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El comandante humilló al viejo cocinero frente a toda la tropa, pero un detalle en su brazo reveló una verdad aterradora.

El comandante humilló al viejo cocinero frente a toda la tropa, pero un detalle en su brazo reveló una verdad aterradora.

[PARTE 1]

El sol de mediodía en el desierto de Sonora castigaba sin piedad la base militar de Santa Gertrudis.

El aire vibraba por el calor mientras el capitán Mateo Ruiz apretaba la mandíbula con una furia contenida.

A su lado, tres de los francotiradores más condecorados de las Fuerzas Especiales mexicanas yacían pecho tierra.

Sostenían rifles de precisión que costaban más que un departamento en la Ciudad de México.

—Viento lateral, 20 kilómetros por hora desde el noroeste —anunció Ruiz con voz cortante—. Objetivo a 2,500 metros. Placa de acero de 30 centímetros.

Era el estándar mínimo para la nueva operación clasificada contra el cártel del norte, y nadie estaba dando el ancho.

El primer disparo resonó como un trueno seco.

Todos contuvieron el aliento, esperando el pitido del marcador electrónico.

Nada.

Silencio absoluto en la inmensidad del desierto.

—Falla —gruñó Ruiz—. El que sigue.

El segundo francotirador calculó las correcciones, ajustó su respiración y jaló el gatillo.

El retroceso golpeó su hombro, pero el resultado fue el mismo: un silencio burlón.

Ruiz pateó la tierra seca, levantando una nube de polvo.

—¡Carajo! ¿Ustedes son la supuesta élite de nuestro ejército?

Veinte disparos después, la placa a dos kilómetros y medio seguía intacta.

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