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Farahnaz Pahlavi: 3 INTENTOS de Suicidio… ¿Por Qué Nadie la Salvó?

Se trajeron 50,000 flores desde Europa para decorar las salas porque las flores iraníes no eran suficientes para el nivel de magnificencia que el Sha tenía en mente. El Sha vistió una túnica bordada con 150,000 gemas preciosas. Su trono era de oro macizo, incrustado con piedras preciosas que eran en sí mismas pequeñas historias de conquistas pasadas.

Vinieron presidentes, reyes, jefes de estado de todos los continentes. El mundo entero miraba a Teerán aquella noche y veía un imperio en su apogeo, una civilización que había decidido proyectarse al futuro sin soltar el pasado. Y Faranás, todavía demasiado pequeña para entender el peso de lo que veía, observó todo desde los brazos de su madre, con esa expresión entre asombrada y levemente divertida, que solo tienen los niños cuando el mundo adulto lo supera por completo.

Lo que nadie imaginaba en esa noche de gloria era que esa misma corona 12 años después sería arrancada del poder para siempre, que el imperio que aquella noche parecía eterno, se desintegraría en semanas y que la niña que miraba desde los brazos de su madre cargaría el resto de su vida con el peso de haber nacido en el centro exacto de todo aquello.

Nadie lo vio venir. O tal vez sí lo vieron y simplemente no quisieron creerlo. Desde 1970, Farnas asistió a la escuela especial de Niabarán, una institución privada diseñada para los hijos de la élite iraní y de los miembros de la familia imperial. Sus compañeras eran hijas de ministros, embajadores y generales.

Sus maestras hablaban en farsi, francés e inglés con la misma fluidez que se exigía en los mejores colegios de Europa. Y Faragnas, según quienes la conocieron en esos años, era una estudiante curiosa, profundamente sensible, propensa a las preguntas filosóficas que ningún maestro podía responder del todo satisfactoriamente. Era la niña que preguntaba por qué el mendigo, sentado afuera de los muros del palacio no tenía zapatos, mientras ella tenía 12 pares en distintos colores.

Era la niña que lloraba cuando veía sufrir a un animal. Era la niña que en medio de toda esa riqueza que otros habrían visto solo como privilegio, parecía llevar ya un peso invisible sobre los hombros, como si su sensibilidad fuera demasiado grande para el cuerpo que la contenía. como si el mundo se le metiera dentro con una intensidad que nadie más parecía experimentar de la misma manera.

Su madre, la emperatriz Fara, era una presencia dominante en su vida y esa presencia no era la de una reina distante que ve a sus hijos dos veces por semana con la formalidad de quien cumple una obligación. Fara era una madre genuinamente involucrada en la crianza de sus hijos con el entusiasmo cultural de una mujer que había estudiado arquitectura en París antes de casarse con el hombre más poderoso de Persia.

Le leía a Farahnas las grandes obras de la literatura persa, le hablaba de Jafiz y de Rumi y de Foro Farroxad, la poeta que había redefinido lo que significaba ser mujer y tener voz en el Irán del siglo XX. le enseñaba que ser mujer en el Irán moderno significaba algo diferente a lo que el resto del mundo presuponía. Las mujeres iraníes podían votar desde 1963, podían estudiar en universidades, podían trabajar en todos los sectores del estado.

Era un progreso real, concreto, visible en las calles y en las aulas de Teerán, aunque construido sobre una estructura política que no admitía disidencia de ningún tipo. Y ahí estaba la contradicción que la pequeña Farnas no podía articular, pero intuía con la claridad de los niños que son demasiado sensibles para ignorar lo que no está dicho.

Vivía en un país que era moderno y progresista en muchos sentidos visibles, pero donde el miedo operaba en los sótanos de la sociedad de una manera que todos sentían, aunque nadie pudiera nombrarlo en voz alta, dentro de los muros del palacio. La Sabac, la policía secreta del sha, fundada en 1957, era el instrumento de una represión que existía en paralelo al progreso y que lo contamina en retrospectiva.

Torturaba, encarcelaba, hacía desaparecer. Era el reverso oscuro del milagro económico iraní, la sombra que nadie mencionaba en los salones donde se celebraban los contratos petroleros. Farajnas no sabía nada de eso con la precisión de los adultos, pero los niños sienten lo que los adultos deciden no ver. Mientras tanto, afuera de los muros del palacio, Irán era un país en transformación acelerada y contradictoria.

El Sha había lanzado en 1963 la llamada Revolución Blanca, un ambicioso programa de modernización que redistribuyó tierras, concedió el voto a las mujeres, expandió la educación pública y construyó hospitales en regiones que nunca habían tenido médico. En 20 años, Irán había pasado de ser un país predominantemente rural y analfabeto a tener universidades de nivel internacional y una clase media urbana. educada y aspiracional.

El ingreso per cápita había multiplicado por 10 en dos décadas. Teerán en 1975 era una ciudad cosmopolita con discos, cines, galerías de arte y mujeres con minifalda que compartían las calles con los clérigos que las miraban con una mezcla de desaprobación y de rabia creciente. Esa rabia creciente era el elemento que el Sha subestimó de manera fatal.

A medida que pasaban los años de la segunda mitad de los 70, el clima político en Irán comenzó a cambiar de maneras que incluso un niño podía percibir si agusaba los sentidos. Las protestas se multiplicaban en las calles. Los hayatolás hablaban desde sus mezquitas con un fervor que encendía a multitudes enteras. El ayatoláa Rujola Comini, exiliado primero en Irak y luego en París, enviaba cetes con sus sermones que circulaban de mano en mano por todo el país, como si fueran reliquias sagradas, como si sus palabras tuvieran el poder físico de transformar la

realidad. Y el Sha, enfermo de un linfoma que mantenía en secreto con una obstinación que rayaba en lo imposible, tomando decisiones cada vez más inconsistentes, un día concediendo libertades, al día siguiente ordenando represiones sin encontrar el equilibrio que hubiera podido quizás cambiar el rumbo.

Sus generales le pedían autorización para usar la fuerza total. Él ya no la daba. Había algo en él, en el fondo de todo ese poder acumulado, que no podía ordenar la masacre de su propio pueblo, aunque su propio pueblo lo estuviera echando. Farnas tenía 15 años cuando el mundo que conocía empezó a desmoronarse con una velocidad que ni el más pesimista de los analistas hubiera podido predecir exactamente.

Los meses finales de 1978 fueron una tormenta que no paraba. El humo de los incendios entraba por las ventanas del palacio en días en que el viento soplaba desde el sur. En las calles de Teerán, multitudes de millones de personas marchaban con retratos de Comomeini en las manos. En las noches, los gritos de muerte al shagin de Niabarán con una claridad que no admitía interpretaciones eufemísticas.

La familia observaba desde adentro como el mundo que habían construido se deshacía con una velocidad aterradora y los valices comenzaron a llenarse en silencio con aquello que puede llevarse cuando un país se derrumba. Joyas, documentos, fotografías. Las cosas que uno piensa que son las más importantes hasta que llega el momento de elegir y descubre que las más importantes son las que no caben en ninguna maleta.

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