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Cuando Jorge Negrete retó a María Félix en un set de filmación – Su respuesta fue impresionante

Se decía en los pasillos de los estudios, en las cantinas donde los técnicos se juntaban después de largas jornadas de filmación, en las fiestas de la alta sociedad donde circulaba el champán y los chismes con igual velocidad, que el día en que esos dos compartieran un set otra vez, el resultado sería una de dos cosas.

O la mejor película de la historia del cine mexicano o la destrucción total de ambos. No había término medio. Con esas dos personalidades, con esos dos egos, con esas dos voluntades de acero chocando como trenes, el resultado iba a ser catastrófico o sublime. No existía otra posibilidad. Y ese día llegó. Esos dos titanes, esas dos fuerzas de la naturaleza, habían sido contratados para protagonizar juntos la película más ambiciosa del año, una producción que prometía ser el evento cinematográfico de la década. El director era Emilio

Elindio Fernández, ganador de la palma de oro en Canes, el hombre más respetado y más temido detrás de una cámara en todo México. El camarógrafo era Gabriel Figueroa, genio visual que había trabajado con los más grandes del mundo. El presupuesto era el más alto que se había invertido en una película mexicana hasta ese momento.

Todo estaba alineado para crear una obra maestra. Pero había un problema, un problema que todos conocían, pero que nadie se atrevía a mencionar en voz alta. Jorge Negrete y María Félix se odiaban. No era un odio nuevo. Venía de años atrás, de 1943, cuando habían filmado juntos El Peñón de las Ánimas, la primera película de María.

En aquel set, Jorge la había tratado con desprecio, como a una principiante que no merecía estar frente a una cámara. la había ignorado entre Thomas. Había hecho comentarios sobre su inexperiencia frente al equipo. Había pedido que le cambiaran la compañera de reparto porque, según él, trabajar con una novata lo hacía ver mal.

María nunca olvidó esa humillación, nunca la perdonó. Y durante 9 años, cada vez que se cruzaban en un evento, en una premiación, en una fiesta de la industria, el aire se volvía hielo entre ellos. Miradas que cortaban. Silencios que gritaban. Todos en el medio lo sabían. María Félix y Jorge Negrete juntos era dinamita esperando una chispa.

Y ahora, por capricho del destino y ambición de los productores, estaban en el mismo set. Otra vez. Gregorio Bayerstein, el productor sabía que estaba jugando con fuego, pero también sabía que esos dos nombres juntos en un cartel significaban millones de pesos en taquilla. Así que los contrató, rezó y se preparó para lo peor.

La primera semana de filmación fue tensa, pero manejable. Jorge llegaba puntual, se metía en su personaje, actuaba con una intensidad que hacía temblar a los extras. María llegaba media hora tarde, impecable, fumando un cigarrillo francés, como si el mundo entero pudiera esperar por ella porque podía. Se miraban con cortesía helada. Buenos días, señor Negrete.

Buenos días, señorita Félix. Sin más palabras que las del guion, el indio Fernández dirigía con mano de hierro, intentando mantener la paz, pero sabía que era cuestión de tiempo. Lo sentía en el ambiente, en la forma en que Jorge apretaba la mandíbula cuando María improvisaba un gesto, en la forma en que María arqueaba una ceja cuando Jorge se tomaba libertades con los diálogos.

La bomba estaba armada, solo faltaba que alguien encendiera la mecha. Fue el 14 de octubre de 1952, martes. Eran las 3 de la tarde y el set era un infierno de calor y tensión. Llevaban filmando desde las 7 de la mañana. Los reflectores multiplicaban la temperatura. El maquillaje se derretía en los rostros de los actores.

Los técnicos trabajaban empapados en sudor y la escena que estaban filmando era la más importante de toda la película. La escena del enfrentamiento central entre los dos protagonistas. Una escena de seis páginas de diálogo intenso que requería la máxima concentración de ambos actores. Levaben 14 Thomas Cators Intentos Fitos y cada toma fallida subía la temperatura emocional un grado más.

En las primeras tomas el problema había sido técnico, un reflector que se fundía, un cable que crujía, un extra que toscía en el peor momento. Pero a partir de la toma ocho el problema era otro. Jorge Negrete no estaba satisfecho con María decía sus líneas. Se lo dijo al director después de la toma ocho en voz baja, creyendo que María no escuchaba. Indio.

Ella está recitando, no está actuando. Necesita más fuego, más rabia. Parece que está leyendo un menú. Los técnicos que estaban cerca bajaron la cabeza. Conocían esa voz de Jorge, esa voz que usaba cuando algo lo molestaba profundamente. La misma voz que había usado para enfrentarse a ejecutivos de las productoras. La misma voz que había paralizado sindicatos enteros.

Era la voz de un hombre acostumbrado a que el mundo le obedeciera y que no entendía porque este set, esta película, esta mujer, no se plegaban a su voluntad. El indio Fernández lo miró con cautela. Yo dirijo a los actores, Jorge. Tú actúa. No fue una sugerencia, respondió Jorge. Es una observación profesional. Si ella no sube el nivel, esta escena no va a funcionar.

María escuchó cada palabra. Su asistente, Lupita, la vio tensar la mandíbula, apretar el cigarrillo hasta casi romperlo, pero no dijo nada, solo apagó el cigarrillo con calma letal y volvió a su marca. Las tomas 9, 10, 11, 12 y 13 fueron peores. No porque María actuara mal, al contrario, cada toma era más intensa que la anterior.

Pero Jorge, como si quisiera demostrar que él era el verdadero actor del set, empezó a improvisar. Cambiaba líneas, agregaba gestos, modificaba los tiempos de sus parlamentos. Cada cambio obligaba a María a reaccionar en el momento, a adaptarse, a improvisar también. Y cada vez que ella se adaptaba con gracia, con inteligencia, con una naturalidad que dejaba al equipo sin palabras, Jorge se frustraba más porque María Félix era buena, era extraordinariamente buena y Jorge lo sabía y eso lo enfurecía.

Después de la toma 13, el indio Fernández gritó corte y se acercó a Jorge con el rostro endurecido. Jorge, deja de improvisar. ¿Estás saboteando la escena? No estoy. Cuando Jorge Negrete retó a María Félix en un set de filmación, su respuesta fue impresionante. Nadie se movía. El set entero paralizado bajo las luces de Tunsteno, que ardían a 45 gr.

87 personas conteniendo la respiración en el estudio 4 de los estudios Azteca, el más grande de México, el más caliente, el más implacable. Jorge Negrete acababa de hacer algo que ningún hombre en la industria del cine mexicano se había atrevido a hacer jamás. Acababa de retar a María Félix frente a todo el equipo de producción, frente a los técnicos, frente a los extras, frente a las cámaras que aunque no estaban grabando, lo captaban todo en la memoria colectiva de quienes estuvieron ahí. Lo que sucedió en los siguientes 40

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