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Lucía Bosé: Tuvo un Romance SECRETO con CAMILO SESTO… Y casi va a la CARCEL por PICASSO…

Lucía Bosé: Tuvo un Romance SECRETO con CAMILO SESTO… Y casi va a la CARCEL por PICASSO…

El 9 de marzo de 1955, 8 días después de la boda más comentada de la década, una actriz fue hallada muerta [música] en su casa de Ciudad de México. La encontró su propia ama de llaves al entrar a la habitación pasado el mediodía. En la mesilla de noche había tres cartas de despedida. En su mano derecha sostenía una fotografía.

 En esa foto estaba el hombre que 8 días antes se había casado en Las Vegas con otra mujer, una italiana de 24 años llamada Lucía Bosé. Durante 70 años, la versión que ha corrido de boca en boca dice que esa mujer se quitó la vida por amor a él. Lo que casi nadie cuenta es lo que pasó con la novia.

 Esa italiana [música] de 24 años no solo sobrevivió a la sombra de esa muerte, se convirtió en [música] la mejor amiga de Pablo Picaso. Mantuvo en secreto durante medio siglo un romance con un cantante de 25 años que terminaría siendo una de las voces más queridas de la historia de la música en español.

 Y a los 87 años se sentó en un banquillo acusada de robar un dibujo del propio Picaso con la fiscalía pidiéndole dos años de cárcel. Si hoy la conoces por una sola frase, la madre de Miguel Bosé, es porque la historia decidió contarla así. Pero antes de ser madre de nadie, Lucía Bosé fue una dependienta de pastelería en Milán, a la que un solo concurso de belleza convirtió en la cara de la nueva Italia.

 Fue la mujer que el torero más codiciado de Europa eligió por encima de Aba Garner y de María Félix, el mismo torero por el que, según la leyenda, otra mujer decidió morir. Y fue, hasta el final de sus 89 años una mujer que se guardó para sí misma casi todo lo importante mientras el mundo entero hablaba de ella sin saber casi nada real. Lo que vas a ver a continuación.

Tiene actrices de Hollywood, Toreros, un picazo de carne y hueso, un cantante adolescente enamorado en secreto y un juicio penal a los 87 años. Y todo eso le pasó a una sola mujer a la que la mayoría solo recuerda por el color de su pelo, una mujer a la que su propio marido le prohibió en algún momento hasta hablar su propio idioma dentro de su propia casa y que terminó, sin embargo, siendo la última en decidir cómo se contaría toda esta historia.

 Una mujer que vivió literalmente en el cruce de todos los grandes nombres del siglo XX y a la que casi nadie le ha dedicado hasta hoy el documental que de verdad merece Quédate hasta el final. Porque la historia de Lucía Bosé no es la historia de las mujeres que rodearon a los hombres famosos de su vida, es la historia de cómo después de todo terminó siendo ella la única protagonista que nadie pudo borrar.

 Si crees que una mujer que vivió todo esto merece por fin ser recordada por su propia historia y no por la de los hombres que pasaron por su vida, suscríbete. Y si no estás de acuerdo, si crees que esto es solo otra mujer que vivió a la sombra de hombres famosos, suscríbete también porque vamos a seguir trayendo historias como esta que el resto de los canales no se atreven a contar completas.

 Para entender cómo Lucía Bosé llegó a ese altar de Las Vegas, hay que retroceder casi 20 años hasta una pastelería de Milán. Nace el 28 de enero de 1931 con el nombre de Lucía Borloni, hija de Doménico Borloni, y Francesca Bosé en una familia de clase trabajadora con dos hermanos, Aldo y Giovanni. Milán, en esos años es una ciudad que vive bajo la sombra del fascismo de Mussolini y que pronto será golpeada por los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial.

 No hay glamur infancia. Antes de cumplir los 15 años, Lucía ya trabaja, primero como mensajera de un despacho de abogados y después como dependienta en la pasticería Gali, una de las pastelerías más finas de Milán, vendiendo marrons glacés detrás de un mostrador. Pero Italia en la posguerra necesita un símbolo.

 El país sale de la guerra devastado con ciudades enteras en ruinas, una economía colapsada y una identidad nacional manchada por dos décadas de fascismo y una derrota militar humillante. Necesita demostrarle al mundo y demostrarse a sí misma que puede reconstruirse, que puede volver a ser moderna y bella después de la devastación.

 En 1946 nace para eso el concurso Miss Italia, una vitrina para esa nueva imagen nacional. Una Italia joven, optimista, capaz de competir de nuevo en términos de glamur internacional frente a potencias como Estados Unidos o Francia. Y en 1947, con apenas 16 años, la dependienta de la pastelería se presenta a la segunda edición del certamen y gana, dejando atrás a competidoras que como ella también acabarían siendo estrellas del cine italiano, entre ellas una jovencísima Gina Loyo Brigida.

 Ella misma contaría después en distintas entrevistas una versión de cómo el mundo del cine la encontró. El director Luchino Visconti, que tenía debilidad por los dulces de Galli, repara en la joven detrás del mostrador y le dice que tiene cara de cine. No hay cartas ni contratos que prueben ese instante exacto, pero la anécdota se repite tantas veces con tanta coherencia que se ha convertido en la versión aceptada de su origen.

 Lo que sí es un hecho documentado, es lo que vino después. El triunfo en Miss Italia la coloca de inmediato en el radar de los cineastas que estaban inventando. En ese momento, una nueva forma de hacer cine. La adolescente, que apenas unos meses antes envolvía marrons glacés en papel de regalo, se encuentra de pronto en portadas de revistas, fotografiada con la banda del certamen, convertida sin haberlo buscado en la imagen pública de toda una generación de italianas que querían dejar atrás los años de la guerra.

Italia atravesaba el nacimiento del neorrealismo. Directores como Visconti, Antonioni y Giuseppe de Santis querían filmar la realidad social de la posguerra con actores que parecieran sacados de la calle, no de un estudio de Hollywood. Y ahí estaba Lucía, una chica de pastelería, sin formación actoral, con una belleza que no necesitaba maquillaje para parecer real.

 Su primer papel frente a una cámara llega en 1948 en un pequeño cortometraje de Dino Risi sobre las cinco jornadas de Milán con el propio Visconti como asesor artístico del proyecto. Encajaba perfecto. Ganar un concurso de belleza no la convirtió en actriz, la convirtió en una promesa. Pero esa promesa estaba a punto de cruzarse con uno de los cineastas más exigentes de toda Europa, un hombre que iba a convertirla en apenas 3 años en la cara de un cine que cambiaría la forma de contar historias para siempre.

En 1950, Lucía Bosé tiene 19 años y ya está rodando con dos de los directores más importantes de Italia al mismo tiempo, con Guuseppe de Santis, filma Non se cche traliulibi, donde interpreta a una pastora de la región de la cosiaría junto a actores ya consagrados como Raf Ballone.

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