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La escena prohibida de María Félix que Hollywood hizo desaparecer

Una mujer mexicana de piel morena, con acento extranjero, acababa de hacer algo que ninguna actriz, ni americana, ni europea, ni de ningún otro lugar del mundo, había logrado jamás y por eso tenía que desaparecer. La actriz se llamaba María Félix y lo que filmó en esos 7 minutos cambiaría para siempre la forma en que Hollywood trataba a las actrices latinas, aunque el mundo tardaría más de 50 años en saberlo.

Por cierto, si creciste admirando a mujeres fuertes como María Félix, este canal es tu lugar. No ouv suscribirte para seguir escuchando historias como esta, historías que merecen ser recordadas. Para entender lo que pasó en esa bóveda de Columbia Pictures, hay que regresar unos meses atrás, a septiembre de 1950. María Félix tenía 36 años y era, sin discusión alguna, la mujer más poderosa del cine en español.

Había filmado más de 30 películas. Era la cuarta actriz más fotografiada del mundo. Después de Marilyn Monro, Sofía Loren y Marlén Dietrich. Vestía Dior, cenaba con presidentes, rechazaba a Millonarios y vivía exactamente como le daba la gana en una época donde las mujeres no tenían permiso de vivir así. Hollywood la había buscado durante años.

Cada 6 meses llegaba una carta, una llamada, un emisario con un contrato y una sonrisa. “Señorita Félix”, le decían. Hollywood la quiere. Tenemos el papel perfecto para usted. Y cada se meses María leía el guion y lo tiraba a la basura porque el papel perfecto siempre era el mismo. La amante mexicana, la seductora exótica, la mujer peligrosa con acento que seducía al protagonista blanco y moría en el tercer acto.

Lupita, su asistente de toda la vida, recordaría años después como María reaccionaba a cada oferta. Mira esto, Lupita. decía aventando el guion sobre la mesa. ¿Quieren que sea la criada que seduce al patrón o la bandida que muere por el gringo o la bruja del pueblo que todos temen? Siempre la misma basura con diferente título.

Lupita recogía el guion y lo leía. A veces le decía, “Pero doña María, este paga muy bien. Podrían ser $200,000.” María la miraba con esos ojos que podían derretir acero. ¿Sabes cuánto vale mi dignidad, Lupita? Más que todo Hollywood junto. No voy a cruzar la frontera para que me reduzcan a un estereotipo con labios pintados.

Si me quieren, que me escriban un papel de ser humano, no de caricatura. Pero en septiembre de 1950, algo diferente llegó a manos de María. No fue una carta del estudio ni un agente con sonrisa falsa. Fue un guion enviado directamente por un director sin intermediarios, sin sellos corporativos. Él sobredecía simplemente para María Félix, la única actriz del mundo que puede hacer este papel.

El director se llamaba Robert Rosen. Era un hombre complicado, brillante y autodestructivo a partes iguales. Había dirigido cuerpo y alma y estaba por filmar el político, la película que le ganaría el Óscar y que retrataba con visturí la corrupción del poder americano. Rosen era un hombre que odiaba las mentiras de Hollywood, tanto como María las odiaba.

Había sido citado ante el Comité de Actividades antiamericanas por sus simpatías comunistas. Su carrera pendía de un hilo y en medio de ese caos personal había escrito un guion que solo una actriz podía protagonizar. El guion se llamaba de Mirror, el espejo. María lo leyó en una noche. Cuando terminó eran las 4 de la mañana.

Lupita la encontró sentada en su sala con el manuscrito sobre las piernas y lágrimas en los ojos. Doña María, ¿qué pasa? ¿Está bien? Encontré mi película. Lupita, después de 10 años de basura, alguien en Hollywood finalmente escribió la verdad. El guion era devastador. La historia seguía a una actriz mexicana que llega a Hollywood con la promesa de un gran papel.

El estudio la recibe con alfombra roja, la instala en una mansión, le asigna un coach de dicción para suavizar su acento. Todo parece perfecto hasta que la actriz descubre la verdad. El papel que le prometieron ha sido reescrito. Ya no es la protagonista fuerte e inteligente del guion original. Ahora es la amante exótica, la tentación latina, el objeto decorativo con curvas y sin cerebro.

Y cuando confronta al jefe del estudio, cuando le dice que eso es una mentira, que las mujeres mexicanas no son objetos ni estereotipos, el jefe le dice con toda frialdad, “Querida, en Hollywood tú eres lo que nosotros decidimos que seas.” El guion era ficción, pero todos sabrían que era real.

Era la historia de cada actriz latina que había cruzado la frontera con sueños y regresado con cicatrices. Era la historia de Dolores del Río, de Lupe Vélez, de Ritaw, que tuvo que cambiar su nombre de Margarita Cancino y teñirse el pelo para que Hollywood la aceptara. Era la historia de todas. María llamó a Rosen esa misma mañana.

La línea cruzó la frontera con estática. Señor Rosen, leí su guion. Rosen no era hombre de formalidades. Y María hizo una pausa. Es lo más honesto que he leído en mi vida. Nadie en Hollywood ha tenido el valor de escribir esto. Entonces lo harás. Fue más afirmación que pregunta. Lo haré, respondió María, pero con una condición. No cambiarán una sola línea.

No suavizarán nada. No harán que mi personaje sonría al final para que el público se sienta cómodo. Si hacemos esto, ¿lo hacemos con la verdad completa o no lo hacemos? Rosen río al otro lado de la línea. Una risa áspera de fumador. Por eso te elegí a ti, María. Eres la única actriz que pone condiciones antes que contratos.

Hay otra razón, dijo María. ¿Cuál? Porque sé que usted también tiene algo que perder. Un hombre que no tiene nada que perder no escribe con esta honestidad. Rosencaló un momento, luego habló despacio. Me van a destruir por esta película. A ti también probablemente. Está dispuesta. Señor Rosen, llevo 36 años siendo indestructible.

No voy a empezar a tener miedo ahora. Rosson Colgo. María miró a Lupita. Prepara las maletas. Nos vamos a Hollywood. Pero doña María y sus compromisos aquí, las películas con Emilio, todo puede esperar. Esto no puede. Lupita conocía esa mirada, la misma mirada que había visto cuando María dejó a su primer marido, cuando rechazó a Hollywood la primera vez, cuando se paró frente a un presidente y le dijo sus verdades.

Era la mirada de una mujer que ya había tomado una decisión y nada en el universo la haría cambiarla. Noviembre de 1950. María Félix llegó a Los Ángeles en un vuelo de Panamerican. En el aeropuerto la esperaba un auto negro del estudio y un joven asistente de producción que no dejaba de sudar. Señorita Felix, bienvenida a Hollywood.

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