colapsó por completo. El edificio Moisés se desplomó parcialmente.

En la Guaira la destrucción fue apocalíptica. Más de 100 edificios cayeron. Barrios enteros se convirtieron en ruinas. Playa Grande, Tanahuarena, Los Corales, Caraballeda, Macuto, Kaatia Alamar, Nauatá. Nombres que antes evocaban playas y vacaciones y que ahora solo significaban destrucción. En los Corales, los edificios Coral Park, Vallarta, Coral Mar y Coral Beach fueron destruidos.

Según las imágenes de satélite analizadas por la NASA, más de la mitad de los edificios en Caraballeda, Macuto, Nawuatá, La Guaira y Kati Alamar tenían una probabilidad de daño de al menos el 75%, casi 59,000 edificios dañados. El hotel Edwards quedó completamente destruido. El aeropuerto internacional de Maiketía, la principal puerta de entrada al país, sufrió daños graves.

Todos los vuelos fueron cancelados. La catedral de Caracas se agrietó. La basílica de Santa Capilla sufrió daños severos en su altar. La cruz de la Iglesia de San Juan se desplomó. La iglesia de San José de Cotiza, 90% destruida, siglos de patrimonio borrados en 3 minutos. Los ingenieros después explicarían por qué fue tan devastador.

Después del terremoto de Caracas de 1967, el gobierno había revisado los códigos de construcción sísmica, pero nunca se cumplieron de verdad. Después de la tragedia de Vargas en 1999, cuando las inundaciones devastaron la misma zona costera, el gobierno de Chávez construyó viviendas rápidamente para los desplazados.

Rápidamente, sin cuidado, edificios con planta baja flexible, pocos elementos estructurales abajo, garajes abiertos susceptibles a lo que los expertos llaman colapso en pancake, piso sobre piso sobre piso, aplastándose como un acordeón. Y después del rugido, después del estruendo de los edificios cayendo, después del estallido de los vidrios y el crujir del concreto, después del polvo que se levantó como una tormenta seca cubriendo todo de gris, vino algo peor. El silencio.

Un silencio denso, pesado, irrespirable. Un silencio lleno de polvo. Un silencio que olía a concreto roto y a gas natural. Un silencio que duraba solo unos segundos antes de ser roto por algo que nadie quiere escuchar. El llanto. Primero uno, después otro, después decenas. Cientos. Miles de voces llorando, gritando nombres, pidiendo ayuda, rezando.

Madres gritando los nombres de sus hijos. Hijos gritando, “¡Mamá! ¡Viejos!” Rezando el Padre Nuestro con la voz rota. Perros aullando. Dayana Patiño, la madre del bebé de 18 días, había caído con su hijo cuando el edificio de ocho pisos se derrumbó. En la oscuridad total, cubierta de escombros, polvo en la boca, polvo en los ojos.

Lo primero que hizo fue buscar al bebé con las manos. Lo encontró. Estaba llorando. Si estaba llorando, estaba vivo. Lo apretó contra su pecho tan fuerte como pudo y no lo soltó. No podía moverse, no podía amamantarlo, solo podía abrazarlo y hablarle en la oscuridad. Moisés, el niño de 11 años, quedó sepultado bajo 3 m de escombros, 3 m de concreto, varillas de acero retorcidas, muebles rotos, polvo en la oscuridad total.

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