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La confesión prohibida de María Félix que su hijo hizo desaparecer

Lupita, que entonces apenas la conocía, le contó años después a un periodista que nunca había escuchado a un ser humano llorar así, como si le arrancaran algo de adentro con las manos. María Félix construyó toda su carrera cinematográfica, toda su imagen de mujer invencible, toda su armadura de diamantes y frases mortales sobre las cenizas de esa pérdida.

Cada película que filmó, cada hombre que conquistó, cada escenario que dominó, cada frase lapidaria que lanzó contra quien se atreviera a desafiarla, todo era un intento de llenar el vacío que le dejó perder a su hijo. La industria del cine mexicano la recibió como una diosa. En 1943 debutó en El Peñón de las Ánimas y México descubrió a una criatura que no se parecía a nada que hubieran visto antes.

No era la mujer sumisa del melodrama clásico. No era la madre sacrificada. No era la novia virginal. Era algo nuevo, algo peligroso, algo que fascinaba y aterraba al mismo tiempo. Era una mujer que miraba a los hombres directamente a los ojos y no bajaba la mirada. Y el país se enamoró de ella con la misma fuerza con la que le temía.

Pero mientras México adoraba a María Félix, la actriz, María Félix, la madre vivía en un infierno privado. Veía a Enrique esporádicamente cuando su exmarido lo permitía. El niño crecía lejos de ella, educado para creer que su madre lo había abandonado, que había preferido la fama al amor de su hijo, que era una mujer fría que solo pensaba en sí misma.

Álvarez a la Torre se aseguró de envenenar la relación desde la raíz y lo logró. Enrique creció con una imagen distorsionada de su madre. Para él, María Félix no era la doña, no era la leyenda, no era la mujer más bella de México, era la mujer que lo abandonó, la que eligió el cine sobre él, la que prefería los aplausos de desconocidos al amor de su propio hijo.

Y esa herida se convirtió en resentimiento, el resentimiento en distancia, la distancia en un muro que ninguno de los dos supo como derribar durante décadas. Enrique siguió los pasos de su madre y se convirtió en actor. Algunos dijeron que lo hizo para estar cerca de ella, para entrar en su mundo.

Otros dijeron que lo hizo para demostrarle que él también podía brillar sin ella. La verdad probablemente estaba en algún punto medio. Debutó en los años 50 y tuvo una carrera respetable, no brillante como la de su madre, pero sólida. Actuó en telenovelas, en teatro, en algunas películas. El público lo conocía como el hijo de María Félix, una etiqueta que lo persiguió toda su vida y que el odiaba con una intensidad que pocos conocieron.

Porque ser hijo de María Félix significaba vivir permanentemente a la sombra de una mujer más grande que la vida misma. Significaba que cada logro suyo era minimizado, cada fracaso amplificado, cada relación personal analizada bajo la lupa de quién era su madre. Septiembre de 1974. María Félix tenía 60 años.

Había filmado su última película 4 años antes, la generala en 1970. Vivía en su casa de Polanco, rodeada de arte, de recuerdos, de una soledad que disfrazaba de independencia. Alexander Berger, su quinto esposo, el banquero francés que le había dado estabilidad emocional durante años, había muerto ese mismo año, en 1974. María estaba sola de una manera que no había experimentado antes.

No sola de pareja, eso lo había vivido muchas veces, sola de propósito. Por primera vez en su vida no tenía una película que filmar, un hombre que conquistar, un escenario que dominar. Y en esa soledad, los fantasmas que había mantenido a raya durante décadas empezaron a hablar. El fantasma más ruidoso era Enrique.

Su hijo tenía 40 años. Su relación era un desastre cuidadosamente disfrazado de cordialidad. Se veían en eventos públicos, sonreían para las cámaras, intercambiaban besos en las mejillas que no significaban nada. Pero en privado las conversaciones eran breves, forzadas, llenas de silencios que pesaban toneladas.

María quería acercarse. Enrique la mantenía a distancia y ninguno de los dos sabía cómo romper el patrón que llevaban repitiendo 36 años. La idea de la grabación surgió de la manera más inesperada. María había asistido a una cena en casa de un diplomático francés donde conoció a un psiquiatra argentino que trabajaba con un método poco convencional.

le dijo que muchos de sus pacientes, personas que cargaban secretos de toda una vida, encontraban paz al grabar sus confesiones en audio, no para publicarlas, no para que nadie las escuchara, solo para sacarlas de dentro, para darle forma a lo que no tenían palabras. El acto de hablar en voz alta frente a una grabadora, dijo el psiquiatra, tiene un poder curativo extraordinario.

Es como escribir una carta que nunca envías, pero más poderoso porque escuchas tu propia voz diciendo verdades que jamás te atreviste a pronunciar. María lo miró fijamente con esos ojos que habían destruido hombres más poderosos que un psiquiatra argentino. Y usted cree que yo necesito curación. El psiquiatra sonrió.

Señora Félix, todos la necesitamos, incluso las leyendas, especialmente las leyendas, porque las leyendas son las que más secretos cargan. María no respondió, pero esa noche, en su limusina camino a casa, pensó en la idea y no dejó de pensar en ella durante tres semanas. Tres semanas después, María compró un equipo de grabación profesional, un Rebox a 77, la misma máquina que usaban los estudios de radio más importantes de México.

Lo instaló en su estudio privado, un cuarto que nadie podía entrar sin su permiso. Un cuarto lleno de libros, de fotografías enmarcadas, de recuerdos de una vida vivida a una intensidad que pocos seres humanos podrían soportar. Probó la máquina durante días. Se grababa y se escuchaba. Se borraba y volvía a grabar. No le gustaba su voz.

Le sonaba falsa, impostada, como la voz de María Félix, la actriz, no la de María Félix, la persona. Lupita la encontró una tarde hablándole a la grabadora como si fuera un ser humano. “Señora, ¿qué hace? Practico”, respondió María, “pero no para una película, para algo mucho más difícil. ¿Qué puede ser más difícil que una película? La verdad, dijo María y Lupita entendió que algo grande estaba por suceder.

La noche del 17 de septiembre de 1974, María Félix se encerró en su estudio, encendió el rebox a 77, se sirvió una copa de coñac, encendió un cigarrillo francés y empezó a hablar y no paró durante 3 horas y 47 minutos. Lo que dijo en esa grabación solo lo supieron. durante años tres personas, María, Lupita y eventualmente Enrique.

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