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LLORABA POR JAPÓN… HASTA QUE BRASIL Y MÉXICO HICIERON LLORAR AL MUNDO 🇯🇵🇧🇷🇲🇽

Su rival Brasil. Brasil. Cinco veces campeón del mundo, la selección más laureada de la historia. Con Carlos Anchelotti en el banquillo, con Vinicius Junior, con Casemiro, con Bruno Guimaráes, con Martinelli esperando en la banca. Brasil que había arrollado a Suecia 5 a 1 en la fase de grupos. Brasil, que traía más de 14 partidos, invicto en la historia de los mundiales, un récord absoluto.

Brasil, que para Japón significaba el enemigo definitivo, la prueba final, la montaña que nunca habían podido escalar. El partido se jugó el 29 de junio en Houston, en el estadio NRG, a las 5 de la tarde, hora local. Y lo que sucedió dentro de esa cancha y sobre todo fuera de ella es lo que estamos aquí para contar.

Antes del partido, Houston ya era una fiesta. Más de 1000 aficionados brasileños marcharon por las calles de la ciudad camino al estadio. Iban cantando 1000 gols en honor a Pelé. Iban vestidos de amarillo con pelucas verdes con la cara pintada. Uno de ellos, un hombre llamado Ricardo, iba disfrazado de papa brasileño con sotana y mitra, bendiciendo a todo el que se le cruzara.

“La unión hace la fuerza,”, dijo Ricardo a través de un traductor. “Todos juntos somos más fuertes.” Pero también había japoneses. Un hombre llamado Yuki Yamada había viajado desde Tokio. “Estoy muy emocionado por este partido”, dijo mientras entraba al estadio. “Este es el partido más importante de mi vida”. Otro aficionado japonés, Keas Yamamoto, había manejado desde Chicago.

Tenía la cara pintada de blanco con el círculo rojo de la bandera nipona y llevaba en las manos algo que se volvería simbólico, una bandera de Japón cubierta de mensajes escritos por aficionados de todo el mundo. Cada persona que se acercaba a él le pedía una foto y a cambio Yamamoto les pedía que escribieran un mensaje en su bandera.

Cualquier cosa, algo positivo, algo amable, no importaba de qué selección fueran. Me piden tomarse una foto conmigo”, explicó Yamamoto y a cambio yo les pido que me dejen un mensaje, lo que sea, algo bueno, algo amistoso, sin importar si son rivales, jugadores o aficionados de Japón. Esa bandera llena de letras de decenas de personas que no se conocían entre sí, ya era un pequeño pedazo de lo que el mundial puede ser cuando deja de ser solamente fútbol. Silvatazo inicial.

El estadio NRG tiembla, más de 68,000 personas. La enorme mayoría vestida de amarillo, pero hay manchas de azul samurá por todas partes. Los japoneses están ahí en inferioridad numérica, pero no en pasión. El primer tiempo es un martirio para Brasil. Japón sale decidido, agresivo, sin miedo y al minuto 29 sucede lo impensable.

Kai Shusano intercepta un pase mal dado de la defensa brasileña, se lanza al espacio que dejaron los centrales, entra al área y dispara con derecha. ¡Gol! Japón 1, Brasil. El sector japonés del estadio enloquece. Banderas sondeando, gritos, abrazos, lágrimas de alegría. Por un momento, todo parece posible. Por un momento, el sueño de ganarle a Brasil, de ganar por primera vez un partido eliminatorio en un mundial, está al alcance de la mano.

Anchelotti no se inmuta, está sentado en su banca, inexpresivo, como si estuviera viendo llover, pero por dentro está calculando. Está esperando al descanso para meterle mano a su equipo, para cambiar lo que haya que cambiar y así lo hace. El segundo tiempo es otro partido. Brasil sale con otra intensidad, otro ritmo, otra hambre y al minuto 56 llega el empate.

Casemiro, el mismo que había quedado exhibido en el gol de Sano, se redime con un cabezazo tremendo. Centro perfecto de Gabriel Magalines. Cabezazo de Casemiro, gol. Brasil 1, Japón 1. El estadio ruge. La marea amarilla cobra vida y Japón empieza a retroceder. se mete atrás, cede el balón, intenta resistir, Vinicius Junior dispara y el portero Sion Suzuki lo desvía con las puntas de los dedos.

El balón pega en el poste. Brasil está encima. Japón se aferra con uñas y dientes. Los minutos pasan, el marcador no se mueve, uno a uno. Si termina así, habrá tiempo extra. Y Japón, con su espíritu, con su disciplina, con esa capacidad japonesa de no rendirse nunca, podría tener una oportunidad. Pero entonces llega el minuto 90 y luego el tiempo añadido.

El árbitro da 6 minutos de compensación y en el minuto 90 + 5, en el último aliento del partido, sucede. Bruno Guimaráes recupera el balón. Japón intenta salir jugando desde atrás, pero comete un error inocente. La pelota llega a Martinelli que había entrado de cambio. Martinelli está dentro del área, dispara cruzado.

El balón pega en el poste interior y entra. Brasil 2, Japón 1. En el minuto 96. Otra vez. Otra vez en el último segundo. Otra vez el sueño japonés muere en la agonía. El estadio es un volcán de alegría brasileña. Martinelli corre descontrolado. Los suplentes de Brasil saltan de la banca. Los aficionados brasileños se abrazan, lloran, gritan. Es el éxtasis total.

Pero en algún lugar de las gradas un hombre japonés no se mueve. Hay que detenerse aquí un momento. Hay que pensar en lo que significa este instante para alguien que cruzó el planeta entero para estar ahí. No estamos hablando de un aficionado casual que vio el partido por televisión y dijo, “Qué lástima.

” Y cambió de canal. Estamos hablando de alguien que ahorró durante años para comprar ese boleto, que planeó ese viaje como se planea el acontecimiento más importante de una vida, que probablemente pidió días en el trabajo, que hizo sacrificios que nosotros no podemos imaginar. Para muchos aficionados japoneses, ir a un mundial es algo que se hace una vez en la vida.

Alesandro Pereira, un brasileño que viajó desde Río de Janeiro a Houston para este partido, lo dijo mejor que nadie. Esto es como un sueño. Llevo 2 años planeándolo. Es un viaje caro, claro, pero es un sueño y esto lo haces una vez en la vida. Si eso dice un brasileño, imaginen lo que significa para alguien que viene de Japón a 11,000 km de distancia, donde los boletos de avión cuestan una fortuna.

donde las entradas al estadio se pagan a precio de oro, donde la diferencia horaria y la barrera del idioma convierten cada paso del viaje en una aventura. Y ahora imaginen que todo eso, todo ese esfuerzo, toda esa ilusión, toda esa esperanza acumulada durante años se derrumba en un solo segundo, en el minuto 96, con un gol que pega en el poste y entra y de pronto todo terminó.

Eso es lo que siente ese hombre sentado en las gradas del estadio NRG de Houston. Eso es lo que expresan sus lágrimas. No es solo fútbol, es la vida entera concentrada en 96 minutos que terminaron de la peor manera posible. Suena el silvatazo final y la cámara de transmisión comienza a recorrer las gradas, busca celebraciones brasileñas, busca la euforia del ganador y entonces lo encuentra. Está de pie ahora.

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