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¡Golpéame y Gana 10 Mil Pesos! Campeón Reta a Pedro Infante—Entrenador Grita “¡ALTO!” al Ver Postura

Era grande, fuerte, lleno de sí mismo. Vestía un smoking demasiado ajustado en los hombros, hecho a propósito para que todos vieran lo que había debajo. En la muñeca llevaba un reloj de oro que valía más que la casa de muchos de los meseros. Había comprado una mesa en aquella gala, no para dar, sino para ser visto. Quería que el salón entero supiera que había llegado.

Había estado bebiendo antes de llegar y siguió bebiendo después. El olor a whisky lo seguía como una sombra. En algún momento de la noche decidió que aquel cantante de ojos tranquilos no merecía tanta atención. No cuando él, Vicente Roldán, podía dejar inconsciente a un hombre de un solo golpe.

Algo en la calma de Pedro lo molestaba. Algo en esa serenidad lo hacía sentir pequeño y no sabía por qué. Para entender lo que pasó después, hay que saber dónde estaba sentado cada quien. La mesa de Roldán estaba al frente, a 3 m del escenario. Detrás de él, los donantes ricos. A la izquierda, cerca de las puertas de la cocina, una mesa larga de trabajadores del hospital.

Y en un rincón apartado solo un anciano de traje gris que había sido bueno 20 años atrás. Bebía una sola taza de café y miraba a Pedro con más atención que nadie en toda la sala. Ese anciano importaba más de lo que nadie en el salón podía imaginar. Roldán empezó pequeño, una burla, que cantara algo bueno gritó y sus dos amigos se rieron.

Pedro lo manejó como manejaba todo, con una sonrisa y una broma que devolvió la sala a su favor. Le dijo al joven que si cantara algo malo, entonces el muchacho no tendría de qué quejarse. ¿Y qué haría con el resto de su noche? El salón se rió. Roldán, no. En las mesas la gente cruzaba miradas incómodas.

Algunos bajaban la vista a sus copas, deseando que aquello no escalara. La segunda burla fue más fuerte. La tercera tenía filo. La voz del joven cortaba la música como un cuchillo. Para cuando Pedro empezó una canción lenta, una de esas que dejan al salón entero en silencio, Roldá estaba de pie tambaleándose con el rostro encendido.

La canción hablaba de un amor perdido y muchas mujeres en el salón tenían los ojos húmedos. Y entonces dijo la palabra que cambió la noche. Lo llamó payaso. Un payaso viejo y acabado que ni siquiera podía mantenerse derecho. Dijo que su abuela cantaba mejor. La última nota de la canción quedó colgando herida en el aire.

Aquí es donde la mayoría de los hombres habrían hecho una de dos cosas. Habrían respondido con rabia o se habrían encogido. Pedro no hizo ninguna. Terminó la frase de la canción, dejó que la última nota se apagara sola en el aire. Después bajó el micrófono, tomó un sorbo de su copa y miró a Vicente Roldán con una calma que era casi ternura.

Le dijo que quizá tenía razón, pero que él pondría a su abuela contra la de Roldán cualquier día de la semana. El salón estalló en carcajadas y ese fue el error de Pedro. No un error de crueldad, sino de cuentas. Porque hay hombres que pueden sobrevivir a cualquier cosa, menos a la risa. No a los insultos, no a perder, a la risa.

El sonido de 300 personas riéndose de Vicente Roldán era lo único que toda su vida había estado construida para evitar. Y Pedro acababa de entregárselo al salón entero. Lo que pasó en el rostro de Roldá no fue una actuación, fue real. El color encendido se le drenó hasta un gris frío, la mandíbula se le tensó y la parte de su mente que entendía de títulos y de multitudes se quedó muy callada.

En su lugar despertó algo más viejo y más oscuro. Empujó su silla hacia atrás, chirrió contra el suelo y caminó hasta el frente del escenario. Ahora todos miraban, la orquesta se había apagado. En algún lugar una copa tintineó y se detuvo. El silencio cayó sobre el salón como una manta pesada. Roldán metió la mano en su saco y sacó un grueso fajo de billetes abriéndolo en abanico.

Cientos, más dinero del que la mayoría en ese salón ganaba en un mes. Lo agitó en el aire para que todos lo vieran. Le dijo a Pedro que se creía muy gracioso, que iban a ver qué tan gracioso era. 10,000 pesos. Allí mismo en su mano, solo tenía que golpearlo. Un golpe donde quisiera. Le preguntó si era hombre o solo un payaso en un traje elegante.

Pedro miró el dinero, miró al hombre, no se movió. Su rostro no mostraba miedo, ni rabia, ni nada que el joven pudiera usar. Solo una quietud profunda, como la superficie de un lago antes del amanecer. ¿Qué pasa?, dijo Roldán acercándose hasta el borde mismo del escenario. No puede. Su abuela tampoco podría.

Debe venir de familia. Los amigos de Roldán reían a carcajadas, pero algunos en las mesas habían dejado de sonreír. Sentían que algo estaba cambiando en el aire, aunque no podían decir qué. Y aquí está el momento. Vale la pena sostenerlo en la mente, porque cuando volvamos a él no lo verán de la misma manera.

Pedro Infante bajó su copa despacio con cuidado, como un hombre que deja algo para tener las dos manos libres. Y en el rincón del fondo, el anciano de traje gris se levantó a medias de su silla con la taza de café temblando contra el plato. Pero antes de que pudiera decir nada, Vicente Roldán echó el brazo hacia atrás y estrelló el fajo de billetes contra la cara de Pedro.

El dinero explotó. Los billetes se esparcieron por el escenario, cayeron por el borde, flotaron sobre las primeras mesas como si la noche hubiera empezado a nevar dinero. Una mujer ahogó un grito. Un hombre en la mesa de los donantes se levantó a medias y Vicente Roldán seguía allí con el pecho agitado, la mano todavía en alto, gritándole a Pedro en la cara, que lo recogiera, que lo recogiera y lo golpeara, viejo acabado.

No terminó la palabra porque Pedro Infante había bajado del escenario. No saltó, no se lanzó, bajó los tres escalones del costado con la calma tranquila de un hombre que va a llenar su copa. Cruzó el suelo hacia Roldán y algo en la forma en que se movía era, de pronto terriblemente distinto del cantante somnoliento de 10 minutos antes.

Los hombros habían bajado medio centímetro. El peso se había desplazado hacia las puntas de los pies. Las manos colgaban sueltas y listas a los costados. La sonrisa había desaparecido y lo que la reemplazó no era nada. Una calma plana, paciente, profesional. El anciano del rincón se levantó de golpe de su silla. Una palabra se le escapó antes de poder detenerla. Alto.

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