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SANTI GIMÉNEZ: El INFIERNO que ATRAVESÓ para LLEGAR al MUNDIAL

Santiago fue la respuesta viviente a esa queja. Tan consciente estaba de ello que en pleno apogeo aprovechó su voz para exigir que más mexicanos se atrevieran a dar el salto a Europa y criticó abiertamente las trabas que existen para que eso suceda. No solo metía goles, estaba abriendo un camino. Por eso, en febrero de 2025, uno de los gigantes de Europa tocó la puerta.

El AC Milan, el club que Santiago admiraba desde niño, pagó cerca de 35 millones de euros por él. Firmó por cuatro temporadas. Tocaba Saniro, ese estadio que de pequeño solo veía por televisión. Parecía el punto más alto de una carrera de ensueño. Lo recibieron con cariño, como a uno de los suyos.

Pero el fútbol tiene una forma cruel de poner a prueba a quienes parecen tenerlo todo. Pero para entender de verdad de qué está hecho este goleador, hay que retroceder al día más oscuro de su vida. Un día que empezó como el más feliz de todos y que estuvo a punto de terminar con todo. El día que casi lo pierde todo. Volvamos a aquel amistoso de cuando tenía 15 años.

Ese en el que compartió cancha con su padre. Lo que para la familia debía ser una postal feliz, se convirtió en una pesadilla en cuestión de segundos. En una jugada, el arquero rival entró con fuerza y Santiago cayó al suelo. La fractura de clavícula fue inmediata, el dolor brutal. El Chaco, que jugaba en ese mismo partido, quedó tan trastornado por lo que le acababa de pasar a su hijo que poco después falló un penal.

Su cabeza ya no estaba en el juego, estaba en una camilla. Santiago fue trasladado de urgencia al hospital. Los estudios confirmaron la fractura y lo operaron, colocándole material de fijación para que el hueso soldara. Empezó la rehabilitación y por un momento todo parecía controlado, pero lo peor todavía estaba por llegar.

Meses después, cuando ya parecía recuperado, comenzaron molestias extrañas. Lo que nadie imaginaba era que una de las placas, clavos colocados en aquella operación había perforado una avena. Esa lesión silenciosa provocó la formación de un coágulo y los médicos terminaron diagnosticando algo aterrador para un adolescente, una trombosis en la avena subclavia, justo cerca de la clavícula.

De pronto, el fútbol dejó de importar. Lo internaron de urgencia en el Hospital Médica Sur y el objetivo de los doctores cambió por completo. Ya no se trataba de recuperar a un futbolista, se trataba de salvarle la vida, porque existía un riesgo aterrador, que esos trombos se desprendieran y viajaran hasta el pulmón, el corazón o el cerebro.

Cualquiera de esos escenarios podía ser fatal. La familia vivió horas eternas de incertidumbre sentada en una sala de espera rezando por una noticia que tardaba en llegar. Santiago fue sometido a nuevas operaciones para eliminar el problema vascular. Sumó tres cirugías en total y entonces vino la sentencia que ningún niño que sueña con ser futbolista quiere escuchar.

Los médicos le advirtieron que muy probablemente nunca volvería a jugar. Como si fuera poco, el tratamiento lo obligaba a tomar anticoagulantes. ¿Qué significaba eso para un deportista de contacto? Que cualquier golpe fuerte podía provocarle una hemorragia grave. En otras palabras, el fútbol, lo único que amaba, se había vuelto un peligro para su propia existencia.

Santiago estuvo a un paso de tener que retirarse antes siquiera de debutar como profesional y entonces ocurrió lo que la medicina no terminaba de explicar. Contra todo pronóstico, contra los diagnósticos más oscuros, Santiago se recuperó por completo. Regresó al fútbol profesional cuando media gente ya lo daba por terminado. Esa trombosis que pudo haberle costado la carrera y hasta la vida, se convirtió en el primer gran monstruo que aprendió a vencer.

No sería el último, porque la siguiente prueba no sería física. Sería una decisión que definiría para siempre quién era él y a quien pertenecía su corazón. Y mucha gente todavía no le perdona lo que eligió. La difícil decisión, México o Argentina. Aquí está el dato que enciende debates en cualquier mesa. Santiago Jiménez es técnicamente argentino.

Nació en Buenos Aires. Lleva sangre de un país que ha levantado copas del mundo y por las venas le corre el linaje de un padre que se formó en el fútbol del Río de la Plata antes de naturalizarse mexicano y vestir. También él la camiseta del tri. Así que cuando Santiago empezó a brillar, sucedió lo inevitable. Argentina, la potencia mundial, volteó a verlo.

Trascendió que el técnico Fernando Batista lo buscó para sumarlo a las categorías juveniles del alvis celeste para convencerlo de representar a la tierra donde había nacido. No era una invitación cualquiera, era la posibilidad de defender los colores de uno de los seleccionados más laureados del planeta. Y para hacerlo todavía más tentador, hay un detalle que pocos conocen.

Santiago confiesa abiertamente su amor por Boca Juniors. Ha reconocido que le encantaría jugar algún día en la Bombonera, que ese club lo emociona. La pertenencia argentina no era solo un papel, había un cariño real por su país de origen. Pero detrás de esa decisión se escondía algo más profundo que un cálculo de conveniencia.

Santiago había crecido en México desde los 3 años. Ahí aprendió a caminar. Ahí casi pierde la vida. Ahí fue campeón, ahí se hizo hombre. Para él no había duda. Su sueño no era levantar una copa con Argentina, su sueño era jugar un mundial con México y dijo que no. Rechazó a una de las máximas potencias del fútbol para apostar por la verde.

Eligió la incertidumbre del tri por encima de la grandeza histórica de la alvis celeste. Fue una decisión de identidad, no de currículum. Mientras muchos habrían corrido detrás del escudo más ganador, él se quedó con el del país que sentía suyo. Y conviene entender la dimensión de lo que estaba en juego. No hablamos de un trámite menor.

Hablamos de un futbolista que de haber dicho que sí pudo haber compartido vestidor con campeones del mundo, pudo haber peleado por torneos que México lleva décadas soñando. Sobre la mesa estaba la posibilidad de elegir el camino fácil hacia la gloria y él escogió el difícil. escogió cargar con el peso de un país que arrastra una eliminación dolorosa tras otra en las copas del mundo, que vive cada mundial entre la ilusión y la frustración.

escogió a México sabiendo que México es ante todo una promesa pendiente. Lo que Santiago no sabía es que esa lealtad, ese te elijo a ti. México estaba a punto de romperle el corazón de la peor manera, porque el país por el que renunció a todo le iba a cerrar la puerta justo en el momento más importante y lo que ocurrió después cambiaría su carrera para siempre.

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