Posted in

ALEJANDRO “COBRITA” GONZÁLEZ: EL ASQUEROSO SECRETO QUE LE COSTÓ 3 HIJOS

 Pero había un problema con el fútbol en esa colonia. Los partidos siempre terminaban igual. faltas, cabezazos, patadas por debajo y Alejandro, que tenía 7 años era el más necio. Nueve. El que no se aguantaba.  Una tarde, después de que un muchacho de 12 años le diera una patada que le dejó la rodilla sangrando, Alejandro se levantó del piso, le metió un puñetazo en la nariz y le tumbó dos dientes.

 El muchacho se fue llorando a su casa. La madre del muchacho llegó a casa de los González gritando. La madre de Alejandro le pidió disculpas, le dio dinero para los dientes y cuando la señora se fue, le preguntó a su hijo qué había pasado. Alejandro le contestó algo que su madre no iba a olvidar nunca. “Mamá, ya no me gusta el fútbol.

 Prefiero pegarle a la gente. Esa frase de un niño de 7 años fue la que lo llevó al ring y la que años después,  cuando ya tenía millones, lo iba a meter en problemas que ningún cinturón mundial podía resolver. A los 9 años entra al primer gimnasio, se llama Olímpico. Está en el barrio de San Andrés,  a 15 cuadras de su casa.

 El entrenador es un señor flaco, callado,  con las manos curtidas y los ojos siempre rojos. Le dicen don Vicente. Alejandro entrena dos años con don Vicente, sin sparring, sin guantes propios, con un costal lleno de arena que se descía cada dos meses. Pero pega, pega bien. Don Vicente lo ve un día tirar una combinación de tres golpes a la pera y le dice, “Tú vas a ser campeón.” Alejandro no le contesta.

solo sigue pegando. A los 12 años cambia de gimnasio. Va al gimnasio de un señor que apenas estaba empezando a hacerse de nombre en Guadalajara. Un entrenador joven, ambicioso, que decía que el secreto del boxeador no estaba en los puños, sino en la cabeza. Se llamaba José Reinoso. Pero todo el mundo le decía Chepo.

 Chepo Reyoso vio entrenar a Alejandro tres días seguidos. Al cuarto día le dijo, “Muchacho, tú no eres como los demás. Tú tienes algo.  Si me haces caso, en 10 años eres campeón del mundo.” Alejandro le creyó y empezó a entrenar como nunca había entrenado en su vida. 4 horas en la mañana antes de la escuela, 2 horas en la tarde después de las tareas, tomando agua simple, sin tocar refrescos, sin salir con los muchachos del barrio y un detalle que su madre va a recordar hasta el día que muera. No.

 Alejandro empezó a los 12 años a hacerle una promesa cada noche antes de dormir. La misma promesa repetida durante 10 años, casi 36,000 veces, le decía, “Mamá, cuando yo sea campeón del mundo, lo primero que voy a hacer es comprarte una casa.” Una casa de verdad, no  esta. Una con jardín, una con tu cuarto, una donde no se te meta el agua cuando llueve.

 Su madre le contestaba lo mismo todas las noches. Tú duérmete, mi hijo. Mañana hay escuela. Esa promesa la cumplió. La cumplió noqueando a un peleador invicto de Brooklyn, al que la HBO había puesto en la portada. Pero la casa que le compró a su madre tiene una historia que nadie ha contado y esa historia es la primera pieza del rompecabezas.

 A los 15 años, Alejandro debuta como Amateur. 30 peleas en  4 años, 28 ganadas, dos perdidas. Lo nombran cobrita por la velocidad de los puños. Le decían que pegaba como una cobra. Tirabas y ya estaba el golpe sin que la vieras venir. Número. A los 19 años, en 1988, debuta  como profesional en una arena de Tlaquepaque.

 Pelea contra un peleador de Sinaloa que ya tenía 10 peleas. Lo noquea en el cuarto round. Cobra 300 pesos. Esa misma noche,  en lugar de ir a celebrar a la cantina como hacían los muchachos de su edad, Alejandro toma los 300 pesos, se los lleva a su madre y le dice, “Este es el primero. Faltan más.” Su madre los guardó en una caja de zapatos debajo de la cama y empezó a juntar.

 Las primeras 15 peleas las gana todas. 11 por knockout,  cuatro por decisión. La prensa local empieza a hablar del muchacho de Guadalajara que pega como  martillo. Lo entrevistan en el periódico Mural. Le hacen una nota en Televisa local,  pero a nivel nacional todavía no es nadie. En 1990 pierde por primera  vez una pelea en Mexicali contra un peleador local.

 Decisión dividida,  polémica. La prensa de Jalisco dice que le robaron. La de Baja California dice que perdió justamente, cobra pesos,  llora en el vestidor y le dice a Chepo Reinoso lo siguiente. Frase textual  que Chepo iba a contar en una entrevista años después. Chepo, no me importa perder esta. Lo que me importa es que ya casi tengo para la casa de mi mamá. Vamos a la siguiente.

Chepo se quedó callado, lo abrazó y entendió  esa noche que el muchacho que tenía enfrente no era un peleador normal, era un peleador con una sola obsesión. Esa obsesión por la casa de la madre fue lo que lo llevó a la cima y también fue lo que lo metió sin que él se diera cuenta en el círculo del que ya nunca pudo  salir.

 Pero a esto vamos a volver. 1992. Alejandro tiene 19  años, récord de 22 victorias y dos derrotas. La empresa de boxeo, que lo había firmado el año anterior, le ofrece pelear cuatro veces al año. Bolsas de $5,000 mínimo, posibilidad de pelear en Estados Unidos antes de los 25 años. Alejandro firma sin abogado, sin leer todas las cláusulas, confiando en Chepo y en un señor que le presentó Chepo, un señor que iba a ser su manager los siguientes 10 años, un señor del que vamos a hablar en su momento. El primer cheque grande

lo cobra en 1993,  $8,000 por pelear contra un cubano en Las Vegas. lo noquea en el séptimo round. Cuando regresa a Guadalajara con los $,000 en una bolsa de tela, va directo a la casa de su madre, le entrega el dinero completo. Doña Alicia, que se llamaba así su mamá, lo cuenta, lo vuelve a contar.

  No puede creer que su hijo le esté entregando esa cantidad. Le pregunta si está seguro. Alejandro le contesta que sí, que ese dinero es para empezar a buscar  la casa. Doña Alicia llora. Alejandro llora y esa noche, según contaría la propia doña Alicia  a una vecina que después le platicó al periódico Record, la madre del cobrita rezó hasta el amanecer pidiéndole a Dios una sola cosa. Cuida a mi muchacho.

 Cuídalo de la fama, cuídalo del dinero, cuídalo de la gente que se va a acercar. Doña Alicia tenía 52 años, iba a vivir 29  años más, pero esa noche, con el cansancio de toda una vida pidiéndole a Dios cosas pequeñas, tuvo el presentimiento de que algo grande venía y de que lo grande no siempre es bueno. Lo que vino después le dio a doña Alicia a su casa, le  dio un cinturón mundial a su hijo y le dio a los dos una herida que solo iba a empezar a sangrar 20 años después.

 1994, Alejandro tiene 21 años, récord de 34  victorias y dos derrotas, 28 de esas victorias por la vía del cloroformo. La empresa de boxeo le llama un martes  por la tarde a Chepo Reinoso. Le dice una cosa que Chepo no esperaba escuchar  tan rápido. Le dicen, “El muchacho tiene oportunidad por el título mundial.

Read More