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Los Hombres de Máxima Confianza de Pablo Escobar 

Los Hombres de Máxima Confianza de Pablo Escobar 

[música] ¿Crees que la historia del cartel de Medellín cabe entera dentro de un solo nombre. Piensas en Pablo Escobar de pie sobre un tejado, en las caletas repletas de billetes, en la voz del patrón dando órdenes que cruzaban un continente. Y asumes que ese hombre lo hizo todo solo. Pero el imperio más temido del siglo XX no lo levantó una persona.

 Lo levantaron, lo sostuvieron y lo defendieron cinco hombres cuyos nombres casi nadie recuerda, aunque sin ellos Pablo jamás habría sido Pablo. Esta es la historia de los cinco hombres de máxima confianza de Escobar. Y cuando termine entenderás que aquel emporio nunca fue el plan de un genio solitario, sino una cadena de lealtades que se fue rompiendo eslabón por eslabón.

 Uno de ellos es el único que sigue vivo, casi ciego, sobreviviendo con lo mínimo, ignorado por el mundo que lucra con el apellido. Y décadas después de que todo se derrumbara, unas pocas palabras salidas de su propia estirpe reabrieron un expediente cerrado en una corte de Estados Unidos. Su historia cierra este vídeo y es la que explica por qué el apellido Escobar sigue marcado 30 años después. Popey, el verdugo que confesó.

Antes de empuñar un arma para el hombre más buscado del planeta, John Jairo Velázquez Vázquez conducía el carro de una reina de belleza. Esa mujer era amante de Pablo y cuando la relación terminó, Velázquez se quedó sin oficio y sin futuro. Entonces hizo algo que pocos se atrevían. se plantó delante del patrón y le ofreció un trato que sonaba amenaza. “Conozco sus caletas”, le dijo.

O me da trabajo o me elimina. Escobar, en lugar de ofenderse, vio en aquel descaro la materia prima de un soldado leal. Lo contrató esa misma tarde. Así nació el sicario más mediático de la historia criminal de Colombia. Una carrera que empezó con una frase de cinco palabras. Velázquez no era un improvisado con pistola.

 convirtió el homicidio en un método, casi en una doctrina fría que repetía sin pestañear. Decía que un buen profesional dispara siempre de las cejas hacia arriba y que quien apunta más abajo no merece el oficio. Recordaba con frialdad de cirujano a su primera víctima, un conductor de autobús al que abordó casi por encargo de prueba y aseguraba que después del disparo no sintió absolutamente nada.

 La teoría de que uno no puede dormir tras quitar una vida, repetía, “Conmigo nunca funcionó. No fue solo un ejecutor. Organizaba, coordinaba, repartía órdenes y dinero entre los pistoleros más jóvenes que aspiraban a heredar su lugar. Era el engranaje que traducía la voluntad del patrón en hechos concretos. El miedo para él era simplemente una herramienta de trabajo.

 Conviene aclarar algo que el mito ha distorsionado durante años. Los periódicos lo bautizaron como el jefe máximo de los pistoleros del cartel, pero la realidad de la jerarquía era bastante más compleja. Por encima de él hubo otros nombres con más mando, más antigüedad y más confianza directa del patrón. Hombres a los que incluso Popelle obedecía sin rechistar.

 Él mismo lo reconocería más tarde, sin falsa modestia en sus largas confesiones. Era un mando importante dentro de la maquinaria, pero ni el único ni el primero. Lo que de verdad lo hizo célebre no fue ocupar la cúspide, sino sobrevivir lo suficiente para contarlo todo con lujo de detalles cuando los demás ya callaban bajo tierra.

 Mientras los verdaderos jefes caían uno tras otro, él aprendió el arte de Durar. Y durar en aquel oficio era casi un milagro. Lo que volvía a Popelle distinto del resto no era solo su puntería, sino una devoción casi ciega hacia el patrón. Lo seguía a todas partes. Dormía cuando Pablo dormía, comía lo que Pablo comía y habría caminado directo hacia una emboscada con tal de cumplir una orden suya.

 Aquella lealtad de perro fiel fue precisamente lo que lo encumbró dentro de la organización. En un mundo donde la duda se pagaba con la vida, un hombre incapaz de titubear valía más que 10 expertos con mejor formación. Pablo lo entendió desde el principio y por eso lo mantuvo a su lado durante los años más violentos de la guerra contra el estado.

 Cuando el cartel decidió enfrentarse al gobierno entero para frenar la extradición hacia Estados Unidos, Velázquez estaba en primera línea de aquella ofensiva. Su devoción fue a la vez su mayor virtud y su condena. Las cifras que rodean su nombre son difíciles de procesar. Confesó haber eliminado con su propia mano entre 250 y 300 personas y haber coordinado cerca de 3,000 homicidios más a lo largo de la guerra.

 Para entender la escala, basta con imaginarlo así. Si cada una de esas 3,000 personas ocupara una butaca, llenarían por completo un teatro grande, fila tras fila, hasta el último asiento del último piso. Estuvo en el corazón del magnicidio del candidato presidencial, Luis Carlos Galán en agosto de 1989. Participó en la eliminación del comandante de la policía Valdemar, Franklin Quintero, y en secuestros de figuras públicas, entre ellas el futuro presidente Andrés Pastrana.

 Su firma estaba en algunos de los episodios más oscuros de aquella década. y nunca pretendió esconderlo. En aquellos años, Medellín se transformó en un campo de batalla abierto donde la vida valía menos que una orden. El propio Popelle describiría después aquella etapa con números que congelan: Cientos de policías abatidos en las calles, miles de muchachos del bando del cartel caídos, una ciudad entera convertida a la vez en cantera de pistoleros y en cementerio.

 Para él aquello no era una tragedia, sino un oficio que dominaba mejor que nadie. Disparar rápido, no fallar y no dejar rastro eran, según sus propias palabras, las únicas reglas que de verdad importaban. Estuvo cerca de los grandes golpes con los que el cartel doblegó al país en su pulso contra la extradición.

 Episodios que dejaron al estado colombiano de rodillas durante meses enteros. Cada explosión, cada funeral multitudinario, cada portada reforzaba la leyenda negra de aquel hombre que después sonreiría ante las cámaras. La ciudad aprendió a temer un apodo de caricatura, pero la caída de Popeelle no llegó por una bala enemiga, sino por una traición íntima que él mismo había sembrado.

 Una mujer a la que había despreciado y obligado a abortar se convirtió en informante de la Agencia Antinarcóticos Estadounidense y lo utilizó como ceñuelo para acercarse a Pablo. El verdugo que coordinaba ejércitos de pistoleros fue, sin saberlo, la carnada de una venganza personal tejida en silencio. se sometió a la justicia el 9 de octubre de 1992.

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