Posted in

TESTIMONIO CATÓLICO: El médico dijo que no entendía cómo mi hijo seguía vivo: lo que pasó esa noche

 A las 3 de la mañana, Ernesto y yo llevábamos casi 8 años de casados cuando nació Pablo Andrés, nuestro tercer hijo y el menor de todos. Fue un embarazo tranquilo, un parto normal, un bebé sano, gordito, con esos ojos oscuros y brillantes que tenía su papá. Los primeros meses fueron bien. Pablo Andrés creció como crecen los bebés sanos, tomando leche, durmiendo, llenando la casa de ese ruido blanco y tibio que tienen los recién nacidos.

Pero a partir de los 9 meses empezó algo que al principio pensamos que era una infección estomacal, de esas que les dan a los niños y que se resuelven en una semana. Vómitos. Muchos vómitos muy seguidos, sin una causa clara. Le hicimos los exámenes de rigor. El pediatra lo trató con lo de siempre. Mejoró un poco, luego empeoró otra vez.

Mejoró, empeoró. Durante meses. Ese fue el ciclo. Una mejoría parcial que nos daba esperanza, seguida de una recaída que nos borraba esa esperanza de un golpe. Lo que más me aterraba era verlo deshidratarse. Un bebé de esa edad se deshidrata muy rápido cuando vomita tanto. Los ojos se le hundían. La boca se le ponía seca.

 Esa imagen de mi hijo con los labios resecos y los ojos apagados es una imagen que todavía me duele recordar. 44 años después. Fuimos a varios especialistas, gastroenterólogos, pediatras de otros hospitales, médicos que nos recomendaban amigos de amigos. Cada uno nos decía algo ligeramente diferente. Nadie llegaba a una conclusión que explicara del todo lo que estaba pasando.

 Yo no dormía bien, Ernesto tampoco. Vivíamos en un estado de alerta permanente, pendientes de cualquier señal de que el niño empeorara, calculando cuándo había comido por última vez, cuánto había vomitado, qué color tenía. Cuando Pablo Andrés tenía 17 meses, la situación llegó a un punto que ya no podía manejarse en casa.

Los médicos decidieron hospitalizarlo. Recuerda el día que lo ingresamos al hospital como si fuera ayer. Era un jueves por la tarde. El niño iba con su cobijita azul, que era la que más quería, [música] y yo iba cargándolo con un miedo en el pecho que no me dejaba respirar bien. Ernesto caminaba a mi lado sin decir nada, porque a veces el miedo más grande es el que no tiene palabras.

 Empezaron los exámenes examen tras examen, sangre, orina, radiografías, [música] estudios del tracto digestivo. El equipo de médicos se reunía, discutía, revisaba los resultados, volvía a reunirse. Pasó un día, pasaron dos, pasó una semana, 8 días hospitalizado y todavía no había un diagnóstico definitivo. Los médicos hablaban entre ellos con esa prudencia técnica que tienen los profesionales.

cuando la situación es seria y no quieren alarmar a la familia, pero que a mí no me engañaba para nada. Yo veía sus caras, yo veía cómo se miraban entre ellos. Sabía que algo no cuadraba. Al final de esa primera semana, el médico que dirigía el equipo se acercó a mí con la expresión de quien va a decir algo difícil y me explicó que presumían que Pablo Andrés podía tener una obstrucción intermitente en los intestinos y que para tener más claridad necesitaban hacerle un encefalograma.

me dijo que al día siguiente, que era viernes, yo debía ir al Seguro Social a gestionar la orden para ese examen. Esa noche llegué a la casa de mi madre. Ernesto estaba ahí también y mi mamá, doña Josefa, me miró con esos ojos suyos que veían las cosas de otra manera que los demás y sacó de su gaveta un librito pequeño, desgastado por el uso, con las esquinas dobladas de tanto haberlo abierto.

 Me lo puso en las manos y me dijo, “Mija, hazlo con mucha fe y pídale que los médicos descubran qué es lo que tiene el niño.” Era una novena al Señor de los Milagros de Buga. Yo conocía esa devoción desde niña. Mi madre nos había hablado del Señor de los Milagros de Buga desde que éramos pequeñas. Esa imagen de Cristo crucificado que se venera en el municipio de Buga, en el Valle del Cauca en Colombia y que por siglos ha sido el destino de peregrinaciones de personas que llegaban con lo que la medicina y lo humano no habían podido resolver.

Mi mamá tenía una fe particular en esa devoción y esa fe la había vivido, no solo la había heredado, tenía sus propias historias, sus propias respuestas recibidas. Tomé el librito y empecé esa misma noche. Mi petición era sencilla. No pedí un milagro espectacular. No pedí que el niño se curara por arte de magia sin pasar por los médicos.

 Le pedí a Dios algo concreto, algo específico, que los médicos pudieran encontrar lo que mi hijo tenía, que la inteligencia de esos hombres y mujeres que estaban trabajando por él fuera iluminada, que pudiéramos llegar a un diagnóstico. esa novena 9 días como es con la concentración con la que mi madre me había enseñado a rezar, no con las palabras en la boca y la mente en otra parte, sino presente, consciente, con el corazón de verdad puesto en lo que estaba pidiendo.

El último día de la novena fue el viernes, el mismo viernes en que yo tenía que ir al seguro social a buscar la orden para el encefalograma. Me desperté temprano, me preparé para salir. Estaba lista para enfrentarme a las filas y los trámites de ese proceso, que cualquiera que haya tenido que hacerlo sabe que no es cosa rápida ni sencilla.

 Pero antes de salir del hospital, el Dr. Suárez se acercó a mí en el corredor. El doctor Suárez era el jefe de cirugía pediátrica del hospital, un hombre de unos 50 años de movimientos pausados que hablaba con la calma medida de quien ha visto mucho y no gasta las palabras en vano. Me miró con esa calma suya y me dijo, “Señora Romero, [música] ya sabemos lo que tiene el niño.

 Es de operación.” Me quedé parada sin mover. me explicó que habían encontrado lo que buscaban, una malrotación intestinal con una obstrucción, que era una condición que podía ser la causa de todos los meses de vómitos, de toda la deshidratación, de todo el misterio que los exámenes anteriores no habían logrado descifrar y que necesitaban operarlo.

 Le pregunté cuando me dijo, “El fin de semana lo preparamos, el martes lo opero.” Ese día, caminando de regreso al cuarto de mi hijo en el hospital, no podía pensar bien. Había pedido que los médicos encontraran lo que tenía y el mismo día que terminé la novena, el médico me estaba diciendo exactamente eso. No después, no una semana más tarde, ese mismo día.

Me senté junto a la cama de Pablo Andrés y lo miré dormir un rato con 17 meses, con esa carita que tenía, sin saber nada de lo que estaba pasando. Agarré su manita pequeñita entre las mías y no dije nada, solo estuve ahí. El martes, el Dr. Suárez operó a mi hijo. Ernesto y yo esperamos en el corredor fuera de quirófano durante horas, que no sé bien cómo contar.

El tiempo en esas esperas no funciona igual que el tiempo normal. A veces pasan 20 minutos que parecen 3 horas. A veces pasan 2 horas que uno no puede recordar cómo se fueron. Solo recuerdo que Ernesto me tenía la mano tomada y que los dos rezábamos en silencio, sin necesidad de ponernos de acuerdo. Cuando el Dr.

Read More