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pedro infante le salvo la vida aun campesino que estaba a punto de ser condenado a mu3erte

tenía 42 horas para deshacer una injusticia, 42 horas para enfrentarse a un sistema corrupto, 42 horas para rescatar a un hombre que solo había conocido a través de palabras escritas. Pero lo que Pedro ignoraba era que el comandante Durán sí había sido notificado de su llegada. Y esa misma noche, en una cantina oscura de matamoros, Durán le comunicó a sus hombres algo escalofriante.

Si Pedro Infante aparece aquí, si intenta reabrir este caso, haremos que desaparezca. Accidente de avión, asalto en carretera, lo que sea, pero no saldrá con vida de Matamoros. Pedro Infante aterrizó en Matamoros a las 11 de la noche. El aeropuerto estaba casi desierto. Solo un taxi viejo aguardaba afuera.

Don Chuy cargó las maletas. ¿A dónde vamos, jefe? Al penal municipal. A esta hora no permiten visitas, entonces tocaremos hasta que abran. El taxi los condujo por calles oscuras, polvorientas. Matamoros de noche parecía pueblo fantasma. Llegaron al penal, un edificio gris con rejas oxidadas. Pedro golpeó la puerta de metal. Nadie respondió.

Tocó más fuerte. Finalmente, un guardia abrió una ventanilla. ¿Qué desean? Vengo a ver a Roberto Vega. No hay visitas después de las 6. Es urgente. El guardia lo observó con desprecio. No me importa que tan urgente sea. Regresen mañana. Pedro se quitó el sombrero. El guardia lo reconoció al instante. Usted es Pedro Infante.

El mismo. Vine desde Ciudad de México para ver a ese muchacho. El guardia dudó. Espere aquí. Desapareció. 10 minutos después regresó con el director del penal. Un hombre mayor con uniforme arrugado. Señor infante, esto es irregular. Lo sé, director, pero mañana será demasiado tarde. El muchacho será ejecutado.

Por eso mismo, si no hay nada que hacer, siempre hay algo que hacer mientras un hombre respira. El director suspiró. 15 minutos nada más. Los escoltó a través de celdas oscuras. El penal olía a humedad y desesperanza. Llegaron a una celda solitaria al fondo. Roberto Vega estaba sentado en el suelo, cabeza entre las manos.

El guardia golpeó los barrotes. Vega, tienes visita. Roberto levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, sin esperanza. Cuando vio a Pedro Infante, creyó que estaba soñando. No, no es posible. Hola, Roberto. Vine, pero yo solo le mandé el telegrama esta mañana. Pensé que jamás llegaría. Llegó y aquí estoy. Roberto se incorporó tembloroso.

Se aproximó a los barrotes. Usted realmente vino. Las lágrimas comenzaron a brotar. Nadie, nadie me ha creído. Mi propia familia considera que soy culpable. Yo te creo y vamos a probar tu inocencia. ¿Cómo me fusilan en 38 horas? Entonces trabajaremos 38 horas sin descanso. Cuéntame todo desde el principio. Roberto respiró profundo.

La noche del 10 de febrero, yo estaba en el taller mecánico del señor Campos reparando un Chebrolet hasta las 11 de la noche. El dueño puede confirmarlo. A las 10:30 asesinaron a Julio Ibarra, el hijo del alcalde, en su domicilio. Le dispararon tres veces. Robaron dinero y joyas. Dijeron que fui yo. ¿Por qué te acusaron? Porque dos semanas antes tuve un enfrentamiento con Julio.

Yo le debía 200 pesos por reparar su coche. Cuando le cobré, él me empujó, me insultó, yo lo empujé de regreso. Hubo testigos. Y la evidencia. El comandante Durán afirmó que hallaron mi navaja en la escena del crimen, pero esa navaja me la sustrajeron días antes. Alguien entró a mi casa y se la llevó. Presenté denuncia.

¿Hay testigos de que estabas en el taller? Sí, el señor Campos, mi jefe, y un cliente que recogió su vehículo esa noche a las 10. Declararon en el juicio. El señor Campos. Sí, pero el juez dijo que era mi amigo, que mentiría por mí. El cliente nunca fue convocado. ¿Quién es? Se llama Armando Leal. Vive en la colonia Guadalupe. Pedro anotó todo.

Y el comandante Durán, “¿Qué sabes de él?” Roberto bajó la voz. Todo el pueblo le teme. Dicen que maneja contrabando en la frontera, que elimina a quien se le opone. Y yo creo que Julio y Barra sabía algo. Por eso lo eliminaron y me imputaron a mí. Pedro sintió un escalofrío. Esto era más grande de lo que imaginaba. El guardia interrumpió. Se acabó el tiempo.

Pedro tomó la mano de Roberto entre los barrotes. Escúchame bien, no vas a morir. Te lo juro. Voy a encontrar la verdad. Roberto lloró. Gracias, señor infante. Gracias por creer en mí. Salieron del penal. Don Chuy temblaba. Jefe, esto es peligroso. Si Durán está involucrado en contrabando, lo sé. Por eso debemos movernos rápido.

Mañana hablaremos con el testigo, con el jefe del taller, y buscaremos a quien realmente mató a Julio y Barra. Se hospedaron en un hotel modesto. Pedro apenas durmió. A las 6 de la mañana tocaron su puerta. Abrió. Era un niño de unos 10 años. Señor infante. Sí. Mi mamá me encargó entregar esto. Le entregó un sobre. El niño salió corriendo.

Pedro abrió el sobre. Había una nota escrita a mano. Si continúa investigando, morirá. Matamoros es territorio del comandante Durán. Nadie desafía al comandante. Márchese ahora mientras pueda. Pedro arrugó la nota. Don Chuy la leyó. Jefe, tal vez deberíamos No, no nos vamos. Quedan 32 horas y vamos a aprovechar cada minuto.

Pedro Infante y don Chuy abandonaron el hotel a las 7 de la mañana. Primera parada. El taller mecánico donde Roberto laboraba. Era un lugar humilde en las afueras de Matamoros. Láminas oxidadas, herramientas viejas, olor a aceite quemado. Un hombre de unos 50 años estaba debajo de un coche. Pedro se acercó. Señor Campos.

El hombre salió rodando en una tabla con ruedas. Miró a Pedro con asombro. Usted es Pedro Infante. Lo soy. Vengo a hablar sobre Roberto Vega. El señor Campos se incorporó limpiándose las manos grasosas. Ese muchacho es inocente. Lo sé, por eso estoy aquí. Usted declaró que estaba con él la noche del asesinato. Así es.

Roberto estuvo aquí hasta las 11. Terminamos juntos una reparación, un chevrolet del 48, motor fundido, y el juez no le creyó. dijo que usted mentiría por proteger a su empleado. Pero, señor infante, yo soy hombre de palabra. Roberto estaba aquí. Es imposible que matara a Julio Ibarra. ¿Conoce a Armando Leal, el cliente que recogió su coche esa noche? Claro.

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