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Pedro Infante Llegó al Embargo de Una Madre en Guadalajara 1951 — y SUPERÓ al Banco

Adentro estaban  los papeles de la casa, la foto de la boda, una carta que Ernesto le escribió antes de casarse, el título de propiedad con el nombre de su madre en  la línea del propietario y el suyo agregado abajo cuando su madre murió. También estaban los discos, cuatro discos de pasta de Pedro Infante que Ernesto había  comprado uno por uno en la tienda de la calle Juárez, porque Ernesto Peña era el tipo de hombre que ahorraba semanas para comprar un disco y luego lo escuchaba todas las noches hasta sabérselo

completo. El último lo había comprado tres semanas antes de morirse. Todavía tenía la envoltura  de papel de china doblada adentro de la caja. Soledad los acomodó sobre la cama uno  junto al otro. Los miró un momento, los volvió a guardar, apagó la luz. Afuera el naranjo movía las ramas.

Adentro, Soledad contó el dinero  que había en el mundo. 340 pesos. Cerró los ojos. El barrio de Analcon no necesitaba periódico. La noticia del embargo de soledad circuló de la manera en que circulan esas cosas en los barrios donde la gente lleva años viviendo pared con pared. Doña Amparo de enfrente lo supo porque vio la luz de la cocina prendida  hasta las 2 de la mañana tres noches seguidas.

Don Refugio de la Esquina lo supo cuando fue a dejar un encargo de costura y soledad. Tardó demasiado en abrir. Para la segunda semana de febrero, el barrio entero sabía y nadie había dicho  nada directamente, porque en Analco había una manera de respetar los problemas ajenos que consistía en no nombrarlos  en voz alta, pero tampoco dejarlos solos.

Doña Amparo empezó a mandarle de cenar tres veces por semana. Don Refugio le consiguió dos trabajos de costura con familias de la colonia americana que pagaban mejor. La señora Consuelo del mercado alcalde le guardaba lo mejor del día a precio de mayoreo. No era suficiente. Todos lo sabían.

Lo que nadie sabía era lo que pasó 11 días antes del remate. Había un hombre en Guadalajara que se llamaba Cuco Navarro. No era hombre de rancho ni de negocios. era compositor de los que trabajaban en el medio del espectáculo, de los  que conocían a los artistas no como el público los conoce, sino como se conoce a alguien cuando se trabaja en los mismos foros, en los mismos estudios, en los mismos camerinos.

Cuarro conocía a Pedro Infante desde hacía años. No eran amigos íntimos, pero se  tenían el tipo de confianza que se construye cuando dos hombres han compartido muchos viajes y muchas horas de espera. Cucoía a cuatro calles de Prisiliano Sánchez. Conocía a Soledad de Vista, como se conoce a los vecinos del barrio que uno ve en el mercado y en misa  y en las fiestas de la calle.

Sabía lo del embargo porque en Analco sabían y sabía algo más que los otros vecinos no  sabían. Sabía que Pedro Infante estaba en Guadalajara. Había llegado dos días antes para una presentación en el teatro de Gollado. Cuo lo había visto en el ensayo de la tarde. Habían tomado  café después.

habían hablado de trabajo, de música, de cosas sin peso. Cuando Cuuko llegó a su casa esa noche y pasó frente al número 42 y vio la luz de la cocina de soledad encendida a las 11 de la noche, algo lo hizo detenerse. Al día siguiente buscó a Pedro antes de la función. Le contó lo del embargo, le contó lo de Soledad, lo de Rosario, lo de los 4 años pagando lo que se podía.

y le contó lo de Ernesto. Le contó que Ernesto Peña había sido el tipo de hombre que ahorraba semanas para comprar un disco de Pedro Infante  y que había muerto con cuatro de ellos en una caja debajo de la cama de su viuda que ahora estaba a punto de quedarse sin  casa. Pedro lo escuchó sin interrumpirlo.

Cuando Cuo terminó, Pedro no dijo mucho. Preguntó la dirección, preguntó la fecha, preguntó  la hora. El 15 de marzo, dijo Cuco. A las 9 de la mañana, Pedro asintió.  Esa noche cantó en el teatro de Gollado con la misma voz de siempre, la que Ernesto Peña había  escuchado en esos cuatro discos todas las noches hasta sabérselos completos.

Al día siguiente, nadie en el teatro supo a dónde había ido. El 15 de marzo amaneció despejado sobre Guadalajara. Soledad se levantó a las 5. Hizo café, no desayunó. planchó el  vestido azul oscuro, el de las cosas importantes. Se peinó frente al espejo del baño despacio con los movimientos de  quien no tiene prisa porque la prisa ya no sirve.

Se miró un momento, dejó de mirarse. Rosario se despertó cuando Soledad ya estaba lista. La vio desde la puerta con los ojos medio cerrados y algo en la cara de su madre que no supo nombrar, pero que la hizo quedarse quieta. “Hoy vas con doña Amparo”, dijo Soledad. Ella te  lleva a la escuela. Rosario preguntó a dónde iba su madre.

A un trámite,  dijo Soledad. Regreso al mediodía. Para las 8, la calle Prisiliano Sánchez tenía más gente de lo normal. Los vecinos habían llegado de a poco,  sin ponerse de acuerdo, sin que nadie los convocara. Doña Amparo  estaba en la banqueta de enfrente con el delantal puesto porque había salido de la cocina a la mitad del desayuno.

Don Refugio estaba en la esquina con tres hombres de la ferretería. La señora Consuelo había cerrado su puesto en el mercado alcalde por primera vez en 6 años y había venido caminando 20 minutos. El hombre del banco llegó puntual en un pacar negro, traje gris,  maletín de cuero, carpeta azul contra el pecho. Bajó sin mirar a nadie.

Nadie lo miró directamente, pero tampoco dejaron de mirarlo. El rematador era don Fortino Aguilar. 12 años en ese trabajo. Llegó en su coche, bajó con su libro de registro, se subió al primer escalón de la entrada de  enfrente porque no había tarima. Los vecinos formaron un semicírculo que nadie organizó pero quedó bien organizado.

Soledad estaba junto a la puerta de su casa. vestido azul, manos  juntas, la cara de quien ya terminó de pelear. Había un  hombre que nadie conocía parado a un costado. Sombrero de fieltro, saco que le quedaba ancho, cara de haber estado en muchos remates, de haber ganado la mayoría. Don Fortino leyó la descripción del inmueble.

Casa habitación Prisiliano Sánchez  42, Analco, Guadalajara. 120 m². Deuda hipotecaria 4800 pesos. Levantó la  vista. ¿Alguna oferta? La calle quedó en silencio. El naranjo del patio de soledad movió una rama. Doña Amparo se apretó el delantal sin darse cuenta. El del sombrero de fieltro levantó dos dedos. 4800,  dijo. Voz plana.

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