Posted in

GARRINCHA: La Trágica Historia del Genio que el Fútbol Olvidó

 No había asfalto, no había luz eléctrica en todas las casas. Los niños andaban descalsos y los adultos trabajaban en la fábrica de los ingleses desde que podían pararse. Manuel Francisco Dos Santos nació el 28 de octubre de 1933. era el séptimo hijo de un padre alcohólico, que es relevante,  que no es un detalle, porque la tendencia que iba a destruir a Manuel 40 años después ya estaba en la sangre antes de que él pudiera caminar.

 Su madre no era exactamente su madre. La mujer que lo crió, la que llevó el apellido, había tenido a sus hermanos con el mismo hombre. Pero la vida en Pau Grande era así, complicada, ruidosa, llena de gente que sobrevivía junta. Porque no había otra opción. Eran 15 hermanos, 15 en una casa con piso de barro.

 Una de sus hermanas mayores, Brosa, fue la que le puso el apodo que el mundo entero iba a conocer. Garrincha. Así se llama un pájaro marrón del mato groso. Un pájaro feo, torpe, que se puede atrapar fácilmente porque no tiene miedo de nada, pero que cuando echa a volar vuela de una manera extraña, imprevisible. que hace que el que lo persigue siempre llegue tarde.

Drosa lo llamó así porque el niño era exactamente eso, feo y veloz y sin miedo. El niño tenía los pies girados hacia dentro. Su pierna derecha era 6 cm más corta que la izquierda. La columna vertebral estaba torcida y a los 6 años le pegó una poliomielitis que terminó de complicar todo. Los médicos que lo vieron dijeron lo mismo.

 Este niño no tiene futuro deportivo. Uno de ellos lo operó para intentar corregirle las piernas. No sirvió de nada. Lo dejaron doblado de por vida. Pero hay algo que los médicos no vieron, que ese cuerpo roto era exactamente lo que hacía el garrincha imposible de marcar. Cuando amagaba para la derecha, el cuerpo se iba para un lado y la pierna corta se quedaba para el otro.

 El rival nunca sabía hacia dónde iba, porque el propio Garrincha tampoco lo decidía del todo. Era instinto puro. Era un cuerpo que jugaba solo. Desde los 10 años era adicto al tabaco. A los 14 trabajaba en la fábrica de los ingleses para ayudar a la familia. Y en el tiempo que le quedaba, que no era mucho, pateaba una pelota de caucho en la calle con sus amigos.

 No una pelota de cuero, una de caucho, que era lo que podían pagar. Sus palabras exactas años después, cuando le preguntaron por esa época. Solo teníamos dinero para las pequeñas pelotas. Las grandes eran muy caras. Eso es lo que había. Una pelota chica, una calle de tierra y un niño con las piernas  torcidas.

 que le pegaba a esa pelota como si no existiera otra cosa en el mundo. Hay un momento en que Garrincha casi no llega al fútbol profesional, un momento en que se queda en pau grande para siempre, trabajando en la fábrica de tejidos, casado joven, con hijos, sin que nadie sepa su nombre, fuera de ese pueblo de 1000 personas. Ese momento  estuvo muy cerca de pasar.

A los 15 años empezó a jugar con el equipo amateur de la fábrica. El entrenador Carlos Pinto no lo quería en la cancha  al principio. Le preocupaba que los rivales, todos mayores y más grandes, le rompieran esas piernas que ya estaban de por sí comprometidas. Pero Garrincha entraba al campo igual. Se metía entre los adultos y los adultos no sabían qué hacer con él.

 Se fue a probar suerte a Petrópolis, a un equipo llamado Serrano. Jugó casi un año allí. Cuando lo vieron en acción, el técnico que lo había descartado en la fábrica lo mandó a llamar de vuelta. Algo estaba pasando con ese chico de las piernas torcidas. Le aconsejaron que fuera a Río Nejaneiro, que había equipos grandes, que alguien tenía que verlo.

 Y Garrincha fue, con su aspecto desgarbado, con su columna torcida, con sus  pies girados hacia adentro, fue a los tres clubes más importantes de Río. El Fluminense lo rechazó, el Flamengo lo rechazó, el Vasco da Gama lo rechazó. Ni siquiera le dieron una prueba seria. Lo vieron y lo mandaron a casa. Cuántas veces en tu vida te han visto por fuera y decidido que no servías antes de verte actuar.

 Cuántas veces te han cerrado una puerta basándose únicamente en lo que ven porque este video va a mostrarte que la historia de Garrincha es la historia de lo que pasa cuando alguien sigue adelante a pesar de todo eso y también va a mostrarte que ese a pesar de todo eso tiene un precio que nadie te dice cuando empezas. Un amigo lo llevó al Botafogo.

 Un amigo cualquiera, sin nombre grande, sin contactos, solo alguien que lo conocía y sabía lo que podía hacer. El director técnico Gentil Cardoso, lo vio entrenar y en pocos minutos entendió algo que los tres clubes anteriores no habían querido ver. El botafogo tagó 2000 cruceiros por su pase.  2000 cruceros. Así comenzó todo.

 Debutó en primera división en 1953, tenía 20 años y desde el primer día,  desde las primeras semanas, quedó claro que esto era diferente. Su jugada era siempre la misma, irse por la derecha. Todo el mundo lo sabía, los rivales lo sabían. Los entrenadores contrarios se lo decían a sus defensas  antes de los partidos y aún así nadie podía pararlo.

 Amagaba, el defensa se movía y Garrincha ya había pasado. A todos sus marcadores los llamaba Joao. Antes de cada partido decía, “Hoy me marca Joao.” No por desprecio, porque genuinamente no prestaba atención a quiénes eran. Para él, el defensa era un obstáculo que había que esquivar. No, una persona con nombre y apellido. Eso era todo.

 Eso era el fútbol de Garrincha, un juego, un juego que él jugaba por el placer de jugar y eso  más adelante va a ser exactamente su condena. En menos de dos años en el Botafogo, Garrincha fue convocado a la selección brasileña. 1955. Brasil todavía cargaba con la herida del Maracanazo  de 1950, cuando Uruguay le ganó la final del mundo en su propio estadio delante de  200,000 personas.

 Una herida que Brasil llevaba en el cuerpo como una enfermedad que no  tenía nombre. En 1958 se acercaba el Mundial de Suecia y Brasil armó un equipo distinto, un equipo con un joven de 17 años llamado Pelé, con Didí, con Babá, con Sagalo y con Garrincha, el hombre de las piernas torcidas de Pao Grande.

 Pero hubo  un problema antes del Mundial, la selección brasileña tenía que pasar por un proceso de evaluación psicofísica. Un psicólogo del plantel llamado Joao de Carvalis evaluó a todos los jugadores. El resultado mínimo aceptable era 123 puntos. Darrincha sacó 38. El propio psicólogo escribió en su informe que Garrincha era textualmente un débil mental inepto para insertarse en un juego colectivo como es el fútbol.

Read More