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JESÚS Arellano: from LEGEND to FUGITIVE… The dirtiest SECRET of his blood and the national SHAME

Esos primeros años con los Rayados fueron de consolidación progresiva. El talento era evidente desde el primer día para cualquiera que lo observara en el campo. Pero el fútbol profesional exige más que talento. exige consistencia durante meses y años, adaptación táctica constante, la capacidad de rendir bajo presión de campeonato, de mantenerse relevante temporada tras temporada en un entorno donde cada ventana de fichajes llegan jugadores nuevos con el mismo sueño y el mismo hambre que tú tenías cuando llegaste. El cabrito aprendió todo eso,

no de golpe. Con el tiempo y con los kilómetros recorridos en entrenamiento y en partido, se convirtió en titular indiscutido. Empieza inamovible del sistema ofensivo Regio Montano en el jugador al que el estadio esperaba ver recibir el balón por la derecha para ponerse de pie anticipando el encar que vendría.

Su estilo era el del extremo tradicional que el fútbol moderno ha ido eliminando de los esquemas tácticos por considerarlo demasiado especializado para los sistemas de hoy. Sin entender que cuando es extremo puro es verdaderamente bueno, cuando tiene la velocidad, la técnica y el instinto que Arellano tenía, eh ningún defensor del mundo puede pararlo en un duelo individual de forma consistente.

El cabrito era ese extremo, no era un media punta reconvertido que a veces se abría la banda cuando el técnico lo pedía. No era un delantero que generaba espacios alejándose del área para que otros entraran. Era un extremo puro en el sentido más esencial del término. Su función era recibir abierto, encarar al defensor que tuviera enfrente sin importar quién fuera, sean defensas nacionales o internacionales, y generar peligro constante hacia la portería rival.

Solo eso y lo hacía mejor que casi cualquier otro jugador de su posición en el fútbol mexicano de los años 90 y la primera década del siglo XXI. La selección mexicana lo notó pronto. Bora Milutinovic y el técnico serbio que dirigió a México en múltiples torneos con resultados que la afición nacional todavía recuerda con cariño. Lo hizo debutar con el equipo mayor el 2 de febrero de 1996.

tenía 22 años y desde ese debut hasta que disputó su último partido con el Tri, el cabrito fue una presencia constante, a veces titular indiscutido, a veces alternativa poderosa que entraba desde el banco para desequilibrar, pero siempre presente en los planes de los técnicos que se sucedieron en el banquillo nacional durante ese periodo.

Piensa en eso un momento. En el fútbol internacional, la carrera promedio de un jugador de selección en México en esa época rondaba los cinco o 6 años de convocatorias regulares antes de que los cambios generacionales los dejaran fuera. ser llamado al triante más de una década. Jugar tres copas del mundo seguir siendo relevante para los técnicos nacionales desde los 23 hasta los 33 años.

Eso no es algo que les ocurre a todos los futbolistas por mucho talento que tengan. Eso requiere una consistencia de rendimiento que va mucho más allá del talento puro. Requiere trabajo diario, disciplina personal, la capacidad de reinventarse cuando el cuerpo empieza a cambiar y la velocidad ya no es la misma y hay que compensar con otros atributos.

En 1998, la selección mexicana llegó a la Copa del Mundo de Francia, dirigida por Manuel La Puente, con un equipo que los analistas internacionales no consideraban entre los favoritos a llegar lejos en el torneo. El contexto era complicado, como suele serlo, para México en los grandes torneos y en medio de todas esas circunstancias y expectativas moderadas, se un extremo derecho de 25 años oriundo de Monterrey, se convirtió en una de las revelaciones del torneo.

Para quienes vieron ese mundial con atención, fue en el partido contra Bélgica en la fase de grupos, donde el cabrito dejó su huella más memorable en esa Copa del Mundo. México perdía 2 a0 y el partido parecía irreversiblemente cerrado. La derrota hubiera complicado enormemente las opciones del equipo de avanzar.

Lo que ocurrió en los minutos siguientes fue una de esas secuencias que quedan grabadas permanentemente en la memoria colectiva del fútbol mexicano. Una jugada iniciada por el cabrito por la derecha con esa velocidad que los defensores belgas no podían contener, generó el movimiento que terminó en el primer gol mexicano.

México terminó empatando 2 a dos y siguió vivo en el torneo. El nivel que mostró Arellano en esa Copa del Mundo fue tan alto que al terminar el certamen lo tentó el Chevo Verona de la Serie A italiana. que en esa época era uno de los clubes con más proyección ascendente del fútbol italiano. El interés no era simbólico, era una oferta real de dinero real en Europa.

la rechazó, eligió volver a Monterrey y esa decisión fue entendida y celebrada por toda la afición regiomontana como la confirmación máxima de lo que ya creían de él, que era uno de los suyos de verdad, que el dinero europeo no lo compraría, que para el cabrito ser rayado no era un contrato, sino una identidad. Ese tipo de lealtad narrativa es la que construye las leyendas más grandes en el fútbol local.

Grábate esto. En 1999 fue parte del equipo de la selección mexicana que ganó la Copa Confederaciones. No llegó a semifinales, no fue subcampeón, levantó el trofeo como campeón. Eso no lo consiguen muchos jugadores en sus carreras internacionales. En 2001, México llegó a la final de la Copa América de Colombia, terminando como subcampeón continental en un torneo donde el equipo mexicano dio una de sus mejores actuaciones en competiciones de la CONMEBOL.

Participó también en la Copa Confederaciones de 2001. En 2002 fue al mundial de Corea y Japón, donde la selección llegó a octavos de final con una actuación colectiva que entusiasmó a todo el país. Y Arellano tuvo un papel relevante como motor del juego ofensivo mexicano desde las bandas. Tan relevante que el Chievo Verona volvió a interesarse al terminar el torneo y el cabrito volvió a decir que no.

Eh, esa segunda negativa a marcharse a Europa tiene una importancia simbólica que en su momento fue enormemente valorada y celebrada. El relato era perfecto y redondo. El jugador que podría haber tenido el dinero europeo y la fama internacional eligió su barrio, su club, su ciudad, su gente. Es exactamente el tipo de historia que construye leyendas que trascienden lo deportivo y se convierten en parte de la identidad de toda una comunidad.

El tipo de historia que hace que cuando un gobernador busca un deportista al que entregarle la medalla más alta del estado, ese nombre salga primero sin necesidad de deliberación. El momento cumbre de su carrera con la selección llegó en 2003 en la Copa de Oro de la Concacaf, el torneo regional más importante del fútbol en la zona que agrupa América del Norte, Centroamérica y el Caribe.

México llegó como favorito, como casi siempre en ese certamen, pero los torneos no se ganan siendo favorito en el papel. Se ganan jugando. México ganó y al final del torneo, cuando los organizadores entregaron el balón dorado al mejor jugador de la competición, el nombre que leyeron fue el de Jesús Arellano.

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