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Gina Lollobrigida: Pasó Toda una Vida Huyendo de los Cazafortunas… Hasta que Uno la Venció

Gina Lollobrigida: Pasó Toda una Vida Huyendo de los Cazafortunas… Hasta que Uno la Venció

El mundo entero la llamó durante casi 70 años la mujer más bella del planeta. Reyes, millonarios y estrellas de cine hicieron fila para conquistarla. Y sin embargo, en los últimos años de su vida, esa misma mujer firmaba papeles que no entendía en una casa que se vaciaba poco a poco, mientras un hombre 40 años más joven que ella se llevaba pieza por pieza.

la fortuna que ella había construido durante toda una vida. Un tribunal de Roma terminó declarando algo que parecía imposible de creer, que la mujer más deseada del siglo XX ya no era capaz de proteger su propio dinero, que necesitaba a alguien que decidiera por ella, que estaba, según los expertos que la examinaron, en un estado de fragilidad y aislamiento.

Piénsalo un segundo. La misma mujer a la que Howard Huges encerró en un hotel de lujo para que aceptara casarse con él. La misma a la que un príncipe persiguió antes de casarse con otra. La misma cuyo rostro estuvo en las portadas de medio mundo. En una época en la que para ser famoso de verdad había que conquistar el corazón del planeta entero y terminó así, despojada, aislada, sola.

Esta no es solo la historia de una gran belleza, es la historia de lo que le pasa a una mujer que se pasa la vida entera defendiéndose de los hombres que la desean por las razones equivocadas y que al final, justo al final, baja la guardia una sola vez y esa única vez le cuesta todo. Hay villas en Roma que lo han visto todo.

lámparas de cristal, paredes cubiertas de cuadros, vitrinas con joyas, estatuas que ella misma había esculpido con sus propias manos. Esa casa durante décadas fue el museo privado de una leyenda y en sus últimos años, según contaría después su propia familia, esa casa se fue quedando vacía. Desaparecían cosas, se vendían propiedades, entraban y salían personas.

Y en el centro de todo, una anciana de 90 años a la que el mundo seguía recordando joven y radiante, pero que ya no mandaba del todo en su propia vida. Imagina la escena. Una mujer que cenó con reyes, que rechazó a millonarios, que fue portada en cuatro continentes, sentada en su salón, mientras a su alrededor se va vaciando poco a poco el imperio que construyó con su trabajo, las paredes que antes lucían sus tesoros cada vez más desnudas.

Y ella, con su memoria de un siglo entero, recordando los aplausos, las cámaras, los focos de Sinhitá, sin terminar de comprender del todo cómo había llegado hasta ese silencio. La distancia entre lo que fue y lo que terminó siendo es una de las más brutales que ha conocido el siglo XX. Para entender cómo se llega hasta ahí, hay que volver al principio, muy al principio, a un pueblo de montaña donde nadie, absolutamente nadie, podía imaginar que aquella niña delgada, hija de un carpintero, iba a convertirse en un símbolo mundial del deseo y de la

belleza. 4 de julio de 1927. Subiaco, un pueblo pequeño encajado entre las montañas de la región del Lazio, a unos kilómetros de Roma. Calles empinadas, piedra antigua, el eco de las campanas rebotando contra la roca. En la casa de la familia Loyo Brígida nace la segunda de cuatro hijas. La llaman Luigina.

Con los años el mundo entero la conocerá por una sola palabra. Gina, su padre Giovanni fabrica muebles. No son pobres, pero tampoco les sobra nada. En aquella Italia de los años 30, gobernada con mano dura por Mussolini, la familia vive con dignidad y con cálculo. Cada lira cuenta. Las cuatro hermanas crecen entre serín, herramientas y madera en un hogar donde el trabajo es una religión.

Y la pequeña Gina recibe algo que muchas niñas de su época no tienen. Clases de canto, de dibujo, de idiomas. Hay en ella, desde el principio, una energía que llama la atención, una manera de mirar al mundo de frente, pero la infancia tranquila se rompe de golpe. Llega la guerra y la guerra no perdona a nadie, ni siquiera a un pueblo de montaña perdido en el lacio.

Los bombardeos alcanzan la región, la familia lo pierde casi todo, el taller del padre, la casa, la seguridad. De un día para otro, los brígida pasan de vivir con holgas familias italianas en aquellos años, la guerra los arroja a los caminos, con lo puesto, hacia la única ciudad donde quizás se pueda sobrevivir. Roma.

Pero Roma en esos años también es una ciudad rota, hambre, escombros, toques de queda, miedo en cada esquina. Y en medio de todo eso, un adolescente que entiende muy pronto que en casa hace falta dinero y que ella tiene algo que puede convertirse en dinero, empieza a posar. Todavía no para artistas famosos, posa para los fotoromances, esas revistas populares que en lugar de dibujar a sus personajes, los fotografiaban con actores reales.

Le pagan poco, pero ese poco entra en casa. Y en casa cada moneda es una pequeña victoria contra el hambre. Imagina esos años. Una adolescente que recorre una Roma de posguerra llena de soldados, de escombros y de gente que busca cómo llegar al día siguiente. Italia entera estaba de rodillas. Las familias se las arreglaban con lo que podían y los lolobríguida, que habían tenido una vida digna en su pueblo, ahora contaban cada lira. Gina lo vivió todo.

El miedo, la escasez, la sensación de que el suelo podía abrirse bajo los pies en cualquier momento. Esa experiencia, la de haberlo perdido todo siendo casi una niña, no se olvida nunca. Marca para siempre la manera en que una persona se relaciona con el dinero, con la seguridad, con la confianza y marcó la suya como un hierro al rojo.

Hay algo que conviene entender de esa niña que se hace mujer entre las ruinas. Aprende demasiado pronto que su cara y su cuerpo valen, que los hombres se quedan mirándola por la calle, que esa mirada puede abrir puertas y aprende al mismo tiempo a desconfiar profundamente de esa mirada, porque hay una herida de esos años de la que Gina apenas habló y solo al final de su larga vida.

Según contó ella misma, ya anciana, fue víctima de una violencia siendo muy joven, una herida que cargó en silencio durante décadas, una vergüenza que, según sus propias palabras, jamás pudo lavarse del todo. No vamos a entrar en detalles que no nos corresponden, pero hay que nombrarlo con respeto, porque explica algo esencial de la mujer que vino después.

Detrás de la sonrisa que iluminaría las pantallas del mundo entero había una desconfianza antigua, una coraza levantada muy temprano. La certeza aprendida del peor modo de que ser deseada también puede ser una forma de peligro. Y aún así, en medio de todo eso, Gina sueña, pero presta atención porque esto es importante. No sueña con ser actriz.

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