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Entró de incógnito a su propio restaurante de lujo en la capital y descubrió el aberrante secreto que el gerente ocultaba.

Entró de incógnito a su propio restaurante de lujo en la capital y descubrió el aberrante secreto que el gerente ocultaba.

[PARTE 1]

“Sirve la botella de ochenta mil pesos y sonríe, o mañana mismo estás en la calle.”

Emiliano Garza escuchó el susurro venenoso a menos de dos metros de su mesa.

A sus 45 años, Emiliano era el dueño absoluto de Grupo Garza, un imperio gastronómico valuado en más de mil millones de pesos.

Pero esa noche de lluvia en la Ciudad de México, sentado en la esquina más oscura de “La Cúspide”, su restaurante más prestigioso en la avenida Presidente Masaryk, nadie sabía quién era.

Había dejado el traje a la medida y el reloj suizo en su mansión de las Lomas de Chapultepec.

Vestía una chamarra negra sencilla, buscando entender por qué su local estrella generaba tantas ganancias económicas, pero escondía una rotación de personal tan alarmante.

La respuesta estaba justo frente a sus ojos.

Una joven camarera de unos veinticuatro años sostenía una botella de champán francés con las manos temblorosas.

Su gafete dorado decía “Valeria”.

Tenía ojeras profundas mal disimuladas con maquillaje y los nudillos blancos por la fuerza con la que aferraba la botella.

En la mesa, un grupo de hijos de políticos arrogantes reían a carcajadas, ignorándola por completo mientras ella llenaba sus copas de cristal.

Uno de ellos chasqueó los dedos frente al rostro de Valeria para pedirle un cenicero, tratándola con el desprecio reservado para los objetos.

Valeria se mordió el labio inferior con tanta fuerza que Emiliano pensó que lo haría sangrar.

Sus ojos estaban rojos, inundados por lágrimas que se negaban a caer.

Detrás de ella apareció Héctor, el gerente general del restaurante.

Emiliano recordaba haber felicitado a Héctor hace unos meses por aumentar la rentabilidad del lugar en un treinta por ciento.

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